Oviedo, Luis MUÑIZ
El jefe del Gobierno italiano, Silvio Berlusconi, ha abierto un conflicto institucional sin precedentes en el país al acusar al presidente, Giorgio Napolitano, de no haber «influido en los jueces de izquierda» del Tribunal Constitucional que el miércoles tumbaron la ley conocida como «Laudo Alfano», que otorgaba inmunidad al primer ministro, el jefe del Estado y los presidentes de las dos cámaras del Parlamento.
Horas después de hacerse público el fallo, Berlusconi intervino en directo en un programa de la televisión pública italiana y demostró que no da ninguna importancia a la separación de poderes. «Él (Napolitano) firmó la norma y garantizó que era válida, pero ahora no ha influido en los jueces de izquierda para que dieran el visto bueno a la ley», afirmó sin rodeos.
Ayer, el primer ministro volvió a la carga y cargó de nuevo contra el presidente de la República, al que, como el día anterior, acusó de ser «de izquierdas». «Ha sido elegido por una mayoría de izquierdas que no tiene la mayoría en el país y tiene las raíces de su historia en la izquierda. Creo que incluso el último nombramiento de un magistrado del Tribunal (Constitucional) demuestra que de qué parte está».
Napolitano, un ex comunista, ya respondió anteanoche que él está de parte de la Constitución y ayer convocó a una reunión de urgencia a los líderes de la Cámara de Diputados y el Senado. El Constitucional argumenta en su fallo que el «Laudo Alfano», que fue aprobado a los 25 días de la investidura de Berlusconi, no debió haberse tramitado como ley ordinaria, sino a través de una reforma de la Carta Magna.
Pero nada de eso impidió ayer al primer ministro convertir en un desafío la pérdida de la inmunidad que mantenía suspendidos al menos dos procesos judiciales en su contra: «Expondré a mis acusadores al ridículo y les mostraré ellos y a los italianos de qué pasta estoy hecho», prometió. Con ello, Berlusconi retoma su estrategia favorita: la mejor defensa es el ataque.
En declaraciones a Radio Rai, y tras reiterar que no dimitirá, dijo: «Hay dos procesos farsa, absurdos, risibles, que enseñaré a los italianos incluso yendo a la televisión», informa «Efe». Se refería al caso del pago de 580.000 euros al abogado británico David Mills (ya condenado) para que testificara a su favor en dos procesos por corrupción en 1997 y 1998 y a las presuntas irregularidades en la compraventa de derechos televisivos por parte de su grupo Mediaset.
El proceso de apelación del «caso Mills» empezará hoy en Milán (norte), según «Europa Press», pero los delitos de que se acusa a Berlusconi prescriben en marzo del próximo año. En cuanto al juicio de Mediaset, los cargos que pesan sobre Berlusconi se han reducido y puede que prescriban, mientras que otros dos procesos pendientes, uno de ellos está en fase de investigación y el otro, a punto de ser archivado.
Quizá por ello, el primer ministro italiano no quiso ni oír hablar de su renuncia al cargo. «Sigo adelante, tranquilo y con más fuerza que antes», aseguró. Y luego añadió: «El Gobierno continúa serenamente, con más ganas si cabe, ya que se considera absolutamente indispensable para la democracia y para el bienestar del país».
Y concluyó recurriendo a su proverbial sorna: «Menos mal que está Silvio» (que es el eslogan de la canción electoral de su partido), ya que, de otra manera, el país acabaría en manos de la izquierda, que tiene una organización en la magistratura que usa el poder judicial con fines políticos».
Mientras tanto, el Pleno del Parlamento europeo fue escenario de un encendido debate sobre la libertad de prensa en Italia. El Hemiciclo quedó dividido. Los grupos de derecha se mostraron contrarios a llevar la situación de la prensa italiana a la Eurocámara porque, a su juicio, no es más que una «maniobra política» con la que se busca dañar a Berlusconi. El debate se caldeó hasta el punto de que Mario Borghezio, del grupo parlamentario Europa de la Libertad y la Democracia (EDF), llamó a los eurodiputados socialistas «cobardes y bellacos» y los invitó a manifestarse por la libertad de prensa en Pekín y Cuba.