ALICIA ÁLVAREZ
Pero qué hice yo mal?» Siempre es la misma pregunta y siempre la misma respuesta: nada en absoluto. Simplemente silencio. Pero no ese silencio lleno de pensamientos que a poco que suene algo a tu alrededor se puede desvanecer, sino ese que es mucho más incómodo. El que te ahoga en los ascensores, en las salas de espera, en las citas a ciegas? Me refiero a ese vacío interno, mental, al que muchos tratan de llegar practicando meditación y que yo, cada noche, conquisto en mi sofá con solo sentarme frente a la tele.
Y es una sensación de arrastre, como «La Nada» que se lo llevaba todo en la Historia Interminable. Y me deja seca y boquiabierta y cejijunta y contrariada. Un incómodo estado zen que le debo a españoles, andaluces, asturianos, madrileños y demás variantes comunitarias desperdigadas por el mundo que cada día copan la franja nocturna de la parrilla televisiva. Callejeros, Mi Cámara y yo y demás «realitys» de bajo presupuesto que se solapan y superponen en los diferentes canales con el supuesto objetivo de ilustrar cómo viven los que residen fuera de el país. Y sí, a juzgar por lo que se ve, viven mejor que bien.
Al menos eso es lo que se trasluce en estos documentales de pega, que filman la vida de estos «exiliados» al estilo dogma, es decir, sin maquillaje, supuestamente sin guión y con luz natural, para intensificar la sensación de realidad. Vidas de lujo, en el que lo mismo ves a un chaval de 28 años enseñando su apartamento en un rascacielos con vistas a Dubai a que una mujer de mediana edad que se dedica a hacer negocios en los denominados «Business Resort», que según descubrí el otro día, son algo así como un club de tenis con piscina en el que se cierran negocios tras hacer spinning acuático y beber champán. En definitiva, distintas tipologías de emprendedores que, según ellos mismos, han visto el negocio en el país de turno y que cuando se les pregunta que echan de menos de España, responden que la paella.
Una realidad que si fuera así en todos los casos habría conseguido desertizar España mucho antes de lo que lo haría el cambio climático. Y digo, si fuera así, porque evidentemente, no todos los españoles que andan por el mundo tienen «lofts» de 150 metros cuadrados en el centro de Hong Kong o presiden empresas de avionetas privadas.
Pero eso da igual. La cámara al hombro da sensación de realidad. Y aunque cada semana me juro no volver a verlo, siempre caigo y siempre me acabo quedando en silencio. Y no solo porque envidie sus vidas con jornadas continuas, conciliación laboral y familiar o casas con suelos de calefacción radiante, sino porque me doy cuenta de que algo hice mal. Y no es no haber emigrado, sino volver a caer en la trampa de creer que la tele es una ventana a la realidad.