Pablo TUÑÓN
Antes las separaban miles de kilómetros de océano y tierra, pero ahora comparten terrario. Una pitón albina, originaria del sudeste asiático, y una boa constrictor, natural de América Central, han acabado viviendo juntas en el Acuario de Gijón. Ambos especímenes, procedentes de la Coordinadora para el Estudio y Protección de las Especies Marinas (Cepesma), se han convertido en la última atracción de la exposición «Reptiles y anfibios», que estaba programada sólo para el verano y ahora se alarga hasta enero del 2011.
Los dos exóticos ejemplares pasan a formar parte de la alineación de la muestra en sustitución de las anacondas, que «eran poco vistosas porque estaban siempre metidas en el agua», según Pedro Garnung, director del Acuario gijonés. «Éstas dos, en cambio, se acercan al tanque de agua, pero también pasan tiempo en las ramas», explica Garnung, que además asegura que «son menos peligrosas que las anacondas». El historial de una de ellas desmiente, sin embargo, lo dicho por el director del acuario. La boa constrictor, con más de metro y medio de longitud, llegó al Cepesma de las manos de su dueño, que se asustó ante su agresividad y les pidió que se la llevasen. «Hay que tener cuidado con serpientes de este tamaño, sobre todo si hay niños. Pueden llegar a morder y no es como un perro, que muerde y suelta. Las serpientes se retuercen tras el mordisco», explica Luis Laria, director de Cepesma, que recuerda que «son animales salvajes por mucho que los tengamos como mascotas». En el centro que tiene en Luarca, el Cepesma cobija a unas 50 serpientes, algunas de hasta seis metros de largo.
La pitón albina, especialmente llamativa por su color amarillo, supera los dos metros y fue hallada por la Guardia Civil en un patio de la localidad lucense de Burela. Ahora se ha encontrado con su prima lejana latinoamericana en el Acuario de Poniente, que promete nuevos sorprendentes ejemplares para la exposición de reptiles y anfibios.