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Caramelos de cartón

n Podría hacerse una «Xixonlandia» con la cantidad de maquetas de proyectos que se llevan presentados en esta ciudad

 
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Caramelos de cartón
Caramelos de cartón  
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HÉCTOR BLANCO HISTORIADOR Aunque pueda parecer el argumento de un sainete o parte de una narración de la cáustica Sophía Petrillo en la serie «Las chicas de oro», la historia de Mussolinia de Sicilia es tan real como surrealista.

Sicilia, década de 1920, Benito Mussolini ocupa el poder en Italia y las autoridades del municipio de Caltagirone, al sur de la isla, deciden halagar al futuro Duce transformando un centenario encinar en una ciudad jardín que será bautizada en su honor como Mussolinia. La iniciativa resultó exitosa, tanto que el propio Mussolini acudió en mayo de 1924 a inaugurar las obras, e incluso fue imitada en Cerdeña donde en 1928 se fundó otra Mussolinia, hoy conocida como Arborea.

Pero tras lograr su objetivo esencial, que no era otro que dorar la píldora al citado personaje, las autoridades sicilianas se encontraron con un problema inesperado: unos años después de aquella ceremonia Mussolini solicitó un reportaje fotográfico para ver como era «su» ciudad. El problema era que en el solar de Mussolinia no había más que lo que había quedado tras el acto inaugural: un bosque arrasado y la primera piedra.

Cuesta ya saber si fue realidad o leyenda, porque que la vida real resulta en ocasiones más increíble que la ficción es algo indudable, pero parece ser que aquellas autoridades solventaron la situación rizando el rizo y optaron por realizar un decorado de cartón piedra con el fin de enviar a Roma un completo dossier de aquella ciudad jardín tan magnífica como inexistente.

Finalmente el embuste fue descubierto, parece ser, por la intervención de una mano negra que suplantando a los promotores remitió al dictador un segundo fotomontaje aun más audaz anunciándole textual y gráficamente que Mussolinia, localizada en el interior de la isla, ya tenía hasta mar.

Actualmente parte del solar donde se proyectó aquella Mussolinia ideal alberga la aldea de San Pietro de Caltagirone, un pequeño núcleo rural que nada tiene que ver con una ciudad jardín, aunque el resto de la zona nunca volvió a recuperar el bosque perdido.

Sin llegar a contar ni en el fondo ni en la forma con la magnitud de esta historieta, sí puede afirmarse que en Gijón verano y maquetas suele ser un combinado habitual, generalmente servido con gran despliegue de mediático aprovechando la FIDMA como escaparate.

De hecho la década que ahora termina ha batido récords en cuanto a la presentación de maquetas de proyectos arquitectónicos y urbanísticos. Hemos visto propuestas de museles, balnearios, rascacielos, avenidas, parques, metrotrenes... casi puede decirse que sumando todas ellas podría hacerse una «Xixonlandia» que poco o nada tiene que ver a día de hoy, y puede que tampoco lo tenga en el futuro, con la ciudad real.

Difícil será encontrar a alguien cuya atención no claudique ante una maqueta. La singular sensación que provoca el cambio de escala, la facilidad para visualizar diferentes perspectivas y, sobremanera cuando lo que se nos presenta es sólo un proyecto, esa falsa sensación de realidad obtenida al ver tridimensionalmente algo que no existe, suele resultar un cóctel irresistible.

En el caso de los proyectos aún no realizados, ese atractivo lleva pareja una doble perversidad: ni lo representando en la maqueta tiene por que hacerse, ni resulta fácil apreciar cual es a escala real la dimensión de lo propuesto y los efectos sobre su entorno.

Por ello no cabe duda que las maquetas se convierten no pocas veces en apetitosos caramelos pintados con profusión de colores verdes y azules, servidos para vender un producto que luego se descarta o se modifica para peor, momento en el que descubrimos que aquella golosina nos sabe a cartón.

Quizás el primer gran desencanto de Gijón con las maquetas tuvo lugar hace casi veinte años, cuando se presentó el proyecto del primer tramo de la avenida del Llano incluyendo la plaza de Los Fresnos, en la que esta contaba con un diseño de parque urbano arbolado que hacía imposible sospechar que finalmente iba a configurarse como uno de los espacios urbanos más inhóspitos creados en la ciudad. Y luego la experiencia se repitió varias veces más.

En la presente década hemos asistido a una gran paradoja, ver como un buen planteamiento puede transformarse en un esperpento, hecho representado en las dos maquetas que corresponden a sendos proyectos ideados para urbanizar la Ería del Piles.

El primer proyecto fue Salamandra y con él venían a solventarse excelentemente dos demandas que se habían formulado en la ciudad desde las primeras décadas del siglo XX: la construcción de un balneario como hito arquitectónico y la dignificación urbanística de la zona oriental de la playa de San Lorenzo.

Ambas ambiciones se hicieron presentes y necesarias, pero de Salamandra sólo quedó la maqueta -luego expuesta en el MoMA y de la necesidad no se hizo virtud precisamente, ya que sirvió para formular dos impactantes intervenciones: la construcción del edificio Talasoponiente y la futura torre de 40 metros de altura vinculada a un centro comercial y hostelero a emplazar junto al Piles.

Del efecto derivado de la construcción del citado centro balneario entre el puerto deportivo y la playa de Poniente, urbanística y arquitectónicamente hablando, nada positivo se puede hoy decir.

En cuanto a la segunda maqueta, la propuesta de la torre de la Ería del Piles, aún sin estar hecha, lo que más difícil resulta asumir es su justificación. Que se hable de su necesidad como hito visual para mejorar las perspectivas de la playa o de la avenida de Castilla produce repelús, teniendo en cuenta que supone anular la amabilidad paisajística que ofrece en ambas zonas la vista de la loma del Cervigón coronada por la casa de Rosario de Acuña.

A parte del sorprendente cambio de criterio obrado en el urbanismo gijonés durante este decenio, cuyo mejor ejemplo es un singular anhelo por volver a la rascacielización desarrollista, resulta evidente que asistimos a un problema importante consistente en el rechazo de la excelencia como objetivo para intervenir en la ciudad.

Al final aquella ejemplar iniciativa urbanística de Mussolinia no sólo no fue materializada si no que sólo sirvió para arrasar un espacio natural singular. Aquí, será tremendo ver como a la salida del sol una nueva sombra se proyecta sobre el arenal de San Lorenzo.

Se dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra y también que la historia es un ciclo repetitivo. A veces resulta imposible no creerlo.

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