EUGENIO FUENTES
El 4 de noviembre de 2008, hoy hace un año, el demócrata Barack Obama hizo historia al convertirse en el primer candidato de raza negra en ganar unas presidenciales en EE UU. Los hábitos políticos de ese país hicieron, sin embargo, que su toma de posesión y la puesta en marcha de sus políticas reformistas se dilataran hasta el pasado 20 de enero, o sea, más de dos meses.
Los medios de comunicación son una máquina voraz que necesita alimento continuo. Y los aniversarios son una materia prima muy apreciada. De ahí que el primer aniversario de la elección presidencial haya sido transformado por periódicos, radios y televisiones de EE UU -y por los corresponsales extranjeros de todos los medios acreditados en Washington- en la ocasión para intentar balances prematuros del primer año presidencial de Obama. Algo que, en puridad, no podrá hacerse hasta el próximo 20 de enero.
La avidez del sector informativo ha encontrado -suele ocurrir- propicio correlato en los intereses de los partidos políticos de EE UU, que ayer se veían confrontados a la tradicional cita con las urnas de todos los primeros martes de noviembre.
Aunque la de este año es de muy poca monta -las importantes serán las legislativas de mitad de mandato de 2010-, los republicanos la sienten como una primera oportunidad de demostrar que ya han empezado a restañar las profundas heridas que les legó la «era Bush», mientras que los demócratas tienen que demostrar que su estado de gracia sigue razonablemente intacto.
Además, la minicita electoral de este año llega cuando Obama se encuentra inmerso en dos pesadillas: la reforma del sistema sanitario y las dudas sobre la definición de una nueva estrategia para Afganistán, donde los jefes militares le piden el envío de otros 40.000 soldados. Precisamente cuando Karzai ha sido reelegido presidente tras unos comicios sembrados de irregularidades.
Ambas batallas han servido a los republicanos una nutrida munición para arrojar contra Obama. Y lo han hecho con resultados nada desdeñables, ya que su popularidad, que había llegado intacta a la frontera de los cien días, se ha visto mermada desde el inicio del pasado verano.
No hay más que comparar el 63,5% de apoyos con los que -en promedio ponderado de las principales encuestas- contaba el demócrata el día de su investidura con el 51,1% actual. Un suelo todavía muy confortable que, no obstante, refleja una sólida erosión. Este decaimiento se hace aún más nítido si se compara el 20% de rechazos que concitaba Obama el 20 de enero con el 43,9% que provoca estos días.
Así las cosas, y sean cuales sean los poco significativos resultados del escaso ramillete de elecciones de ayer -las urnas aún estaban abiertas al cierre de esta edición-, establecer un primer balance de la presidencia de Obama parece aún un ejercicio prematuro, más allá de señalar que ha ejecutado las acciones exigibles para cerrar la «era Bush».
Por sólo resaltar algunos hitos, Obama está en camino de clausurar Guantánamo -aunque no se ve claro si lo habrá logrado, como prometió, a principios de 2010-, ha abolido la tortura, ha instaurado una relación equilibrada con el Legislativo y, en el plano internacional, ha cultivado un nuevo estilo dialogante cuyos resultados aún no se pueden evaluar: Oriente Medio, Irán, Corea, Cuba, Venezuela siguen siendo, pese a los buenos gestos, asignaturas inciertas.
Sin embargo, no ha abordado aún capítulos como el de la inmigración ilegal -del que depende la vida de millones de personas y el destino de millones de votos- y se necesita más tiempo para ver el resultado de sus iniciativas para una transformación «verde» de la economía productiva.
Aunque la recesión económica parece empezar a estar controlada, es más que posible que no haya sido como consecuencia de su plan de relanzamiento económico de 800.000 millones de dólares. Como prueba, el lunar de un paro que ronda el 10%, cuando el objetivo de su plan era salvar 4 millones de empleos.
En cuanto a Afganistán, la decisión sobre la nueva estrategia no se tomará al menos hasta mediados de este mes, pero habrá que esperar bastante más para ver si se invierte el curso de una guerra que, por el momento, está cuesta arriba.
Por último, en su reforma sanitaria Obama parece haber logrado salvar la opción de un seguro público para quienes lo quieran, pero la palabra final no estará dicha, como pronto, hasta fines de año. No en vano son todavía tres los borradores que circulan por el Congreso.
Paro, Afganistán -sin olvidar Irak- y sanidad son, pues, las grandes cuestiones sobre la mesa. Del giro que adopten dependerá el balance de su primer año que, con mayor oportunidad que ahora, se podrá establecer el próximo 20 de enero.