Catedrático de Química Orgánica y nuevo profesor emérito de la Universidad de Oviedo
Pablo GALLEGO
José Barluenga (Tardiente, Huesca, 1940) no acepta felicitaciones por el título de profesor emérito que la Universidad de Oviedo le acaba de conceder. «La enhorabuena sería poder seguir trabajando», afirma. A las puertas de la jubilación, Barluenga -catedrático de Química Orgánica, académico y doctor honoris causa- mantiene vivo un reino que a muchos puede no parecerles de este mundo. En el laboratorio, y entre las cuatro paredes de un despacho que es su segunda casa, Barluenga construye un universo a base de enlaces químicos y anillos de benzeno.
-¿Cómo se decidió usted por la química del carbono?
-Llevó su tiempo. Para que a uno le guste una cosa tiene que conocerla primero un poco. ¡A ver quién se casa sin conocer al contrario o a la contraria!
-¿Y qué tal fueron los inicios de ese «matrimonio»?
-Tras licenciarme, tuve la oportunidad de hacer una tesis doctoral para adquirir una formación más sólida. Empecé a leer revistas científicas, a conocer y a descubrir el mundo de la química. Escuchaba conferencias, tomaba contacto con lo que realmente era la investigación y después, propiciada por mi maestro, el profesor Gómez Aranda, llegó la estancia posdoctoral en Alemania.
-En el Instituto Max Planck de Mülheim.
-En aquel momento estaba en la élite internacional, con un director que tres años antes había recibido el premio Nobel. Aterricé en el lugar perfecto para hacer la investigación que tanto anhelaba.
-¿Fue fácil?
-Nada fácil. Al principio fue muy duro, pero una vez metido allí había que intentar salir a flote (ríe). Y eso es lo que hice yo.
-¿Mülheim le cambió la vida?
-Descubrí que todo aquello me gustaba. Pasaba las horas en el laboratorio por placer. Sábados, domingos. Pero es cierto que, al final, la carrera de un investigador depende mucho de los medios materiales de los que disponga y de su capacidad intelectual. Si la mía fuese mayor habría conseguido muchas más cosas.
-Y en 1970 vuelve a España.
-Entre el laboratorio que dejé en Alemania y al que me incorporé en Zaragoza había un par de siglos de diferencia. La Universidad española estaba fuera de los circuitos internacionales, nadie que haya conocido aquello me lo puede discutir. Tampoco teníamos científicos nacionales en los que mirarnos. Había excepciones, pero estaban lejos. Éramos un país sin tradición científica, y se notaba. Me tuve que adaptar a las circunstancias, porque no volver era más sencillo que hacerlo.
-¿Y por qué volvió usted?
-Por patriotismo. Aquí están mis orígenes y es el país al que quiero, aunque a veces resulte difícil vivir en él.
-¿Amor propio y afán de superación son esenciales para dedicarse a la ciencia?
-Para la ciencia y para cualquier profesión en la que se quiera mejorar. Sea un científico, Nadal o los jugadores de la selección. Es la energía interna que te impulsa, y un investigador no es un «rara avis» distinta al resto de las personas.
-¿La vida del investigador es tan sacrificada como parece?
-Si a uno no le gusta, se convierte en un martirio. Pero yo, que voy a llegar a los 70 años, puedo decir que salvo una baja por enfermedad, he pasado todos los domingos de mi vida en este despacho. Con el teléfono al lado para contactar con mi mujer.
-¿Qué papel juega la familia?
-El apoyo de la familia es esencial. Mi mujer, Mari Cruz, fue mi compañera de curso en Zaragoza, así que lo entendía y me apoyaba. Ella me ha impulsado, me ha aguantado y ha consentido estas cosas (afirma con una media sonrisa, mientras intenta abarcar su despacho con los brazos y contempla una fotografía de su nieta en la pantalla del ordenador).
-Pues hay gente que no se cansa de decir lo duro que es vivir de la ciencia.
-La vida de un investigador no es dura. No es verdad. Pero sí es difícil, porque hay que competir. Uno se puede considerar muy bueno, pero cuando sale fuera y ve el número tan alto de «Messis» -el jugador del Barcelona- que hay en el mundo... Yo me he encontrado con ellos y me han puesto en mi sitio. En la ciencia, como en otras cosas, uno sólo sabe realmente dónde está cuando juega en Primera División.
-¿Es posible estar al día de todo lo que se publica sobre su ciencia? (sobre su mesa hay un montón de revistas).
-Uno tiene que tratar de estarlo. Hay que intentar leerlo todo, pero también hay que ser selectivo. No se pueden escapar los asuntos que tienen que ver con el área de investigación de uno, ni con otras afines que puedan ser importantes. La ciencia es un proceso cambiante, y muy vivo, así que lo que es muy relevante hoy puede dejar de serlo mañana. Los conocimientos que van apareciendo son los que marcan la pauta.
-¿Se puede imaginar la ciencia del futuro?
-Uno puede tratar de vislumbrar cómo será la química dentro de diez años, pero corre un gran riesgo de equivocarse.
-¿Es posible separar al docente del investigador?
-En la Universidad, el profesor debe ser un investigador. Eso es algo que está fuera de toda discusión. Uno no puede enseñar la ciencia del libro, porque ésa es ciencia muerta. Al final, enseñar es hablar de lo que uno conoce y uno sólo conoce la ciencia si la hace. Crear una atmósfera científica y fomentar el entusiasmo por la ciencia es esencial. Si no es así, se darán unas clases magistrales perfectas, pero estarán vacías de contenido.
-¿Qué opina de la nueva ley de Ciencia?
-A lo largo de mi vida he visto muchos intentos de cambio en la Universidad. No hay garantías de que sea la mejor, pero espero y deseo que sea una ley capaz de homologarnos con lo mejor de Europa.
-¿Y Bolonia?
-Es lo mismo. Se escribe mucho, se habla mucho... mejor pregúnteme dentro de 3 o 4 años. No es que la reforma no sea necesaria, pero la mayoría ha sido para peor. Una Universidad sólo cumplirá realmente su misión si es altamente selectiva. Desde el profesorado a los alumnos. Si quiere ser la mejor, debe ser selectiva por naturaleza.
-¿Qué hay del «lobby» aragonés en la Facultad de Química?
-No creo que exista tal «lobby». Yo ocupé la cátedra de Química Orgánica en 1975 y fui el pionero, aunque sí es cierto que después me siguieron muchos.
-¿Y qué le hizo quedarse?
-El culpable fue Teodoro López-Cuesta. Por aquel entonces, los medios de la Facultad de Química eran muy modestos. Se trabajaba con verdadera dificultad. Pero yo le pedía cosas y él me las conseguía.
-¿Es posible hacerse un hueco a nivel internacional desde una región pequeña?
-Competir desde Asturias es muy difícil. Sólo lo consigue algún grupo, y durante cierto tiempo. Las comunidades que serán fuertes en el futuro son las que muestran interés y sensibilidad por la ciencia. Si a los grupos de investigación potentes no se les apoya de forma específica y contundente no habrá nada que hacer.
-El ejemplo es Estados Unidos.
-Ellos tienen 25 o 30 universidades en los rankings más altos. Centros capaces de cambiar un país. En proporción, a Europa le correspondería tener otros 25 o 30. De esos, una media de 3 deberían corresponder a España. Pero, en vez de concentrar nuestros esfuerzos, preferimos tener 50 universidades distintas.
-¿A qué se dedicará ahora?
-Hace 5 años dije a mis colegas que cuando faltasen tres para mi jubilación no captaría a ningún estudiante más. Pero aún tengo 6 o 7 tesis doctorales en marcha, y trabajo con entusiasmo. Después, estaré al servicio del departamento, con las clases que me asignen, y de todo el que considere que merece la pena hablar de química conmigo. Mi intención es seguir leyendo. Y estudiando.