En una nota más personal, el presidente reveló que ayer por la mañana su hija Sasha, de 8 años, le comunicó: «Papá, has ganado el premio Nobel de la Paz y es el cumpleaños de "Bo"», el perro de la familia. Su otra hija, Malia, de 11 años, le recordó que el lunes es fiesta. «No hay nada como tener hijos para conservar la perspectiva de las cosas», ironizó.
En Estados Unidos, la noticia cogió a todos por sorpresa. Y durmiendo. El portavoz de la Casa Blanca, Robert Gibbs, bombardeado por los corresponsales que buscaban una reacción desde la madrugada, sólo acertó a soltar un escueto «guauuu».
Según Gibbs, Obama ni siquiera sabía que aspiraba al premio, dado que el plazo de presentación de candidaturas concluyó menos de dos semanas después de su llegada a la Casa Blanca.
La concesión del premio Nobel de la Paz a Barack Obama fue recibida con unánime satisfacción por los líderes europeos, así como por la ONU y la OTAN. Sin embargo, hubo voces discordantes, como la del ex presidente polaco y también distinguido con el galardón Lech Walesa, que juzgó la decisión de «precipitada». «¿Tan rápido? Demasiado rápido. Obama no ha tenido tiempo de hacer nada todavía», afirmó.
Abiertamente en contra se pronunciaron los talibanes afganos y Hamas. No así el resto de las facciones palestinas y el Gobierno israelí, que confiaron en que el premio sirva para relanzar el atascado proceso de paz. El presidente hebreo, Simon Peres, dijo que «son pocos los que en tan breve lapso de tiempo logran cambiar el estado de ánimo en el mundo».
El «premier» británico, Gordon Brown; la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Nicolas Sarkozy, fueron de los primeros en felicitar a Obama.
El galardón también fue celebrado por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero; el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, y el secretario general aliado, Anders Fogh Rasmussen.
Las críticas o el escepticismo ante la concesión del premio llegaron de Latinoamérica, especialmente de países del bloque «chavista», y el primer ministro japonés, Yukio Hatoyama, se permitió ironizar sobre el premio concedido al presidente de un país con uno de los mayores arsenales de armas nucleares.