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Un reloj de arena para el Ateneo Jovellanos

Preguntas que quedaron sin responder en la última asamblea de la entidad

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AURORA GARCÍA RIVAS
SOCIA DEL ATENEO JOVELLANOS
Hace poco que soy socia del Ateneo Jovellanos, en el que entré convencida de su ejemplaridad en todos los aspectos, salvando errores lógicos y normales.

El día 11 de mayo acudí a la convocatoria de una asamblea ordinaria de socios en la que el orden del día era denso, largo y farragoso su contenido. Cuál es mi sorpresa cuando, una vez constituida la mesa, se nos dice que «rápido» que cierran a las nueve y a esa hora tiene que estar resuelto el tema. Miro la sala, casi llena, y calibro que, más o menos, el noventa por ciento de las personas que estamos presentes no cumpliremos ya los 60, por no decir algunos años más.

Yo pregunto: ¿ante un orden del día de tal calibre no se puede empezar a, pongamos, las siete de la tarde y contar con dos horas por lo menos para exponer, para hacer preguntas? puesto que, si no me equivoco, casi todos los socios presentes eran jubilados? ¿O, como una socia pidió al final, buscar un local de donde no nos echen y poder tener una asamblea tranquila en la que intervengamos todos los que consideremos hacerlo?

En el transcurso de la misma, dos socios acaparan el tiempo dedicado a preguntas, desde luego con mucha enjundia en el contenido de las mismas; las respuestas no parecen claras (y digo parecen, opinión personal, por mi ignorancia sobre todo lo que concierne a contabilidad, auditorías y demás asuntos legales cuando ni siquiera toda la directiva había aprobado las cuentas en su momento), se incide en el tema, se abuchea, se quita la palabra, se arma un lío regular y se apremia porque el tiempo pasa y no hay manera de terminar con el orden del día. Yo no sé contabilidad, pero sí sé cuántas son dos más dos menos una, y en base a eso puedo entender unas cuentas si se me explican las preguntas que pretendo hacer.

Yo jamás dudaría de la honorabilidad ni del buen hacer de la junta directiva, pero sí llevaba algunas preguntas que no pude hacer porque no hubo tiempo material. Total, tuve la impresión de que yo al menos estaba allí como «el convidado de piedra» y que mis derechos estaban muy mermados y me tocaba callar y votar sin saber apenas lo que votaba por mucho que hubiera estudiado el tema desde mis escasos recursos. ¿Cómo aprobar unas cuentas que no entiendo? ¿Cómo entenderlas si alguien las cuestiona y no se le da una contestación clara a las mismas? ¿Cómo aprobar una auditoría en la que no sé si algún socio del Ateneo, cumpliendo los estatutos, ejerció de censor de las cuentas? ¿Cuál es la verdad sobre el patrimonio del Ateneo? ¿Cómo entender el asunto de la Fundación Ateneísta que, para impulsar el Ateneo, se financia con fondos del mismo y, además, lo endeuda a largo plazo con una cantidad no despreciable? O sea, entiendo, ¿se dispone de dinero del Ateneo ingresándolo en la Fundación para mejorar y dar impulso al Ateneo? Que me lo expliquen porque, sinceramente, me pierdo. Es posible que parezca lerda, y es más posible que lo sea, pero por eso mismo necesito una explicación.

Total, la asamblea se embarulló de tal manera que, al final, salí peor que había entrado. Me pareció algo esperpéntico, una especie de lucha entre dos bandos, y, francamente, una institución con la categoría del Ateneo Jovellanos debería tener, tanto entre sus socios como en la relación de la junta directiva con los mismos, otro tipo de comportamiento asambleario y, con el rigor que se precisa, todos pudiéramos hacer preguntas y ser éstas contestadas con claridad.

Bien, desde estas líneas no puedo dejar, en todo caso, de felicitar a la directiva del Ateneo por todo aquello que ha hecho bien, que, a la vista está, ha sido mucho. Pero, aparte de la renovación que necesita, espero que tanto los compromisos con la Universidad, como el de dar cabida a la juventud en el mismo y el de ofrecernos actividades que el devenir de los tiempos demanda, se lleven a cabo y que los socios contemos para algo más que para callarnos en una asamblea, porque el tiempo es tan limitado que no podemos ni abrir la boca. Por tanto, cuando el reloj de arena se vacíe, démosle la vuelta y nos permitirá contar con algún tiempo más en bien de todos.

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