CEFERINO MENÉNDEZ BUELGA
El espectáculo que el PP de Asturias nos viene deparando en relación con la designación de su candidato a las próximas elecciones autonómicas resulta tanto más fácil de calificar cuanto más lo descalifica.
A merced de los poco menos que compulsivos vaivenes de un guión caracterizado por la ocurrencia y la improvisación, y abandonado a su suerte por un teórico director de escena que se niega incluso a cumplir con su desairado papel de testaferro, cada nuevo episodio evidencia aun más la dudosa existencia de una verdadera organización política que justifique merecer tal nombre.
La reunión en un establecimiento hostelero capitalino de los dizque que hombres -y mujeres- fuertes del PP asturiano, que en cualquier partido mínimamente solvente no hubiese pasado de un acontecimiento informal y anecdótico, ha pretendido ser elevada por sus protagonistas a la categoría de acontecimiento políticamente relevante.
Pero es que, aún dejando las cuestiones formales al margen -si es que pueden quedar al margen cuando son, precisamente, las que marcan la diferencia entre una organización democrática y una cuadrilla de compinches- el producto final no puede ser más clarificadoramente deleznable. Incapaces de proponer un candidato alternativo a Francisco Álvarez Cascos, los supuestos barones del PP regional a lo más que llegan es a autopostularse como integrantes de una terna -el alcalde de Oviedo, eso sí, por persona interpuesta, sobradamente acreditada ya su palmaria falta de proyección política regional-.
Es probable que para algún autoinvestido estratega la terna tuviera por objeto hacer gala de una supuesta demostración de fuerza: frente a Cascos somos capaces de presentar no ya un candidato, sino tres.
Lo cierto es que los miembros de esa terna, lejos de sumar, se multiplican, pero por cero, en tanto en cuanto las verdaderas opciones de liderazgo de cada uno de ellos devienen condicionadas hasta el punto de quedar anuladas por las aspiraciones e intereses de cada uno de los otros dos.
En definitiva, este espectáculo que arrancó con hechuras de comedia de enredo y que, por momentos, parecía derivar hacia el esperpento, a fuer de disparatado y chabacano, ha terminado por decantarse en astracanada. A buen seguro que al privilegiado espectador -en tanto que directo beneficiario de una impagable precampaña a costa de sus teóricos adversarios- que es Javier Fernández, tamaña representación bien podría provocarle el proverbial comentario valleinclanesco: ¡Me quito el cráneo!