05 de junio de 2016
05.06.2016
La Figura De La Semana | ABDOU KARIM THIAM SEYDI | INMIGRANTE SENEGALÉS, RECIÉN GRADUADO EN MAGISTERIO

Un maestro de la vida

El senegalés que llegó a España en cayuco y acaba de terminar Magisterio dejó en su colegio, en el Hogar San José y en el Sporting la huella de su madurez

05.06.2016 | 06:08
Un maestro de la vida

Cuando los colonos portugueses atracaron en el sur de Senegal en 1645, bautizaron la zona como Ziguinchor, que proviene de "Cheguei e choram" ("Llegué y lloraron" en castellano). Era el llanto de la población senegalesa a sabiendas de que desde ese momento se convertían en centro del tráfico de esclavos.

Tres siglos después, el 13 de julio de 1994, con la esclavitud abolida pero en precariedad similar, nacía en esa región, que hoy cuenta con 153.269 habitantes, poco más de la mitad de Gijón, un niño que a los doce años se enroló como polizón en un cayuco con destino a España. Llegó y lloró al tocar tierra firme, en Tenerife, tras nueve días y otras tantas noches navegando cuasi a la deriva por el océano Atlántico con el sueño de ser maestro como único petate. Hoy, tras cesar el tiempo de galerna, Abdou Karim Thiam Seydi ya es graduado en Magisterio.

Musulmán, fiel a sus convicciones, cumplidor, responsable y con una madurez impropia de su juventud fruto de los avatares que le ha tocado sortear. Asertivo ante los consejos y las normas, más rebelde cuando aquellos dictámenes se antojaban injustos. Quienes le recibieron a su llegada a España vieron en Abdou al niño tímido, respetuoso, luchador incansable que con semblante risueño se convirtió en ejemplo de gratitud.

Partió de Senegal de forma clandestina, junto a un amigo, oculto en uno de los recovecos de la nave donde se guardaban los escasos víveres para el trayecto. Una vez salieron a alta mar, Abdou abandonó el escondite. Así, lleno de miedo y salitre, se sucedían los días por las aguas atlánticas. Un episodio que le dejó marcado, hasta el punto de pasar unos años hasta que fue capaz de contar la travesía. A los que oyeron el relato del viaje de viva voz todavía se les pone la piel de gallina al recordar las palabras de Abdou. Tuvo que presenciar cómo un compañero de cayuco, fruto de la histeria de tantos días a merced del oleaje, saltó de la embarcación y cómo ésta se alejaba mientras el cuerpo se hundía en el fondo del mar. Dormía mal, al principio, y tenía pesadillas con el suceso. "Debió ser muy traumático para él. Algo así te marca", resuelven sus allegados.

En 2006 llegó, por fin, a Canarias, a la isla de Tenerife. Pronto se puso en contacto con su hermano Assane, residente en Gijón. Ante el sentimiento de impotencia por la separación, su hermano mayor se apuró a escribir una emotiva misiva a la entonces consejera de Bienestar Social, Laura González, para que agilizara los trámites y así facilitar el reencuentro. El 1 de febrero de 2007 llegó a la capital marítima asturiana con las cosas claras.

Aterrizó a los pocos días en el colegio Ursulinas, hoy Montedeva, sin pronunciar una palabra en castellano. Con la ayuda de algunos profesores, duchos en francés, se comenzaron a tejer lazos de unión. A los cuatro meses, Abdou se manejaba ya en el nuevo idioma. No obstante, recuerdan en el centro, todavía le costaba encajar los giros del idioma. Por ejemplo, al poco de su llegada, que se produjo junto a otros jóvenes provenientes de África, un profesor del centro, colaborador entonces de Radio Kras, se propuso hacer un reportaje sobre menores no tutelados para la "Semana negra". "Fue muy difícil explicarles que aquello no tenía que ver con la raza ni el color de piel", recuerda aun sonriendo el docente.

Superado el lastre del idioma, Abdou se aplicó a los estudios al tiempo que compaginaba los exámenes con sus obligaciones en el Hogar San José. Llevaba adelante las tareas de la casa, la compra, la comida -donde demuestra su destreza con la lasaña y los pimientos rellenos-, el pago de recibos... y todo ello mientras estudiaba. En consecuencia, en 2008, el Ayuntamiento de Gijón le reconoció, con motivo de sus galardones escolares, con el premio al esfuerzo personal en Educación Secundaria.

La mecha por la docencia la había prendido su madre, maestra de profesión, casi desde la cuna. Y en su cultura el respeto a los mayores es piedra angular de su educación. Tanto que al principio le costaba mantener la mirada ante alguien de más edad. De ahí que su madre, con quien habla por teléfono todas las semanas y a la que tan sólo ha podido volver a ver una vez desde que dejó Senegal, tenga una influencia notable sobre Abdou. Sigue sus consejos a rajatabla.

Y por si las labores domésticas, los apuntes y los libros coparan poco su agenda, Abdou se inventó el tiempo para iniciar carrera en el Real Sporting fruto de su afición al fútbol. Poco después de llegar a Gijón comenzó a jugar en las categorías inferiores de Mareo con la intención de seguir la estela del mediocentro ghanés del Chelsea, Michael Essien, jugando en su misma posición. En el Juvenil B se cruzó en el camino con Manuel Sánchez Murias. Su entrenador comprobó que "era un chico sensato, buen compañero, que disfrutaba del fútbol en cada entrenamiento, por no hablar de unas cualidades humanas que llamaban la atención". La vitalidad de Abdou y su forma de hablar sin tapujos de sus orígenes despertaron la curiosidad entre muchos compañeros de vestuario.

Allí trabó amistad con Pablo Pérez, hoy jugador profesional en el Sporting y con quien subía a entrenar a Mareo en el coche de sus padres. "Era tímido al principio, pero luego cogió confianza", recuerda. Pese a su sentimiento rojiblanco, Abdou no pierde oportunidad para discutir de fútbol e inundar de mensajes de Whatsapp a sus amigos culés cuando vence su Real Madrid. En sólo un mes celebró su graduación como maestro, la permanencia del Sporting y la Champions del club merengue. Casi nada.

Finalizado el Bachillerato, se convirtió en ardua tarea lograr una beca para estudiar Magisterio. Al solicitar la ayuda tuvo que figurar como unidad familiar. En el registro de becas de la Universidad, una secretaria le preguntó por sus ingresos. Abdou respondió que sobre los 175 euros al mes que percibía como jugador del Sporting. "Eso es imposible. No te la podemos dar. Si los ingresos están por debajo del baremo del Ministerio se sospecha que es un dato falso. Se sobreentiende que con 175 euros al mes no se puede vivir", apuntó la funcionaria. Tras un silencio, Abdou le espetó: "Sí, con eso sí se vive. Y se vive bien".

Ahora, con el título en sus manos tras graduarse la semana pasada en la Escuela Universitaria Enrique Ossó, no tiene prisa por regresar a Senegal. Prefiere afianzar sus conocimientos y ponerlos en práctica y así tornar a sus orígenes con el bagaje suficiente para cumplir con su promesa de crear una escuela, académica y deportiva, para niños de 0 a 6 años en su Ziguinchor natal. Entonces, quizás se repita la historia con el "cheguei e choram". Pero de alegría.

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