12 de marzo de 2017
12.03.2017

El inspector se va por la puerta grande

"Cuando se culmina un servicio es algo que, de verdad, hay que sentir", dice Ismael Fernández, que se jubila como policía y presidente de la plaza de toros

12.03.2017 | 03:49
Ismael Fernández, jefe de la brigada de Policía judicial, en su despacho de la Comisaría de Gijón.

Curro Romero dio su último volapié a los 67 años, Antoñete se fue a los 69 y Fracuelo, por citar varios ejemplos, suma y sigue próximo a las 70 primaveras. El robusto, ecuánime y siempre sonriente Ismael, que se anuncia en los carteles como Ismael C. Fernández, se cortará la coleta el próximo día 15 de este mes como jefe de la brigada de Policía judicial. No le echa el respetable ni tampoco la fatiga de lidiar cada día con morlacos de las denominadas ganaderías duras. Al cumplir los 65 años, la ley que juró defender le obliga a dar la puntilla a más de cuatro décadas de servicio público en que contribuyó a la seguridad del público, también a la de los ciudadanos de embestida más destartalada.

Si la Tauromaquia es un arte al que se accede por vocación y pasión no menos vocacional resulta la Policía Nacional, algo que "ha llenado totalmente mi vida profesional". Una vida que comenzó en una pequeña localidad leonesa en 1952 de la que había que salir al mundo exterior. Igual que Juan García Jiménez "Mondeño" se hartó un día y cambió la castañeta por la tonsura como novicio dominico, Ismael probó suerte en el seminario instado por sus padres que le querían ver de cura en los tiempos en que, cuando no había medios, ahí estaba el rezo. Ése no era su destino, bien lo sabía él, y durante un partido de balonmano celebró con cagamentos varias onomásticas en presencia del padre espiritual que, inclemente, no le dio la absolución. Quién vería hoy a este sacerdote ver a su pupilo convertido en un "ángel custodio".

La condena de sus padres le llevó interno a Córdoba donde aprobó la prueba de madurez que se requería entonces. Allí se reorientó y gracias al precedente familiar, un tío comisario en León, se inclinó por ser agente. "Me tiraba lo de la policía secreta, los que ponían la placa debajo de la solapa, no sé si por las películas", confiesa. En 1973 entró de novillero sin caballos en la escuela durante nueve meses, con dos profesores, Valcárcel y Mansilla, a los que recuerda y cuya orla luce todavía en su despacho. Lleva con orgullo pertenecer a la última promoción que salió del centro de la calle Miguel Ángel de Madrid. Como toricantano debutó en público en destino hostil, en Fuenterrabía, en San Sebastián, cuando Franco agonizaba -era 1974- y ETA se pronunciaba sin piedad día sí y día también. En el País Vasco vivió uno de los episodios que más le han marcado al tener que recoger del suelo a un compañero caído.

Por muchos años que pasen, y a pesar de tener siempre presente, como los toreros, que una vez suenan clarines y timbales -en su caso sirenas- puede que no vuelvas a despojarte del traje de luces, porque su profesión también tiene muchos días que acaban a las cinco de la tarde, como apuntó Lorca por su amigo Sánchez Mejías. Una sensación a la que nunca te inmunizas por más temporadas que pasen. "Son sensaciones difíciles de explicar, que alguien que ha estado trabajando contigo esa mañana, o la noche anterior, o sólo hace unas horas, le veas con quince tiros tirado en el suelo", confiesa. "Piensas, joder, si estuve ayer con él, podía haber sido conmigo", añade. Ya se sabes que los toreros vuelven siempre una y otra vez a la cara del toro aun con los muslos abiertos por una cornada certera a destiempo.

Llegamos al segundo tercio. Después fue destinado a Irún, en la frontera, sellando pasaportes en el puente Santiago y luego en Cangas del Narcea, en 1978, durante tres años hasta llegar a Gijón -le ofrecieron además Torrelavega y Oviedo- donde a todas luces tomó la alternativa. Su comunión con la ciudad fue tal que se mantuvo en ella durante 37 años, declinando cualquier cambio de apoderado por muy goloso que fuera anunciarse como Comisario en otra plaza que no fuera la suya. Se inició en el "K7" de Seguridad Ciudadano y después en el grupo de Joyas. Vino luego el de Drogas durante una década tras la que fue a parar en la Policía 2000. Una etapa "que disfruté mucho" y que le facilitó coger "muchísimo cariño a la zona oeste, de La Calzada". Llegó a jefe de sección de Delincuencia Urbana y en 2011 a jefe de la Brigada de la Policía Judicial, puesto donde trenzó su último paseíllo. Siempre en Gijón, una ciudad considerada como capital de provincia policialmente hablando, que requiere atención diaria.

Ismael hace balance con nostalgia. Asombrado por los medios técnicos que su profesión ha ido adquiriendo. "Antes todo era patear, y patear la calle, ahora hay medios más sofisticados, se trabaja mucho también pero de forma distinta", reconoce. Ya echa de menos su comisaría de El Natahoyo, "que funciona de maravilla", y desde la que se enfrentan día a día a los cacos. "Hay temporadas malas cuando vienen grupos de delincuentes de fuera, pero va por épocas, los de aquí están controlados", explica en referencia a los toros colorados, barrosos, jaboneros y zaínos con los que debe doblarse por abajo. Momentos malos como el caso del asaltador de viejas, "la investigación que más no duró y más sufrimos porque todas sus víctimas eran personas mayores, las atacaba en sus portales y era muy violento", recuerda. Pero no había mejor sensación que ver completada la operación hasta los gavilanes. "Cuando se culmina un servicio es algo que, de verdad, hay que sentir". Aunque a veces, tantas horas de trabajo y esfuerzo se desvanecen por culpa de un buen abogado, un defecto de forma, de plazos o de un mal día del juez que indulta al reo. Y vuelta a empezar como cualquier espada que al año siguiente de salir en hombros en Las Ventas tiene que ganarse de nuevo a Madrid. "Sabemos cuál es nuestro trabajo, una vez pasa a disposición judicial nosotros ya cumplimos", reacciona.

Pero su trayectoria inmaculada de servicio público sí tiene una mancha. Es autor de un delito que para muchos sería imperdonable. Es el único culpable, junto a Carlos Zúñiga, del auge que tomó la Feria Taurina de Begoña cuando subió al palco presidencial. Su juego de pañuelos, aun a riesgo de que le tachen de generoso, permitió que el aficionado saliese contento de El Bibio y con ganas de volver. Instalarse en el no y cometer un abuso de autoridad al negarse a dar a una oreja no era la solución. Ismael siempre lo tuvo claro, aceptó críticas con mejor talante que el de Enrique Ponce, soportó los rapapolvos de algún aficionado poniendo siempre la otra mejilla como Juan José Padilla y dio largas cambiadas a los insolentes. Tan bien le tomó el pulso al público que logró que cada año subiese el nivel de exigencia. Con generosidad también se educa. Y se aprende.

A El Bibio llegó desde su primer año en Gijón. Ese agosto se marcharon de vacaciones los que se ocupaban habitualmente de los toros. "Recuerdo que el jefe de Seguridad Ciudadana, el sr. Escudero dijo '¿y ahora a quién ponemos aquí?'", cuenta. Aprovechó Ismael para contarle que había debutado como responsable de actas en Fuenterrabía una tarde con "El Viti", Ruiz Miguel y Julio Robles. "Empecé y ya no lo dejé", confiesa. Desde 2008 ascendió como presidente, un cargo que el próximo año desempeñará Ángel Junquera, hasta ahora Delegado gubernativo. "Me gustaría seguir, la Alcaldesa quiere que siga pero de toda la vida tenemos el acuerdo en Comisaría de que si uno se jubila al palco debe subir el Delegado, es lo justo", apunta.

No es un drama. "Más que de los toros disfruto de la afición y el público, de los que conocí siendo niños y siguen yendo a la plaza; me encanta hablar con la gente durante esos ocho días, subir a los corrales y hablar con los mayorales de ese toro, de la vaca, del padre, del encaste, de esto y de lo otro", reconoce un apasionado del toreo clásico que se va con la espinita de no indultar un toro. Un taurino que tiene a Morante y Enrique Ponce en sus oraciones. Obligado a completar un cartel apunta hacia el Perú. "Roca Rey va a ser mejor que José Tomás, tiene tanto valor o más y una clase de la hostia", sentencia.

También en El Bibio tuvo sus momentos más tensos como el día en que Jesulín se subió encima del toro -estaba él de Delegado- y no sabía dónde meterse. Cabalgó a los lomos de un toro de la ganadería de Los Guateles, cuando estaba en manos de Espartaco, también anunciado en el cartel. "Hubo sus más y sus menos en el callejón, tuve que meterme en medio", recuerda. O los tres avisos que por más que aguantó tuvo que darle a Salvador Vega.

Ahora ya se escuchan los cascabeles del tiro de mulillas. El público tiene el pañuelo blanco preparado para agitar, como demuestra que para el homenaje que ultiman sus compañeros esté colgado el "no hay billetes". Como le sucedió a Manzanares con José Mari se va dejando una parte de sí mismo. Su hijo Ismael siguió sus pasos y patrulla la ciudad. El otro, Javier, es abogado y muy taurino. Se perfila para encarar la suerte suprema de la jubilación y "los paseos del colesterol por la playa". Sus reflexiones entre los árboles de su casa en el campo leonés, a disfrutar del descanso después de contribuir a dejar una de las ciudades más seguras de España. Suena ya el pasodoble "Puerta grande".

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