10 de agosto de 2017
10.08.2017

Del campo toledano a El Bibio

De la finca de Mazarambroz a Gijón, un recorrido de 570 kilómetros, nocturno para evitar el calor, para los siete toros del Conde de Mayalde que se lidian en la apertura de la Feria

10.08.2017 | 09:58

La cría del toro bravo es un principio de incertidumbre en sí mismo. Constante. Largo. Difícil de soportar. Sólo el tiempo desvela lo que cada animal lleva dentro. Cuando el torero le ofrece la muleta en la plaza el toro o acomete o se amilana. De su entrega depende toro pues reza el dicho que el torero propone, Dios dispone y el toro o compone o descompone. En unos minutos, y con la injerencia de un sinfín de factores, se ve el resultado de cuatro años. De ahí que el triunfo sea algo mágico, sublime y efímero, por la dificultad de que se produzca.

Con el ánimo de contribuir al éxito de la fiesta, salieron en la noche del domingo siete toros marcados a fuego con el hierro del Excm. Sr. Conde de Mayalde y su guarismo correspondiente para recorrer en camión los 570 kilómetros que separan la finca de "El Castañar", en Mazarambroz (Toledo), de la plaza de toros El Bibio. Se hizo con nocturnidad, para paliar el calor estival manchego, a las once de la noche. Mayoral y vaqueros fueron conduciendo, a través de las mangas, a los siete astados reseñados para la feria de Begoña. Una corrida imponente, de bonitas hechuras, armónicos, con kilos y cuajo, bajos y con morrillo y bien armados. Serios pero sin ostentaciones destartaladas, que ninguna falta hace. Un "tacazo", que dicen los taurinos.

Tras cuatro años en la inmesidad de la dehesa, después de una escrupulosa selección, atendidos durante veinticuatro horas todos los días del año, con sus fundas en los pitones para evitar lesiones -retiradas ocho días antes- era el momento de partir hacia Gijón.

"Boticario", "Barrenero", "Andaluz", "Afrancesado", "Acoplador", "Herbolario" y "Hechicero" fueron entrando, uno a uno, en sus respectivos habitáculos del camión que los transportó. Una labor en la que es imprescindible un buen pulso. No es difícil pero sí laboriosa. Más mañana que fuerza. Lo primordial, igual que para torear, es el poso para evitar que los toros se calienten y se inutilicen para la lidia, ya sea por fracturarse un pitón, lesionarse una extremidad o cornearse entre ellos. Todo salió perfecto.

En el camión iba el mayoral de la ganadería, Juan Martín, y el conductor. Transportaban cinco toros castaños, uno negro y otro salinero, una variedad cromática típica en su encaste. Tres de ellos son de procedencia Juan Pedro Domecq, por la vía de "El Ventorrillo" -"Acoplador", "Barrenero" y "Andaluz"-, y el resto de procedencia Contreras. Viajaron de noche, tranquilos y, muchos de ellos durmiendo tumbados. Mientras, el mayoral, rumiando que las cualidades que persiguen en la ganadería de Rafael Final -nobleza, humillación y calidad- se vea en la plaza. "Es difícil de conseguir, a veces se consigue y la mayoría no", bromea Martín a su llegada tras seis horas y media de viaje.

Los toros llegaron sobre las nueve de la mañana del lunes, 48 horas antes de saltar al ruedo. Del camión bajaron uno a uno, pasaron por la báscula -dieron un promedio de 562 kilos- y los refrescaron con una manguera tras el viaje. Desde entonces aguardan en corrales a la espera de clarines y timbales. Hoy a las 18.30 horas.

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