FRANCISCO GARCÍA
Vino Pepiño Blanco el miércoles a ponerle piedras a los raíles del AVE asturiano y a anunciar la ralentización las obras de la Autovía del Cantábrico, que parecen de hoja perenne, y un día después salta Areces a la palestra a escenificar su despedida, con una daga en la mano, en operístico atrezzo. Cualquiera diría que el aterrizaje del ministro de Fomento tenía como objetivo oculto segarles los pies a los anhelos de pervivencia del arecismo. Sea como fuere, un peso de encima que se quita el pulpo del Acuario de Gijón, oráculo de los designios del futuro político de Vicente Álvarez, según discurríamos ayer. Ocurre que el cefalópodo no iba a definirse: está mudando y, según el conservador del acuario gijonés, estos últimos días no sale de la cueva. De manera que habrá que basar el escrutinio en la solución andarica, más local y cercana. Se retira Areces y queda su ejército diezmado y posiblemente encastillado en la villa gijonesa, donde sin duda buscarán refugio los exiliados de la corte del faraón.