Oviedo, L. M. S. / Efe
La guerra de Afganistán, ya muy impopular en Estados Unidos -más de la mitad de la población se opone a los refuerzos ordenados por la Casa Blanca-, puede serlo aún más por su coste: a los 3.000 millones de dólares al mes que el conflicto le cuesta ahora al contribuyente, habrá que sumar 30.000 millones más por año: uno por cada soldado adicional que se va enviar, desde esta Navidad y hasta el próximo junio, al teatro de operaciones afgano.
Pero el objetivo está claro -ganar la guerra en 18 meses con ayuda de esos refuerzos- y Obama se juega en este envite su Presidencia. Pese a las reticencias y el descontento que expresan las encuestas, parece que el Congreso accederá a dar a Obama los cuantiosos recursos que reclama. Ayer, algunos de los principales asesores del presidente trataron de lograr ese respaldo.
Los secretarios de Estado, Hillary Clinton, y Defensa, Robert Gates, y el jefe del Estado Mayor Conjunto, Mike Mullen, acudieron a audiencias del Congreso para explicar y defender la nueva estrategia militar en Afganistán.
«Un fracaso en Afganistán significaría que los talibanes controlen buena parte del país y la posibilidad de una nueva guerra civil. Las áreas bajo control talibán podrían, a corto plazo, convertirse nuevamente en un refugio para Al Qaeda», alertó el secretario de Defensa. Mullen, por su parte, reveló que los grupos extremistas ya tienen «dominio» en 11 de las 34 provincias afganas.
En la guerra, iniciada el 7 de octubre de 2001, han muerto hasta la fecha 918 soldados estadounidenses y otros 5.600 han resultado heridos. Con ese nuevo envío, la presencia militar estadounidense rondará los 100.000 soldados, además de los 42.000 de otros países.