EUGENIO FUENTES
Si nos tomásemos en serio los comentarios más extendidos, las relaciones entre España y Estados Unidos a lo largo del último medio siglo podrían condensarse en una serie de fotografías, desde la que plasma la entrevista del pasado día 13 entre Obama y Zapatero en la Casa Blanca hasta el abrazo satisfecho del general Franco al presidente Eisenhower, en Madrid en 1959. Entre ambas, otras instantáneas inolvidables, como el espectacular baño de Fraga en Palomares en 1966 o la no menos llamativa presencia de los zapatos de Aznar y Bush, en 2002, sobre la mesa que compartían en Canadá con un Chirac de mirada reservada al que su acrisolada educación impedía levantar los pies del suelo.
Sin embargo, más allá del píxel y el celuloide, la realidad es que España y EE UU han mantenido desde el final de la II Guerra Mundial una compleja relación que, en buena parte, ha estado vertebrada por los acuerdos militares de 1953. Unos pactos, en gran medida secretos, que garantizaron la consolidación del franquismo e hicieron posible la ruptura de su aislamiento internacional, a la vez que creaban las condiciones para que arrancase el proceso de desarrollo económico español tras la catástrofe de la Guerra Civil.
Hasta la II Guerra Mundial, las relaciones bilaterales habían seguido un camino de indiferencia, teñida de recelo y marcada por el engrandecimiento de EE UU y el paralelo declive de una España que recibió su puntilla como gran potencia cuando Washington le arrebató, en una guerra dispareja, Cuba y Filipinas, sus últimas colonias.
El desastre del 98 no sólo conmocionó las conciencias, sino que orientó a España hacia la neutralidad y limitó su maltrecho ímpetu militar a la pacificación de la exigua franja de Marruecos que Francia, en busca de aliados, le asignó en 1902. La tarea se demostró ímproba y no fue concluida hasta 1927.
El triunfo de la revuelta militar encabezada por el general Franco dio al traste con esta neutralidad y alineó a España con la Alemania nazi y la Italia fascista en la II Guerra Mundial. Ambas potencias habían sido el principal sostén de los rebeldes, mientras que Reino Unido y EE UU, que tampoco los miraban con malos ojos, alentaban la farsa de la No Intervención y dejaban a la II República en manos de la URSS.
Sin embargo, llegado el momento de negociar con Hitler una entrada en guerra, las pretensiones de la España franquista arrasada fueron excesivas para el Führer y el apoyo de Madrid se limitó a permitir usar bases navales y áreas, a suministrar materias primas y a enviar a la División Azul contra la URSS.
Franco moderó su fervor por el Eje ya en 1942, cuando los vientos comenzaron a soplar contra Hitler, pero eso no le evitó quedar aislado tras la victoria aliada. Cierto es que los aliados, temiendo que España cayera en manos comunistas, optaron por no derribar al franquismo, que, sin embargo, quedó al margen de la ayuda económica del «plan Marshall». La entrada en la ONU le fue denegada en 1946, año en el que la mayoría de los embajadores abandonaron Madrid. La medida provocó una concentración en la plaza de Oriente al castizo grito de «Si ellos tienen UNO, nosotros tenemos DOS», alusión genital a las siglas de Naciones Unidas en inglés.
Y en eso EE UU movió pieza. Una pieza decisiva, porque si fue Hitler quien alzó a Franco al poder, fue Washington quien le ancló en él durante tres décadas más, hasta su muerte en 1975. Ya en 1945, EE UU, consciente de la importante situación geoestratégica de la península Ibérica, vio la necesidad de disponer de bases navales y aéreas en España, pese a la oposición de Londres y París a contar con Franco como aliado.
A medida que la URSS fue imponiendo regímenes comunistas en Europa Oriental, la «guerra fría» fue cobrando forma y el punto de vista de EE UU, que había dejado de presionar al régimen en 1948 para limitarse a recomendarle una liberalización económica, fue abriéndose paso. El triunfo de Mao en China (1949) y el inicio de la guerra de Corea (1950-53) diluyeron las últimas dudas.
Los acuerdos militares de 1953, magníficamente estudiados por Ángel Viñas, permitieron la instalación de bases militares estadounidenses en Torrejón de Ardoz, Zaragoza, Morón y Rota. A cambio, empezó a resquebrajarse el aislamiento internacional del franquismo y comenzó a llegar una ayuda económica que fue el preámbulo del despegue de la década de 1960, dirigido por economistas formados en EE UU y alentado en muy primer lugar por capitales estadounidenses.
España entró en la ONU en 1956, aunque el rechazo de Reino Unido le mantuvo cerrada la puerta de la OTAN. En 1959 ingresó en los principales foros financieros y económicos multinacionales: el FMI, el Banco Mundial y la OCDE. La nueva amistad quedó sellada con la visita ese año a Madrid del presidente Eisenhower, que permitió exclamar al siempre reservado Franco: «Ahora sí que puedo decir que he ganado la guerra». Nixon, en 1970, y Gerald Ford, en 1975, también rindieron pleitesía al dictador.
Los pactos con EE UU, renegociados media docena de veces, carecen de precedentes en la Historia de España. No sólo por su duración, que es ya de 56 años, sino por la cesión de soberanía que implicaron, al menos hasta la entrada de España en la OTAN, ya que la presencia de soldados extranjeros en territorio nacional se admitió sin que mediase una alianza militar o se estableciese un compromiso de defensa mutua.
Además, dada la premura franquista en encontrar un salvavidas, los acuerdos fueron un cheque en blanco y, en la práctica, las actividades militares de EE UU en España, incluidas las nucleares, carecieron de cualquier control, como denunció en 1976 el ministro de Asuntos Exteriores, José María de Areilza.
Precisamente, será la voluntad española de ir poniendo coto a esta carta blanca, a la vez que se incrementaban las exigencias económicas y de seguridad, la que marcará los altibajos en las relaciones bilaterales hasta la década de 1980. Frente a esta actitud de Madrid, la estrategia de EE UU se basará en el mantenimiento de los grandes privilegios conseguidos en los momentos de asfixia del franquismo: no reducir el número de instalaciones ni sus posibilidades de uso, no dar garantías de apoyo militar a España -obsesionada por un conflicto con Marruecos, aliado también de Washington- y no aceptar limitaciones en el ámbito de las armas nucleares.
La partida fue ganada, durante el franquismo y los primeros compases de la transición, por Washington, que no sólo se mantuvo como el principal socio económico de España hasta el ingreso de ésta en la actual UE (1986), sino que, desde 1958, nuclearizó sin límites el territorio español e hizo de la naval de Rota una de sus tres grandes bases estratégicas en el exterior.
El incidente de Palomares -desencadenado en 1966 cuando EE UU perdió a la altura de esa localidad almeriense un bombardero cargado de armas nucleares- causó escándalo en el exterior y permitió a Fraga hacerse una impagable foto en bañador junto al embajador de EE UU. Pero también puso de manifiesto el precio pagado por el franquismo para bailar en sociedad.
Washington, y en esto se diferenció de las principales potencias europeas, apoyó hasta el final la dictadura y desconfió seriamente de las posibilidades democráticas de España, aunque los acontecimientos acabaron haciéndole ver la conveniencia de respaldar la transición.
Por su parte, ya muerto Franco, los primeros pasos de la diplomacia española estuvieron marcados por las veleidades neutralistas de Adolfo Suárez -que se convirtió en el primer dirigente occidental en visitar Cuba y recibió al palestino Yaser Arafat con honores de jefe de Estado- y por la voluntad de equilibrar una relación con EE UU que incluso sectores del Ejército consideraban hiriente. Sirva de ejemplo el general Gutiérrez Mellado, negociador en 1975, quien se fijó como primer objetivo evitar que EE UU tratase a los españoles «como cipayos».