Rajoy y los poetas

Días imperiales del presidente español - Hollande o el arte de la buena cita - Machado, Pessoa y la España ciclotímica

19.01.2014 | 02:35

Confieso que me fastidia la propensión de algunos políticos, sean de derechas o de izquierdas, a incluir en sus discursos instrumentales las citas de los poetas que admiro. El disgusto crece, claro, cuando los versos interpolados ni siquiera vienen a cuento, como suele suceder en la mayoría de los casos. Será, supongo, porque intuyen que, como escribió Hölderlin, sólo los poetas fundan lo que permanece y que lo demás es mera retórica de hoja caduca, eco fugaz en el periódico del tiempo.

A Rajoy, a quien vimos estos días yendo del despacho oval del último emperador al imperial retiro que eligió el César Carlos en Yuste, le dio por recordar en el monasterio cacereño aquel último alejandrino ("estos días azules y este sol de la infancia") que el republicano Antonio Machado escribió en la fría hora de su exilio de español perseguido. Fue en la "laudatio" al presidente de la Comisión Europea con motivo de la concesión a Durao Barroso del premio "Carlos V". Así que, para complacer al político portugués y hacer un poco de iberismo, rememoró también una línea de Fernando Pessoa, lírico del desasosiego, los heterónimos y el sebastianismo.

A mí, ya digo, esto de que los políticos espiguen algún verso de los grandes poetas para ofrecerlo como incienso en el pebetero de sus artríticas palabras suele ponerme en guardia. Hubo quien se entusiasmó cuando Aznar, el hombre que designó a Rajoy como su sucesor, empezó a hacer el elogio de Cernuda -también el de Azaña, por cierto-, a ver si así nos creíamos de una vez por todas que él era un liberal de toda la vida. Fue antes, claro, de embarcar a España en la Guerra de Irak al lado de su amigo Bush hijo, a la busca de las armas de destrucción masiva que jamás aparecieron.

Unos citan a los poetas y otros se citan con actrices, que es amena variante del arte de la citación. Hollande, que teme ser la próxima presa de los poderes realmente existentes (los gerifaltes de la especulación internacional, el FMI, las agencias de calificación o los grandes rotativos especializados en información económica) ha empezado a ver en sus peores sueños la soga de Zapetero. Así, entre visita y visita a Julie Gayet, le ha dado por abrazar también el catecismo neoliberal. Y eso, pese a los rojos antecedentes de la muchacha del coturno. Tras el reciente romance del SPD con Merkel, la jefa del negociado, y este enroque largo del presidente galo, se consuma la escapada funeral de la socialdemocracia europea hacia la insignificancia ideológica.

De ahí el lirismo de Rajoy a su regreso de la Casa Blanca. Y que sepamos, no le puso los pies en la mesa a Obama. Por su renovado y exultante análisis -más allá de los machadianos días azules y el sol de la infancia-, nos enteramos de que España es un país que sufre, como algunas personas, de ciclotimia. Hace poco estábamos con un pie en el abismo a causa de las veleidades de la prima de riesgo. Ahora, por lo contado por el Presidente y por lo cantado por los coros y danzas del enorme aparato de agitación y propaganda, vamos como tiro derecho hacia la recuperación y el milagro.

Y eso que el número de parados da escalofríos; la deuda pública nunca fue tan elevada por el trile de asumir las quiebras privadas, y el empobrecimiento de los españoles no ha hecho más que acentuarse. ¿Qué ha cambiado? Pues muy fácil: los salarios y las pensiones continúan menguando; por contra, el recorte de los servicios públicos y la poda de las libertades o derechos ha avanzado de tal manera que hasta nos bendice Lagarde, la gran sacerdotisa del templo de los sacrificios ajenos. Además, las delictivas gestiones bancarias que en cualquier otra democracia llevarían al trullo a sus responsables, aquí se enjugan con la esponja del dinero de todos. Si hasta la petición de indulto de Garzón se pierde por los kafkianos vericuetos judiciales. Mejoramos, créanlo. ¿Por qué, si no, Rajoy citaría al bueno de Machado y al enigmático Pessoa?

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