FRANCISCO GARCÍA
De igual forma que en épocas de alarma alimentaria cotizan al alza los productos naturales y ecológicos, en momentos de hastío político florecen como setas otoñales los partidos de corte localista, cocinados en el caldo de cultivo del descontento. A esas reuniones de «abajo firmantes» que no se sienten representados por los políticos al uso les pones el apelativo de «ciudadano» o de «gijoneses» y te sale de la chistera , boalá, una nueva fuerza. Ciudadano es vocablo con muy buena prensa. En el sentido filosófico, ciudadano es hombre bueno; un sujeto de derecho político que interviene, ejercitando esos derechos, en el gobierno de su ciudad, de su región o de su país. Justamente eso es lo que no sucede: los ciudadanos han quedado relegados a sujetos pasivos del juego político, a los que sólo se atiende cada cuatro años con promesas que no se cumplen. En ese caldo cuecen las fuerzas marginales que apelan con éxito a la fibra sensible y que con frecuencia se evaporan, porque no tienen chicha. Ni limoná.