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Errores y omisiones inexplicables en algunas de las placas identificativas instaladas en edificios y lugares emblemáticos de la ciudad

21.12.2015 | 04:41

Durante el primer trimestre de 2014 el área de Turismo del Ayuntamiento de Gijón promovió la instalación de una treintena de placas identificativas en otros tantos edificios y lugares emblemáticos de la ciudad. Esta iniciativa se efectuó con el objetivo esencial de ofrecer recursos informativos sobre nuestro patrimonio arquitectónico para facilitar su mejor conocimiento y disfrute tanto a locales como a visitantes.

Aunque ya a finales de la década de 1970 comenzó a efectuarse un análisis ponderado de este legado y en especial de nuestra arquitectura contemporánea, demostrando su interés, el impulso que durante las últimas tres décadas largas ha dedicado el Ayuntamiento de Gijón a su puesta en valor ha sido tan puntual como raquítico. Las mejores referencias al respecto son que las actuaciones en esta materia llevadas a cabo por los sucesivos gobiernos municipales desde 1979 apenas superan la docena y que la Arquitectura, especialmente la gijonesa, ha sido el ámbito creativo más ignorado en las programaciones culturales locales.

El año pasado se venía así a realizar una aportación más ambiciosa al respecto, relevante además por su carácter permanente, si bien el resultado de su ejecución es más que decepcionante.

Por una parte el problema se inicia con el contenido informativo recogido en las placas, con textos farragosos, con algunas incongruencias y que superan en extensión lo necesario para poder contextualizar cada obra. Si bien esto puede ser una valoración cuestionable por subjetiva, lo que resulta evidente es que la puntilla de esta actuación es la ubicación de muchas de estas placas. En varios casos su colocación está a una altura excesiva, en sitios poco apropiados como escalinatas y rampas de acceso a los inmuebles, e incluso en lugares que no son permanentemente accesibles como el interior del pórtico de La Iglesiona. Incluso se ha llegado al extremo de colocar una de ellas en un lugar erróneo, identificando la entrada a la batería alta de Santa Catalina, ubicada bajo la cima del Cerro, como la del refugio antiaéreo de Cimavilla, situada en realidad en el paseo de Claudio Alvargonzález. Y tampoco faltan omisiones inexplicables, las más llamativas las de la casa natal de Jovellanos y la de la primera sede del Instituto.

Resulta sorprendente que la materialización de una intervención de este tipo no atienda a algo tan simple como que las placas sean accesibles, que puedan leerse cómodamente y, lo esencial, que estén colocadas en el lugar que identifican y no en otro. No parece que esto sea mucho pedir.

Podría pensarse que la web municipal compensa en algo esta situación, pero el resultado es igualmente deficiente. Si bien en el portal oficial Gijón Turismo se incluye una sección bajo el epígrafe "Monumentos" que está mínimamente estructurada y organizada -aunque sin diferenciar algo tan simple como arquitectura, escultura pública y espacios urbanos- su contenido apenas supera el medio centenar de referencias. Queda la opción de seleccionar dentro de la subsección "Siglos XIX y XX" las categorías "Edificios y lugares de interés" y nuevamente "Monumentos" pero esto es aun peor. De hacerlo obtenemos un par de listados, el primero con un total de 314 elementos y el segundo con otros 729, por lo que a priori parece tratarse de un recurso importante aunque en realidad ambos sólo consisten en un batiburrillo de enlaces sin ningún tipo de sistematización, cuya mayor parte además son repeticiones (hasta 14 veces aparece el Teatro Jovellanos) o carecen de contenido e incluso figuran elementos que ya no existen, como la desaparecida fuente del Anzuelón que se ubicaba en Begoña o, nuevamente, se da la ubicación errónea del refugio antiaéreo de Cimavilla.

Todo ello hace que gran parte la inversión realizada pierda su eficacia desaprovechando la potencialidad que dichos recursos suponen tanto para mejorar la proyección exterior de la imagen de la ciudad como para afianzar su identidad.

En todo caso queda claro que un buen proyecto mal trabajado queda reducido a una ocurrencia y que el criterio en su desarrollo y en su ejecución es la clave para que una iniciativa de este tipo termine siendo un acierto o un desastre.

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