EUGENIO FUENTES
Tras la muerte de Franco, que había encontrado en los pactos militares de 1953 la salvación de su dictadura, la joven democracia española regularizó sus relaciones internacionales y abordó la redefinición de sus vínculos con EE UU. Washington, que había obtenido un cheque en blanco para sus actividades militares, pensaba en España en términos más geoestratégicos que políticos. Pesimista sobre un futuro democrático para el país, temía una desestabilización que le hiciera perder una pieza importante en el tablero de la «guerra fría». De ahí que hubieran de pasar varios años hasta que, anclado ya el país en la OTAN y en la Comunidad Europea -y eliminado el miedo al PCE tras su fracaso en las urnas-, accediese a una profunda revisión del estatuto bilateral.
La transformación de las relaciones corrió a cargo, primero, del centrista Calvo-Sotelo y, luego, del socialista González. Pese a haber integrado aceleradamente a España en la Alianza Atlántica tras el 23-F, la debilidad política de Calvo-Sotelo, acechado por las amenazas golpistas y líder de una UCD en descomposición, no le permitió llevar a buen puerto su dura posición negociadora inicial. De hecho, los pactos, que tenían rango de tratado desde 1976, volvieron a denominarse acuerdos como durante el franquismo. Los negociadores estadounidenses no ocultaron su satisfacción.
La situación cambió tras la llegada de los socialistas al poder. Toda la izquierda española se había opuesto a la entrada en la Alianza, aunque el PSOE lo hizo con la boca pequeña y el ambiguo «OTAN, de entrada no». El PSOE prometió un referéndum sobre la salida y luego lo transformó en una consulta en defensa de la permanencia, alejándose de sus anteriores postulados neutralistas. Cosa distinta eran los pactos con EE UU, que los socialistas querían reformular a fondo, aunque el descrédito generado por el referéndum hiciese ver como operación cosmética lo que, en realidad, fue un ajuste duro que generó serias tensiones bilaterales.
Mientras que los norteamericanos defendían los pactos, estudiados por el historiador Ángel Viñas, como una cooperación a la defensa occidental contra el bloque comunista, el Gobierno socialista denunciaba su componente político de sostén de la dictadura y golpe mortal a las esperanzas de democratización. Así lo expresó González en 1985 en Washington, enfadando al secretario de Estado de Reagan, George Schultz, con quien mantuvo un tenso mano a mano en el que llegó a amenazarle con estudiar las condiciones de salida de España de las tropas del Pentágono.
Madrid pretendía una relación de aliados en igualdad, con una reducción no cosmética de tropas y con un control efectivo de las actividades estadounidenses, además de una separación clara entre las relaciones militares y los vínculos económicos, científicos o culturales.
Este último aspecto fue capital en el curso de la negociación, ya que descolocó a los estadounidenses, para los que bases y ayuda económica formaban un binomio indisoluble. De hecho, en otro tenso mano a mano con Schultz, González respondió con un órdago a una oferta de créditos para armamento, al rechazarla y mostrarse dispuesto a que fuese España quien prestase dinero a EE UU. El resultado más visible de los nuevos pactos, vigentes desde 1988, aunque enmendados por Aznar en 2002, fue la desaparición de las bases de Torrejón y Zaragoza.
La dura negociación se produjo, sin embargo, en un marco de mutua simpatía personal entre el viejo «halcón» Reagan y el joven socialdemócrata González. En sus diarios, Reagan habla con admiración de González, con quien se vio por primera vez en Washington en junio de 1983: «Es agudo, brillante, con personalidad, joven, moderado y pragmático socialista», proclama.
El siguiente encuentro de Reagan con González fue en 1985 durante su visita a España. «Funcionamos bien. Le conté todo sobre Nicaragua. Creo que no se dejará dominar por Ortega (Daniel Ortega, presidente sandinista), que le va a visitar después de su viaje a Moscú. Cuando acabamos la reunión, ya éramos Felipe y Ron».
Pactada la nueva relación con EE UU, se daban las condiciones para una activa alineación de España con sus posiciones geopolíticas. Así, González secundó, al igual que la mayoría de sus socios europeos, la política de Nuevo Orden Mundial formulada por el primer presidente Bush tras la caída del Muro, lo que se plasmó en la modesta participación de España en la guerra del Golfo (1991) y la posterior celebración en Madrid de la Conferencia de Paz sobre Oriente Medio.
El relevo en la Presidencia de EE UU llevó a la Casa Blanca al demócrata Clinton en 1993. Con las relaciones bilaterales reequilibradas, la prensa comenzó a orientar sus miradas hacia la sintonía entre los mandatarios, inaugurando una moda de observación superficial de empatías que lleva hasta el presente.
Empleando este punto de vista, los primeros compases de la relación entre Clinton y González fueron tibios. González, muy volcado en la UE y con su Gobierno a merced de la corrupción y los abusos antiterroristas, no debió de sentirse muy halagado por el despego atribuido a Clinton hacia los políticos que se perpetuaban en el cargo. Él llevaba diez años en la Moncloa y se aprestaba a convocar nuevas elecciones. Clinton, por su parte, abrió su presidencia con el fiasco de la invasión de Somalia -un regalo envenenado de Bush padre- y pronto sufrió el descalabro de las legislativas de mitad de mandato y el fracaso de su intento de reforma sanitaria.
No se recuerdan, pues, especiales encuentros ni desencuentros, aunque ambos líderes firmaron sonrientes en Madrid, en 1995, el protocolo de colaboración entre EE UU y la UE conocido como Nueva Agenda Trasatlántica. Otra vez un presidente de EE UU en Madrid, aunque ahora no venía a verse con un dictador, sino con el presidente de la UE.
Un año después llegó al poder Aznar, quien buscó con ahínco la foto con Clinton y la consiguió en 1997, gracias al Rey. A diferencia de González, Aznar carecía de un lugar cómodo en la UE, donde pesos pesados como Chirac o Kohl no ocultaban sus simpatías por su predecesor, quien no sólo representaba el milagro democrático español, sino que, además, se había convertido en un clásico de los consejos europeos. Chirac mismo, en una proverbial indiscreción, llegó a lamentar el destino de España en manos de Aznar.
Las tornas cambiaron por sorpresa con la victoria por sentencia judicial de Bush hijo en 2000. El equipo de «neocon» encabezado por Cheney tenía mucho en común con Aznar: culto al capitalismo, nacionalismo belicoso, percepción sobredimensionada del terrorismo... Los «neocon» confiaban en el Reino Unido de Blair, en Aznar y en las jóvenes democracias del Este de Europa como respaldo a sus agresivos postulados nacionalistas, reforzados por el 11-S.
En cuanto a Aznar, el ejercicio de la Presidencia europea de la UE en el primer semestre de 2002 le dio la posibilidad de gustar unas mieles que le negaban los viejos leones europeos. El flechazo con Bush se acentuó, dio lugar a la inolvidable foto con los pies encima de la mesa, a la adopción del acento texano en una rueda de prensa, a la foto de las Azores y a la ruptura de las tradicionales alianzas en el seno de la UE. «Estoy cambiando la política exterior española de los últimos 200 años», le aseguró a Bush días antes de que, desencadenada la guerra de Irak y el cisma entre EE UU, Francia y Alemania, le prometiese que siempre tendría un bigote a su lado.
Convencido de que Clinton sólo había sido un paréntesis en la era unipolar abierta por la caída del Muro, Aznar, como Franco ante la II Guerra Mundial, creyó ver un atajo para sentar a España a la mesa de los grandes. Pero, como Franco entonces, se equivocó.
El curso de las cosas -desastre en Irak, 11-M- le costó el Gobierno a su partido y llevó al poder a Zapatero en 2004. La retirada de las tropas de Irak provocó un enfriamiento entre cúpulas que, dado que Bush logró la reelección meses después, abrió un paréntesis de cuatro años sin fotos. Pero no sin relaciones plenas. La alianza bilateral tiene ya más de medio siglo, está normalizada desde finales de la década de 1980 y -la presencia española en Afganistán ha sido la mejor prueba en este tiempo- camina sola aunque las cámaras estén ausentes.