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Una velada inolvidable

La brillante batuta de Perry So lleva a la OSPA a uno de sus mejores conciertos en Gijón, con un aclamado Ferriol al oboe en partituras de Haydn y Piazzolla

05.02.2016 | 12:07
Los músicos de la OSPA, durante el concierto de la tarde de ayer en el Jovellanos.

Dos estrellas rutilaron anoche en el teatro Jovellanos: Juan A. Ferriol en su solo de oboe, y Perry So, dirigendo a Beethoven. Entre ambos consiguieron rematar una velada memorable. El concierto, ofrecido por la OSPA, estaba patrocinado por LA NUEVA ESPAÑA y esta vez, quizá intuyendo el éxito, el público casi llena el aforo. Tres cuartos de entrada abundantes.

Se inició la sesión con la suite "Les Boréades", del compositor francés Jean-Philippe Rameau, una obra que aunque temporal e intelectualmente está instalada en el barroco, se advierten ciertos compases melódicos que avanzan hacia el romanticismo. Dividida en seis movimientos, en ellos se entrelazan elegancia, ternura, delicadeza y trasparencia. Personalmente me sorprendió el uso de percusión, tan inusual en el barroco; el primer movimiento marca su ritmo con un tambor. Maravillosos resultaron los solos de flauta de Peter Pearse y Myra Pearse, que ineludiblemente nos llevaron a vivir el ambiente de un jardín en primavera.

Franz Joseph Hadyn firmaba la partitura del "Concierto para oboe en do mayor", en tres movimientos. El solista Juan A. Ferriol, a su vez adscrito a la OSPA, ofreció una extraordinaria actuación, enriqueciendo con su oboe el carácter solemne y formal de Haydn. Llenó la obra de belleza y de lirismo, mediante la perfección de su técnica fue describiendo pasajes sublimes, rebosantes de sensibilidad. El entusiasmo del público forzó un bis. Se hizo el silencio. Y si todos pensábamos que Juan A, Ferriol había dado lo mejor de su oboe... "Oblivión", de Astor Piazzolla, una obra apasionadamente lírica, nos llenó de emoción. Fue la gran noche de Juan A. Ferriol.

Tras el descanso, un plato fuerte: la "Sinfonía nº3 3n mi bemol mayor, Heroica, de Beethoven. Y aquí, el director nacido en Hong Kong, Perry So, como llegado de otro mundo que no era el precedente, llevó la orquesta a la gloria. Había que verlo, con su cuerpo de adolescente, vivir, disfrutar, apasionarse con la música del maestro alemán. Sin partituras, puso su alma al frente de la orquesta, arrancándole una de sus mejores actuaciones. Todo él, hasta su cabello de seda negra, vibraba en expresividad, solvencia, fervor y arte. Tardaremos en olvidar este 4 de febrero, y tal vez, los nombres de Juan A. Ferriol y Perry So, no lo hagamos nunca.

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