C. JIMÉNEZ
Al profesor Roberto Díaz Carril se le atragantó el inicio de año cuando el rector de la Universidad de Oviedo, Vicente Gotor, le pidió que tomase las riendas de la Escuela de Ingeniería Técnica Industrial de Gijón, tras la dimisión de su titular hasta entonces, Joaquín Mateos. Ni su experiencia anterior en la gestión como director del mismo centro durante ocho años ni su fugaz paso por el Vicerrectorado de Infraestructuras en la etapa del fallecido Julio Rodríguez le convencían para asumir el reto. «Mi mente no estaba preparada para ello», confiesa.
Pero en apenas seis meses, el catedrático de Física Aplicada, de voz suave y complexión menuda, se ha convertido en una de las figuras clave del campus gijonés. Desde el pasado 1 de julio es el director de la nueva, y grande, Escuela Politécnica de Ingeniería de Gijón (EPI), el centro que emerge de la fusión de las escuelas de Ingeniería Técnica Industrial, Informática y Politécnica Superior. Un cargo que afronta de manera temporal hasta la convocatoria de elecciones del próximo mes de diciembre, pero también con la mayor de las ilusiones: «Es mucho trabajo, muchos sinsabores y mucha dedicación, pero creo en este proyecto de verdad, no es un paripé, porque veo que la capacitación y disposición del profesorado es francamente buena para afrontar esta etapa».
Con los nuevos equipamientos anunciados, Díaz Carril sueña con ver el campus gijonés convertido en un nuevo Cambridge. «¿Por qué no? Sólo faltan las instalaciones deportivas», justifica ante tanta pretensión.
Profesor de Física por afición y por vocación, en sus inicios profesionales formaba parte de un selecto grupo de profesores del centro de estudios Arsenio Toral, que lleva décadas ayudando a cientos de alumnos a acabar la carrera. Poco a poco, parte de aquellos docentes se integró en la plantilla de la Universidad. Y él fue uno de ellos.
Sus primeros alumnos en las aulas de Viesques lo recuerdan con cariño, como «muy buen profesor» y «buena persona». «Sus explicaciones eran siempre muy gráficas», confirman algunos de esos alumnos. Las clases de Física con el nuevo director de la Politécnica, que todavía conserva su despacho en el edificio de Energía del campus, tenían un carácter muy pausado. «Ponía problemas en la pizarra, se daba la vuelta para darte un tiempo para pensar y cuando se volvía sabías que te iba a preguntar. No soltaba las cosas sin más, te dejaba reflexionar», rememoran algunos de los ingenieros de la segunda promoción de la ya extinta Escuela Politécnica Superior.
Su principal labor docente en los últimos tiempos se ha centrado en el apoyo a los cursos de doctorado y proyectos fin de carrera. Pero esa aparente desconexión con el trabajo diario en las aulas que algunos le achacan no ha sido óbice para asumir el reto que le brindó el rector, Vicente Gotor. «El equipo fue lo que más me animó a seguir, es formidable», argumenta Carril, quien una y otra vez destaca el carácter honrado de sus colaboradores más cercanos en los últimos seis meses, Ramón Rubio y José Ángel Sirgo, y también el de sus vecinos de la vieja Politécnica y la desaparecida Escuela Técnica de Informática. «No conspiran contra nadie», subraya.
Su único temor ahora es no llegar a dar la talla. «En sus ocho años de director lo hizo bien», recuerdan quienes compartieron funciones con él en la vieja sede de Peritos de la avenida de la Constitución. Pero su tendencia a «no molestar y a pasar desapercibido» no parece ser del gusto de todos.
«Es lógico su nombramiento, porque no va a causar problemas», comentan en algunos círculos académicos. Díaz Carril, muy celoso de su vida privada, se defiende y explica que vuelve a cargos de responsabilidad porque el rector se lo ha pedido y por responsabilidad institucional. Ya advirtió que no participará en ningún proceso electoral, porque entiende que sus funciones tienen fecha de caducidad: «Tengo la cruz puesta en el 15 de diciembre», dice el que fuera profesor de Mecánica de varias generaciones de ingenieros de Gijón. «Lo está haciendo bien, su principal baza es que se deja asesorar y que tiene una visión de conjunto del campus», argumentan sus colaboradores. A él le tocará principalmente la labor de cohesión en la primera etapa de la nueva Politécnica. Una tarea grande para un hombre menudo.