IGNACIO PELÁEZ
Acaba de finalizar el Mundial de fútbol, que ha coronado a la selección española. Un evento planetario de estas características ha permitido escuchar los himnos de los diferentes combinados nacionales, cuyos futbolistas escuchan o entonan orgullosos la melodía representativa de su país, previa al partido. Ese respeto no debería reducirse sólo al himno del país de uno, sino que debería hacerse extensiva a todos, aunque sólo fuera por educación, una virtud que aparte de juego limpio siempre debe existir en la lid deportiva.
Hace unos días en Algeciras me topé con la grata sorpresa de presenciar cómo los tendidos de la plaza de «Las Palomas» se ponían en pie para escuchar el himno de Andalucía. Los andaluces de nacimiento y adopción, o turistas taurinos como yo, nos pusimos en pie tras la muerte del quinto toro. Tan sólo fui capaz de tararear el estribillo de nuestros blanquiverdes compatriotas y, sinceramente, fue emocionante, no sólo por su belleza sino por el sentimiento de quienes aportaban algo propio y distintivo a la fiesta de los toros.
Eso me refrescó la memoria y me acordé de aquellas pitadas a la banda de música en El Bibio cuando, hace ya unas cuantas Ferias de Begoña, sonaba la gaita en el tercio de banderillas. He de reconocer que no tengo predilección especial por el sonido de la gaita, con lo que mi petición puede parecer puro masoquismo, pero creo que es necesario un aporte «nuestro» a la Fiesta. Y qué mejor que en la capital asturiana del toreo, porque a este paso volverán antes las corridas a la playa de Candás que a la capital de Principado...
Retomando los cánticos, no entiendo por qué se encendieron los aficionados cuando sonó la gaita en el Bibio, un instrumento que nos caracteriza como pueblo. Y ya que tenemos a una asturiana en la Familia Real, debemos sentirnos orgullosos de aquello que nos hace especiales y aportar una pizca de asturianía a la fiesta que tanto auge está teniendo en nuestra ciudad.
No es raro ver este ejemplo en muchas plazas del territorio nacional: en Bilbao se toca el txistu; en Zaragoza se ameniza la salida del último toro con una jota aragonesa, por no hablar de la idiosincrasia de los tendidos de Pamplona. Son sólo algunos ejemplos. Y no pasa nada.
Todo esto nos lleva a plantear a nuestros vecinos que si cada comunidad aportase algo propio no sólo se enriquecería la fiesta taurina sino que se favorecería la diversidad y se abriría un abanico de opciones para hacer una fiesta taurina plural. De esta forma podría evitarse el nombre de «Fiesta Nacional» que provoca arcadas en un sector peninsular y se abriría una puerta para que las zonas más conflictivas le diesen un toque personal y genuino a la tauromaquia.
Hay comunidades manifiestamente antitaurinas donde los detractores de la Fiesta viven atormentado por las nominaciones. Son los mismos que justificaron el matrimonio homosexual por ser únicamente una forma de referirse a esos enlaces y sin embargo critican que algo con la etiqueta de «nacional» pueda traspasar sus fronteras.
Ahora están ciertos antitaurinos más entretenidos con el asunto de su «nació» -perdón comunidad autónoma-, que es lo que siempre realmente les ha importado. De igual forma que pretenden una Fiesta sin muerte, con sus actitudes nacionalistas parece que lo que buscan es una democracia sin libertad. Eso sí que es dar el cante.