Al contrario de lo que hizo D. Melitón González, que esperó en su casa de «Las Figares» el que se construyera un dique en el Humedal para atender de «visu» sus negocios navieros, D. Óscar de Olavarría, que en su tiempo llegó a ser el gran naviero local, en cuanto tuvo ocasión trasladó su casa habitación de la calle Corrida a la dársena recién ampliada con el paredón de Liquerique.

Fue en 1873 cuando el naviero inició las obras de su nueva casa en la calle de S. Juan Bautista, que se señaló con el n.º 11. En ella, además de domicilio, estableció su escritorio, e inició la honrosa función de cónsul de Rusia. Se cuenta la anécdota de que desde este nombramiento, durante los inviernos usaba grueso gabán con cuello y solapas de auténtica piel de zorro de las estepas.

En 1862, año en que D. Óscar llega a Gijón, todavía la dársena local no era más que «una ratonera», al decir de uno de los capitanes de las líneas sevillanas que frecuentaban nuestro puerto, porque aquellos vapores andaluces, con una cabida máxima de apenas 500 toneladas, se veían obligados a fondear en la concha exterior, entre Santa Catalina y Torres, cosa que después de la terminación del «paredón» concedido por Isabel II, solo harían los grandes vapores y los primeros transatlánticos. En 1868, año de la Gloriosa Revolución, que se implantó con rugidos de cañón y al grito de «¡Fuera los Borbones!», figuró D. Óscar en el padrón de los revolucionarios «setembrinos», o sea, en lista de los «Voluntarios de la Libertad», que mandó levantar la Junta Revolucionaria.

En 1870, en estado civil de soltero, capitán de floreciente flota y contando ya como socios con los principales nombres de Asturias, entre los que se encontraba el del muy ilustre de D. José Caveda y Nava, tiene su primer hijo con D.ª Carlota González Solares, Emilio, que a los 31 años, poco después de regresar de Filipinas, donde contrajo matrimonio con una joven toledana, Elvira García del Rey Carnerero, fue elegido por los empresarios gijoneses su capitán para dirigirlos en la pugna que casi durante tres meses sostuvieron empresarios y clase trabajadora a propósito de la huelga que desencadenó la Sociedad La Cantábrica, propia de los obreros del puerto; pugna que después se extendió al resto de la industria y la construcción, y que terminó con la completa derrota de los «incautos» obreros: los promotores se vieron obligados a emigrar de Gijón, y los huelguistas de a pie a pedir el reingreso en sus industrias, sin conseguir ni el pretendido aumento de dos reales de salario, ni la jornada de las ocho horas, sino que con los salarios viejos, se vieron obligados a trabajar, cuando menos, diez, cuando no doce horas diarias.

Emilio murió en marzo de 1902, apenas dos meses después de su padre, que ocurrió el 26 de enero anterior, a consecuencia de una nefritis que, al parecer, contrajo en las Filipinas, siendo concejal de Gijón. No dejó descendencia.

En 1878, el rey designó a D. Óscar, alcalde de la villa, después de la excelente gestión que el opulento naviero había realizado, como alcalde accidental -a pesar de su declarado «republicanismo activo»-, durante la visita que el monarca y su hermana Isabel efectuaron a la villa el mes de agosto anterior. Como prueba de la firmeza de su credo y de sus buenas maneras, cuando fue distinguido por el monarca con la distinción máxima de la Orden de la Reina Católica, no la rechazó: se limitó a no pagar después los correspondientes derechos...

Fue D. Óscar, además de soltero, republicano y librepensador, y nunca faltaron sus excelentes puros en las celebraciones republicanas, primero habanos, después de la «Flor de la Isabela», de la Cía. de Tabacos de Filipinas, de la que era agente en Gijón como encargado de los tráficos del santanderino D. Antonio López. Fue prototipo del gijonés dialogante, tanto con sus dependientes como sus vecinos, cuando Alcalde; éstos encontraron en su autoridad, eficacia en la gestión, comprensión en los problemas, y apoyo decidido a sus intereses, hasta el punto que por una pugna que desde la Alcaldía mantuvo con el gobierno de S.M. por cuestión de la contribución de la sal, que entendía perjudicial para la villa, no dudó en presentar su renuncia al Ministerio en cuya decisión adoptada oficialmente el 31 de diciembre de 1878 le siguió la Corporación. Frecuente su dicho, en la confitería de Fernando Muñiz, vecina al Consistorio, «ésta no es mi casa, ni la de los concejales que conmigo gobiernan, sino la casa del pueblo que con su voto ha confiado sus intereses a nuestra rectitud y laboriosidad».

Participó muy activamente en el mismo 1878, en la fundación de «El Comercio», periódico de intereses generales pero de clara tendencia republicano-liberal, de la mano de sus socios D. Anselmo Cifuentes y D. Florencio Valdés y otros conspicuos gijoneses.

En 1880, cumplidos los cuarenta años, nace su segunda hija, Juana fruto de su nunca interrumpida relación con D.ª Carlota González, a la que dejó heredera de su fabuloso seguro de vida, de nada menos que 250.000 pesetas. Fue muy breve la vida de esta hija, pues a los 24 años (1904) moría en Bilbao, dejando viudo a su esposo Gonzalo del Río Larrauri con un hijo, Óscar del Río Olavarría, de apenas un año.

En 1883, cuando ninguna desgracia amenazaba su despejado horizonte, comienza D. Óscar las obras de su nueva mansión, que tendría fachada principal a Abtao (muelle) y la posterior a San Juan Bautista (hoy Óscar de Olavarría); casa que reformará y ampliará entre 1883 y 1886, bajo planos del maestro de obras D. Juan Bolado, hasta convertirla en su gran mansión, que recuerda (en pequeño) las grandes casas navieras existentes en los principales puertos europeos, que acogían en un solo edificio dando cara al mar, domicilio, escritorio en la entreplanta y en los bajos, almacenes. Hoy sigue en pie la casa y siguen a la vista algunos de sus miradores y la rejería, trabajados en la fundación de Kessler, Laviada y Compañía. Pena que el público no tenga acceso al espacio interior del portal de la vieja mansión, pues sin duda es el más singular espacio de los de su especie de todo Gijón.

En sus mejores momentos la morada de D. Óscar acogió hasta doce personas contando al propio naviero, su hermana Justina, sus hijos: Emilio con su esposa, y Juana; la institutriz parisina de ésta, Nela Salachouse, que además de cumplir sus funciones con la joven, ayudó a D.ª Fátima, hermana de D. Óscar, en la selección de bastones y sombrillas, que esta señora se hacía traer de París para surtir su comercio de «bastonería», que era frecuentado por las «elegantes» de la villa. D.ª Fátima casó con otro vasco, D. Eusebio Zubizarreta y fueron padres de un «mozarrón», que les salió algo alocado y muy carlista, en cuya rama fue diputado, llegando a secretario particular Carlos VII; después de muerto D. Óscar, el pretendiente le hizo conde. En octubre de 1901, cuando el naviero ya estaba en el declive de su vida, el mozarrón protagonizó en el atrio de S. Pedro, cuando las famosas procesiones del «Jubileo», un violento incidente, revólver en mano, que causó en todo Gijón gran escándalo, y especial dolor a su tío. También tenían habitación propia en la casa el camarero de D. Óscar, la cocinera Antonia Soto, famosa por la categoría de sus banquetes, el fiel portero Juan Álvarez, y dos sirvientas.

No fueron éstos de que venimos hablando los primeros «olavarrías» llegados a Gijón, sino que los primeros en hacerlo fueron D. José Ramón, padre de D. Óscar, y su hermano, el solterón D. Pedro Santiago de Olavarría Santa Cruz y Liquerica o Lequerica, que llegaron sobre 1856-57, llamados por D. Pedro Duro para que colaboraran en la instalación de su gran factoría de Langreo. Éstos reposan en un nicho del cementerio de Ceares desde 1886; y a sus restos se unieron, en 1926, los de D.ª Carlota González Solares.