JOSÉ A. SAMANIEGO
Una veintena de obras nos hacen ver y sentir la luz recién creada que pinta Manolo Rey Fueyo (La Felguera, 1950). Son grandes lienzos sobre fondo negro, con una excepción sobre fondo azul. En ellos se abren o pintan luces blancas o rojas, a veces verdes o anaranjadas. Son luces imprecisas o nacientes. Más que brillar, balbucen. No se parecen en nada a una llama perfectamente dibujada, con los colores superpuestos de una combustión en capas científicamente definidas, tal como se hace para la publicidad del gas natural o algún mechero de mucha carga que como antorcha alumbra las aventuras de Indiana Jones en busca de mundos perdidos. Bien al contrario, las luces de Rey Fueyo tiemblan y palpitan, se expanden con suavidad sobre un fondo ilimitado, tratan de abrirse camino en la oscura maraña de un mundo en formación. Resuenan en el corazón del espectador las palabras del Génesis. «Y dijo Dios, hágase la luz?». Pero en lugar de las grandes luminarias, aparecen chispas indefensas peleando en un océano de negrura.
Debe ir preparado el espectador, debe meterse en la piel del artista, sentir cómo nacen y palpitan esas rayas de luz, esas nubecillas luminosas. La raza humana lleva dentro la experiencia milenaria del día y la noche, la luz y la oscuridad, el amanecer y la puesta de sol. Tales experiencias han configurado nuestro vivir en el planeta, alimentando mitos y religiones, filosofía, poesía y ciencia reciente de la galaxia.
Rey Fueyo maneja muy bien los recursos de este tipo de pintura. No utiliza brillantes colores planos, sino transparencias que van de menos a más, brochazos que nacen y se pierden en gradaciones controladas. Suelta la mano en libertad gestual, intenta que fluyan libremente contenidos que escapan a la conciencia, pero controla esas luces para que no sobrepasen los límites del cuadro. Las calidades pictóricas de intensidad y desleimiento del color son el resultado de un largo proceso creativo. Dentro de la abstracción, estas obras de Rey Fueyo tienen algo de surrealistas, algo de expresionistas, tal vez mucho de pasión existencial.
Siente el visitante dentro de sí mismo el mundo exterior de los planetas. Siente la hondura y oscuridad de la conciencia, esa buhardilla o almacén caótico de herencias y vivencias, pulsiones y recuerdos. Cuando vemos las rayas de luces verticales en los cuadros de Rey Fueyo, nos parece estar empujando la puerta del desván de la conciencia. Exploramos entonces nuestro mundo interior y un escalofrío de severa humildad nos va recorriendo la espina dorsal. Es entonces cuando la luz de Rey Fueyo se hace sentimiento humano.
Manolo Rey Fueyo -arriba, algunas de sus obras- nace en La Felguera (1950) pero reside en Valencia, donde cursa estudios de Bellas Artes. Desde joven cultiva el contacto con su tierra natal, participando varias veces en la Bienal Ciudad de Oviedo (1976, 1982, 1984, 1992). En 1991 la fundación de Cultura del Ayuntamiento de Gijón monta su obra en el Antiguo Instituto. Es el gran espaldarazo para un artista recuperado. Expone en el Museo de Bellas Artes (Oviedo, 2001) y en el Palacio Revillagigedo (Gijón, 2006). La nostalgia del desmantelamiento industrial de las cuencas la expresa en la serie «Langreo», que en parte se expone en la Pinacoteca Eduardo Úrculo, instalada en el antiguo matadero (1919) del barrio de El Puente, en la Felguera.