Se acerca el fin del ultimátum de 72 horas

El presidente de la OEA visita Honduras

El secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), José Miguel Insulza, llegó hoy a Tegucigalpa

03.07.2009 | 23:49

Insulza llegó alrededor de las 13.00 hora local (19.00 GMT) al aeropuerto Toncontín de la capital hondureña, donde fue recibido por el representante de la OEA en Honduras, Jorge Miranda, en medio de una profunda crisis política tras la destitución, el domingo, de Manuel Zelaya.

El secretario general abandonó el aeropuerto por una zona de la Fuerza Aérea, en medio de fuertes medidas de seguridad y sin hacer declaraciones a la prensa.

A continuación se dirigió hacia la sede de la Corte Suprema, una de las instituciones donde mantendrá algunas entrevistas.

Además, Insulza tiene también previsto reunirse con miembros del Legislativo y representantes de sindicatos y agrupaciones sociales, según informaron fuentes diplomáticas.

El secretario general llega a Honduras para pedir a las autoridades que ejercen el poder desde la destitución del presidente Zelaya "que cambien lo que han estado haciendo" hasta ahora y "encuentren maneras de retomar a la normalidad".

Según el nuevo presidente de Honduras, Roberto Micheletti, no está prevista una reunión entre él e Insulza, dado que la comunidad internacional no le reconoce como gobernante.

72 horas de ultimátum
Mientras el reloj avanza hacia el final de las 72 horas del ultimátum dado por la OEA en la madrugada del miércoles para restituir en el poder al presidente depuesto, al nuevo Gobierno se le presenta la posibilidad de hacer llegar a Insulza su postura, hasta ahora ignorada por el aislamiento al que le ha sometido la comunidad internacional.

Con ánimo conciliador o simplemente resignado, el nuevo presidente de Honduras, Roberto Micheletti, reconoció hoy que el adelanto de las elecciones generales, convocadas para noviembre próximo, podría suponer "posiblemente un arreglo político", con el que está "totalmente de acuerdo", siempre y cuando sea para el bien de todos los hondureños.

Aunque la declaración parezca simple, al nuevo Gobierno de Honduras le ha llevado cinco días admitir que hay un problema político en el país que hay que solucionar.

Hasta ahora todo lo que salía del Gobierno era la reivindicación de que la asunción presidencial de Micheletti después de que los militares sacaran por la fuerza a Zelaya del poder no era más que una "sustitución constitucional" y no tenía nada que ver con un golpe de Estado.

El nuevo gobernante llegó a decir que el domingo había sido un "día normal" en el país, en su ánimo de convencer a los hondureños de que fueran a trabajar de manera habitual al día siguiente.

"Los vamos a escuchar (a los de la OEA), de repente no se van a reunir conmigo, pero van a hablar, tengo entendido, con la Fiscalía, la Corte Suprema de Justicia y yo soy la última parte en caso de que haya que dialogar con ellos", afirmó hoy.

Posteriormente, el propio presidente matizó que no hay ninguna autorización para que esos organismos negocien en su nombre.

Insulza llega a un país en relativa calma diurna, con marchas a favor y en contra de Zelaya que surgen de manera continua en las principales ciudades del país, aunque con una capacidad de convocatoria que generalmente se limita a unos pocos miles.

También lo hace en momentos en que aumentan las denuncias de vulneración de libertades individuales y después de que el toque de queda nocturno establecido el domingo se vio el miércoles ampliado con más restricciones a los derechos constitucionales de libertad personal, de asociación, de circulación y tiempo de detención.

Sin embargo, el reloj que marca las 72 horas otorgadas por la Asamblea General del organismo interamericano y la posible expulsión de Honduras de éste no es el único que corre para el país.

El aviso del presidente depuesto de que regresará hace avizorar un escenario de difícil solución por la advertencia de las autoridades judiciales hondureñas de que será detenido en cuanto llegue por acusaciones de 18 delitos.

Los hondureños no son ajenos a ello y cada uno toma su postura, pero todos reconocen que el regreso de Zelaya (inicialmente previsto para hoy, luego pospuesto para el sábado y con crecientes especulaciones de que se produzca el domingo) puede desembocar en actos de violencia.

"Yo he venido a esperar al presidente, vengo para esperarlo el sábado", indicó a Efe Héctor Bonilla, un maestro de 56 años de una localidad del interior, que llegó hoy a Tegucigalpa junto con otros colegas para marchar ese día al aeropuerto en lo que augura como una "manifestación pacífica".

Elisa, de 31 años y dependiente en un comercio de electrodomésticos, aseguró que el país está "casi mejor ahora porque ya se fue el que molestaba", pero mantiene que si se produce una marcha para repudiar a Zelaya cuando regrese, ella se quedará en casa.

En un concurrido supermercado, Diana López explicó que desde el lunes la clientela ha estado comprando en mayor medida de lo habitual.

"Sí, la gente está nerviosa, se lleva bastante comida, y hasta ropa, no sé qué estará pensando que va a pasar", dijo.

"Para la paz y la tranquilidad del país yo preferiría que él (Zelaya) no entrara (...) yo no quiero que haya una gota de sangre derramada por nuestro país", señaló hoy Micheletti.

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