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Procesos creativos de Reyes Díaz

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Obras de Reyes Díaz, en la galería de Gema Llamazares.
Obras de Reyes Díaz, en la galería de Gema Llamazares. ángel gonzález

JOSÉ A. SAMANIEGO El sugerente título del sueño, alusión al subconsciente que trabaja día y noche, sirve a Reyes Díaz para hablar de los procesos creativos de su pintura. Cómo surge ésta o aquella obra, cómo un ángel a la izquierda de la Madonna Senigallia (Palacio de Urbino, 1470) de Piero de la Francesca, se convierte en guardián del corredor luminoso que se abre a sus espaldas, en perspectiva entonces sorprendente. Cómo una fotografía inspira a la mujer jugando con la suerte, que desde siempre estuvo escrita en las estrellas. Llama «Debutante años cuarenta» a una mujer todavía joven, sentada en sofá vacío, esperando ser liberada por el príncipe azul. Abajo va la luz blanca de la ilusión, luego el rojo de la sangre perdida, por fin el azul celeste del más allá. Una vida soñada y vacía que pronto quedará tapada por las hojas muertas que le van cayendo encima.

Reyes Díaz compara el rostro del San Miguel de Jaume Huguet (Valls, 1415-1492) perfecto, sublime y majestuoso, casi desprovisto de los adornos brillantes de los flamencos que acaban de descubrir el óleo, con la mujer moderna que juega a las cartas. El ángel es una manifestación del espíritu divino que rige el universo y la mujer está metida en la historia humana de hoz y coz, carece de prestancia y está llena de defectos. Cuenta la pintora cómo el color verde se apodera de una parte de la tela, para desvelarse posteriormente como ventana a la que asoma otra «debutante» nerviosa, fea e indecisa. Esta comparación de lo antiguo con la más rabiosa actualidad está sirviendo de criterio para entablar diálogos muy fructíferos entre el pasado y el presente.

Así nos va contando sus vivencias y procesos creativos Reyes Díaz en el texto que acompaña el catálogo. Y me parece bien, pues la pintura ya no es un momento revelado del Espíritu Absoluto en la circunstancia humana de la Historia, un momento que ha «inspirado» el mismo Espíritu al artista, mundano subalterno al servicio de los poderes fácticos que se apoyan en el más allá. Eso se acabó, el Arte así concebido se acabó y a ese proceso se le llama «la muerte del Arte». Ahora los artistas se dedican a profundizar en nuestra condición humana, nos dicen cada día cómo somos y en qué hora del reloj nos espera la muerte.

Éste es el segundo apunte. Nada pintaría Reyes Díaz si no estuviera obsesionada con nuestra condición mortal, presente en las fases de la luna, los pájaros que vuelan, el agua muerta del estanque («en la marmórea taza?» de Antonio Machado), el libro de su vida que la niña no llegó a escribir, la calavera que sigue en su tumba mirando las estrellas, el recorrido galáctico del pájaro de la noche y un largo etcétera. Y cuando hablo de la muerte no me refiero a la enfermedad o la desgracia personal o familiar, a cualquiera de los innumerables percances a que la vida nos somete sin advertencia ni permiso. Me refiero al paso del tiempo y las estaciones, a los estragos de la edad, a cierto sentido de la vanidad mundana, incluida la vánitas barroca, o sea, a que la misión del artista en esta nueva etapa no del Arte sino de las artes, consiste en situarnos en la experiencia de la muerte como límite y atalaya. En el sepulcro del caballero Guiral, obra del entorno de Juan Bautista Vázquez el Viejo a mediados del siglo XVI, hay una inscripción de Lucio Anneo Séneca que dice: «Vivere in tota vita discendum est. Sed quod magis mirandum est, in tota vita discendum este mori». Que podemos traducir: «A lo largo de toda la vida es necesario aprender a vivir. Pero lo que es más admirable, a lo largo de la vida es necesario aprender a morir». Tal es la moral estoica que guiaba la vida de las clases dirigentes españolas de entonces. (Iglesia de San Nicolás, de Madrigal).

Se acercan a las 50 las obras que ha colgado Reyes Díaz. Practica diversos formatos y técnicas: el óleo sobre tela, el gouache sobre papel, el collage con recortes de revistas antiguas y fotografías, los lápices de colores sobre papel negro. Hay series deliciosas y muy creativas, donde la autora se siente liberada de las responsabilidades del tamaño y da rienda suelta a sus intuiciones. Y sin este trabajo continuo no se le abrirían otros caminos.

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