Una dimisión sin precedentes en más de 300 años
 

El escándalo de las dietas de los diputados acaba con el presidente de los Comunes

La renuncia será efectiva el 21 de junio • Brown admite que la Cámara baja británica no puede seguir funcionando «como un club de caballeros»

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Martin, en la apertura de la actual sesión de los Comunes, el pasado diciembre.
Martin, en la apertura de la actual sesión de los Comunes, el pasado diciembre. reuters

Londres, Pedro ALONSO

Por primera vez en más de 300 años, el presidente de la Cámara de los Comunes presentó ayer la dimisión, acorralado por el escándalo de los abusos en las dietas de los parlamentarios que ha desprestigiado a la clase política del Reino Unido. En una declaración de emergencia ante la Cámara baja, el «speaker» (como se conoce al presidente de los Comunes), el laborista Michael Martin, precisó que la dimisión será efectiva el 21 de junio.

Martin, máxima autoridad del Parlamento británico, conocido como la «madre de todos los parlamentos», se convirtió en la víctima de mayor rango en sucumbir al escándalo, que salpica a todos los partidos y ha enfurecido sobremanera a los ciudadanos.

«Desde que entré en esta Cámara hace treinta años, siempre he creído que la Cámara alcanza su punto más alto cuando está unida», afirmó Martin en un mensaje que duró menos de un minuto. «Con el fin de mantener la unidad he decidido renunciar al puesto», zanjó, sin aceptar preguntas sobre su decisión en una abarrotada Cámara de los Comunes. «Es todo lo que tengo que decir sobre este asunto», indicó el dimisionario, que adelantó que el nuevo «speaker» será elegido el 22 de junio. Después, se limitó a gritar la tradicional frase de apertura -«¡orden, orden!»- para moderar el orden del día.

La jornada en el Parlamento de Westminster resultó histórica y tuvo ecos de revolución, pues ningún presidente de los Comunes había abandonado el cargo a la fuerza desde 1695, cuando John Trevor se vio obligado a renunciar por aceptar un soborno de 1.000 guineas.

Ex trabajador del metal y antiguo sindicalista Martin, de 63 años, también anunció que el 21 de junio dimitirá como diputado por Glasgow (Escocia), lo que desencadenará una elección parcial en un feudo tradicionalmente laborista.

Como dijo el responsable de la sección de política de la cadena pública BBC, Nick Robinson, «la autoridad de Michael Martin finalmente murió» el lunes, cuando se disculpó en la Cámara por su cuestionada gestión del escándalo de los diputados. Una serie de parlamentarios le desafió abiertamente a que dejara el puesto y, para más inri, un total de 23 diputados firmaron una moción de censura contra su persona.

Se trató de un órdago que representó toda una humillación para el «speaker», una figura siempre consensuada entre los principales partidos y, hasta ahora, casi intocable. Los detractores de Martin lo acusan de contribuir a la crisis con su falta de liderazgo por oponerse a una mayor transparencia del polémico sistema de dietas, mientras que sus defensores lo consideran un simple chivo expiatorio, cuando son muchos los culpables.

El primer ministro británico, Gordon Brown, que había apoyado al «speaker» hacía poco, se limitó en los últimos días a declarar que su futuro era asunto del Parlamento y no del Gobierno. Sin embargo, en una rueda de prensa Brown subrayó ayer que la Cámara de los Comunes no puede seguir operando como un «club de caballeros» y abogó por una reforma del sistema de gastos que pase «de la autorregulación a la regulación independiente externa».

Además, el «premier» británico, cuyo partido anda por los suelos en las encuestas, aseguró que los diputados laboristas que hayan infringido las normas no podrán presentarse a las elecciones generales, previstas para junio de 2010 como muy tarde.

Por su parte, el líder de la oposición conservadora, David Cameron, evitó pedir expresamente la dimisión de Martin, pero no dudó en reclamar un adelanto de elecciones generales para «limpiar» el Parlamento. El único líder en exigir su dimisión fue el liberal-demócrata Nick Clegg, que hizo trizas una convención de Westminster que dicta que los jefes de los partidos no critican al «speaker».

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