Oviedo, María José IGLESIAS
No tiene nada de particular que, tras ganar las elecciones y acabar de armar la nueva coalición democristiano-liberal, la reelegida canciller alemana, Angela Merkel, nombre ministro de Exteriores. Pero esta vez la designación de la persona que defienda la política exterior alemana tiene un matiz muy especial. El principal candidato es el todopoderoso Guido Westerwelle, presidente del Partido Liberal-Demócrata (FDP), socio de los conservadores en el país germano, futuro número dos del gabinete y homosexual.
El abogado Westerwelle es el retrato del triunfador. Culto, apuesto, encantador, buen comunicador y de ambición desmedida. La única «pega» es su homosexualidad. Un político socialdemócrata -Peter Langner, ministro de Hacienda de Duisburg- inició la polémica al asegurar: «Yo no querría un ministro de Relaciones Exteriores gay». Rápidamente el SPD le obligó a pedir disculpas. Pero la mecha ya estaba encendida y ahora la alimentan sobre todo los socios bávaros de Angela Merkel, los más derechistas del partido.
Pero el debate también ha llegado a la red y a la prensa. El semanario «Der Spiegel» pidió que se le nombrase ministro de Hacienda y no de Exteriores. La razón, que un ministro gay no puede negociar en Irán o Arabia Saudí, donde ser homosexual está penado con la muerte. El «Stadt-Anzeiger» de Colonia también se apuntó a esta teoría.
Ser gay también está castigado con la horca en Mauritania, Sudán, Yemen y en el norte islamista de Nigeria y Somalia. Irán es el caso más llamativo. Hace apenas dos años, el presidente Mahmoud Ahmadinejad lamentó, en un discurso en la Universidad de Columbia, la existencia de homosexuales.
El caso es que Alemania juega un papel determinante en el Medio Oriente. Forma parte de las seis naciones que negocian con Irán el complejo asunto nuclear.
Westerwelle ya había respondido a estas posibles críticas antes de la campaña electoral: «El hecho de que Angela Merkel fuera la primera mujer canciller de Alemania planteó también problemas a ciertos países. Evidentemente, ella no lleva velo islámico cuando es recibida en ciertos países árabes, pero a nuestros mandatarios los elegimos los alemanes».
El líder liberal no es un activista gay, pero sí defiende que su éxito puede ayudar a muchos. «Sólo puedo decirles a todos los jóvenes homosexuales y lesbianas que no se desanimen si todas las cosas resultan como quieren», resaltó.
De momento, Merkel (CDU), Westerwelle (FDP) y Horst Seehofer, presidente de la CSU de Baviera, negocian el nuevo Ejecutivo. La tradición política alemana marca que el puesto de vicecanciller sea para el líder del partido «pequeño» que se alía en coalición con otro más votado, en este caso el Liberal. El cargo de Exteriores es la condición a la que el jurista de Renania del Norte, no está dispuesto a renunciar. El puesto siempre ha sido para el FDP cuando ha formado parte de las coaliciones de gobierno.
Rechazar a Westerwelle para la vicecancillería obligaría a Merkel a pagar un alto precio, darle la cartera de Hacienda y con ello la política económica de Alemania. Los liberales exigen una fuerte bajada de impuestos. Pero Merkel quiere dejar al mínimo la rebaja impositiva y retrasarla al final de la legislatura.
Si finalmente alcanza la vicecancillería, Guido -al que se sus detractores llaman peyorativamente «el soltero de Bonn»- se convertirá en el primer ministro de Asuntos Extranjeros del mundo que ha reconocido abiertamente su condición de homosexual.
La prensa del corazón europea se frota las manos. A los Sarkozy-Bruni o a los Zapatero-Espinosa les saldrán dos duros competidores en las crónicas sociales: el probable ministro y su novio, Michael Mronz, la alargada sombra que siempre le acompaña.
Westerwelle aprovechó el 50 cumpleaños de Merkel -luterana y llegada de la Alemania del este- en 2004 para presentar en sociedad a su pareja. Entonces la idea de retornar al Gobierno parecía lejana para los liberales, que han permanecido once años en dique seco. La intensa labor del pijo-yuppie Guido ha echado hondas raíces. A los dos les enloquece Beethoven, Häendel y naturalmente Wagner. Durante la reciente campaña electoral Michael Mronz ha acompañado a su pareja, en calidad de consejero en Relaciones Públicas. Westerwelle agradece a su compañero ese apoyo que tanto le ayuda en los momentos de «bajón». Mronz, hijo de un arquitecto, es mánager deportivo y organizador de torneos de caballos. Se conocieron en agosto de 2003, en un encuentro de empresarios en Colonia. Desde entonces no se han separado. No están casados. En Alemania solamente son legales las uniones civiles, con derechos similares al matrimonio, pero no todos. Aún así, la madre de Michael se refiere a la pareja de su hijo como «mi yerno Guido».
El Departamento de Exteriores va ligado a la tradición liberal. De 1969 a 1998 esa función estuvo, casi ininterrumpidamente, en manos de políticos del FDP: Walter Scheel, Hans-Dietrich Genscher y Klaus Kinkel. Genscher, el padrino político de Westerwelle, su ídolo y el espejo en el que se mira, dirigió el Ministerio de Exteriores durante 18 años.
Cuando el bávaro Joseph Ratzinger fue elegido Papa, Westerwelle se sumó enseguida a las felicitaciones y deseó al nuevo pontífice «salud, fortaleza y sabiduría», pero también el coraje para emprender «las reformas que necesita la sociedad» en clara referencia a la postura de la Iglesia católica sobre la homosexualidad.
Merkel quiere tener nuevo Gobierno para el 9 de noviembre, aniversario de la caída del Muro de Berlín. Ese día puede derribarse una nueva muralla.
Ambición germánica
Guido Westerwelle nació el 27 de diciembre de 1961 en Bad Honnef, cerca de Bonn (Renania del Norte Westfalia). Forma parte del club de los homosexuales más poderosos al que pertenece el alcalde de Berlín, Klaus Wowereit. Westerwelle fue el primero en declararse gay. Es licenciado en Derecho. A los 19 años ingresó en el Partido Liberal y a los 21 fundó los Jóvenes Liberales.
Su ambición no conoce límites. Su gran mérito político, hasta ahora, ha sido devolver al Gobierno federal al Partido Liberal. Admira a Genscher, su padrino político. Colecciona arte contemporáneo y no se pierde el Festival de Ópera Richard Wagner de Bayreuth.