JOSÉ LUIS ARGÜELLES
El Parlamento de Cataluña acaba de apuntillar al toro de la llamada «fiesta nacional» con un breve estoque de votos que deja sin resolver, pese al pronunciamiento, el viejo y fatigoso debate entre taurinos y antitaurinos. Lágrimas, protestas y vítores, como en esas tardes de sol y arena en las que la faena divide a los tendidos. La primera comunidad autónoma en abrazar la prohibición, palabra en la que no encuentro bonita ni la hache intercalada, fue Canarias. Quienes conocen los muchos jeribeques de la lidia aseguran, claro, que el veto canario dolió, pero no tanto como la censura catalana. Y es que la Monumental de Barcelona fue, durante años, plaza muy torera, como sabe José Tomás. A mí lo que más me gusta del mundo taurino es la biografía que Chaves Nogales escribió sobre Belmonte y me emocionan, además, los aforismos y reflexiones que Shopenhauer dedicó al sufrimiento de los animales. Yo no voy a los toros, ni siquiera a la Feria de Begoña, pero la verdad es que, con la que está cayendo, tanta obstinación antitaurina empieza a ser cargante.