IGNACIO GRACIA NORIEGA
El viaje del jefe Zapatero a los Estados Unidos estuvo teñido, como era de esperar, de luces y sombras. De lo que se trataba era de sacarse la fotografía con Obama, para que de una vez aparecieran juntas las dos luminarias planetarias del tiempo presente y futuro. Lo malo fue que en la esperada, y tan costosa fotografía para el erario público, salieron maltratados más de la cuenta. También habló ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, pero esto fue de menor importancia y trascendencia. Se limitó a hacer reiteradas declaraciones de bondad suma, sin tener en cuenta que de buenas intenciones está empedrado el infierno. Tal vez lo más sorprendente sea su propuesta para solucionar el problema palestino, naturalmente inviable, pero que acaso tuviera algún sentido si lo hubiera expresado el gobernante de una verdadera potencia, no de un país en pleno proceso de disolución, precisamente a causa de la irresponsabilidad, oportunismo o mala intención de quien pretende erigirse ahora en líder mundial, cuando lo único que está consiguiendo es que se paguen impuestos de primera para un país de tercera.
No obstante, su discurso ante las Naciones Unidas no carece de interés. Claro que debería haberlo pronunciado en otro lugar más idóneo, en un ateneo literario o en algún club de aficionados a la literatura fantástica y ciencia ficción, porque de manera inconsciente, sin duda, expone muy bien la teoría del gran ensayista Roger Caillois sobre la literatura fantástica y los cuentos de hadas.
Según Roger Caillois («Del cuento de hadas a la ciencia-ficción», publicado en español en el volumen «Imágenes, imágenes», Editorial Sudamericana, 1970), el cuento fantástico de terror y el cuenta de hadas, aún desarrollándose ambos en el ámbito de la fantasía, se fundamentan sobre bases muy distintas. El planteamiento del cuento de terror, para que sea efectivo, siempre es realista. El elemento fantástico invade inesperadamente esa realidad creando un clima de desasosiego, cuando no de auténtico terror. Es el caso de «La mujer alta», de Pedro Antonio de Alarcón, citado por Caillois: en unas calles madrileñas en las que podría desarrollarse una novela de Galdós, camina una misteriosa mujer alta; no digo quién es esa mujer para no desvelar el final de un cuento excelente. Trasladando este principio al discurso de Zapatero, un elemento perturbador, la crisis anímica, invade la sociedad industrial produciendo momentos de verdadero pánico. Mas, nos advierte Z., hay cosas todavía peores: el cambio climático, con lo que nos introducimos en el terreno de la ciencia ficción. Ciencia ficción modernísima, claro es, pero no menos agorera que la que vaticinaba invasiones de marcianos, metáforas, en el cine del género de los años 50, de la amenaza comunista (que para un «progre» como Z. nunca sería una amenaza). Y, por fin, síntesis de ambas desdichas, el cuento de hadas, en el que el elemento fantástico no es perturbador, porque su ámbito es asimismo fantástico. Zapatero, cual augur iluminado, anuncia la materialización de un mundo gobernado por todos, calificando este hermoso anhelo de «hermoso sueño ilustrado». Poco sabe ese hombre, en fin, de esa Ilustración que tanto invoca, y cuyo principio definido de gobierno era «todo para el pueblo, pero sin el pueblo».