LUIS MUÑIZ
El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, se ha propuesto ganar la guerra de Afganistán -o, al menos, poner un serio freno al avance de los talibanes- en el plazo récord de 18 meses. En julio de 2011, las tropas norteamericanas comenzarán a retirarse del teatro de operaciones afgano. En su esperado discurso del pasado martes en la academia militar de West Point, el último Nobel de la Paz dio a conocer su nueva estrategia bélica: 30.000 soldados más -33.000, si hacemos caso al secretario de Defensa, Robert Gates- y un objetivo, arrebatar a los integristas sus bastiones y lograr que en un año y medio los afganos estén en condiciones de hacerse cargo de su propia seguridad, un reto que Kabul ha aceptado y considera una «buena oportunidad».
Obama, pues, se la juega en Afganistán y vincula su futuro político a los progresos en una guerra que empezó hace ocho años su antecesor en el cargo, George W. Bush, pero que ya es «la guerra de Obama», como la de Irak lo fue del ex presidente republicano. Lo quiera o no lo quiera el actual inquilino de la Casa Blanca, esto es así, y las cifras lo demuestran: con los 30.000 militares extra que serán desplegados en el frente afgano entre esta Navidad y el próximo mes de mayo, el contingente norteamericano se acercará a los 100.000 soldados, muy por encima de los 38.000 que batallaban en el país centroasiático cuando él llegó al poder. Y eso sin contar los 42.000 procedentes de los 43 países que integran la coalición aliada y los más de 7.000 adicionales que la OTAN ha prometido enviar en respuesta a la petición de ayuda hecha por Washington. Una escalada bélica que pondrá la presencia militar en Afganistán a la misma altura que la de Irak.
Julio de 2011: en los 16 meses que median entre esa fecha y las elecciones presidenciales de noviembre de 2012, los votantes estadounidenses -cada vez más opuestos a la guerra, según detallan los sondeos de los últimos meses- tendrán una oportunidad de oro para decirle a Obama en las urnas si ha conseguido su objetivo y si el repliegue -mejor dicho, la decisión de precisar una fecha para su comienzo- ha sido un acierto o un error. Antes, en noviembre del próximo año, cuando ya será tiempo de hacer balance de los éxitos o los fracasos de la nueva estrategia, se celebrarán los comicios legislativos de mitad de mandato. Y también entonces hablarán las urnas.
De momento, el de la retirada es el apartado de la nueva estrategia que más controversia está suscitando y algunos analistas han advertido del peligro que entraña: los talibanes, dicen, pueden esconderse en sus refugios hasta julio de 2011 y entonces lanzar una ofensiva. Así lo creen también los republicanos. El rival de Obama en las presidenciales del año pasado, el senador John McCain, considera que dar una fecha «sólo envalentona a Al Qaeda y a los talibanes y desalienta a nuestros aliados». Pero la Casa Blanca no lo ve de la misma manera.
«Si los talibanes optan por desaparecer en las sombras, perfecto. Eso nos da más tiempo y espacio para hacer lo que queremos, adiestrar a las fuerzas afganas. Si quieren volver en julio de 2011, entonces tendrán que enfrentarse a unas fuerzas afganas mucho más potentes», explicó esta semana el portavoz presidencial. Robert Gibbs se apresuró a describir esa fecha como «un punto de transición», no un instante en el que todo cambiará en la guerra.
Y es que, en su discurso, Obama dio una fecha para el comienzo del repliegue, pero no un calendario para su desarrollo ni otra fecha para su conclusión. Éste es el margen de maniobra del que dispone, y además nada impide -al menos a día de hoy- que Estados Unidos siga manteniendo cierta presencia militar en Afganistán -si los insurgentes continúan activos, aunque sea a pequeña escala- una vez que el Gobierno de Kabul y su Ejército recuperen las riendas del país.
¿Por qué entonces dar una fecha? Cabe interpretar de tres maneras ese punto concreto del plan de Obama: como una compensación para calmar los ánimos de los menos belicistas, como un guiño a los aliados -aunque McCain crea que los desalienta- y como una advertencia para el presidente afgano, Hamid Karzai, a quien, alto y claro, se le está diciendo: no hay más cheques en blanco, no seguiremos aquí indefinidamente, éste es tu país.
Precisar la fecha del inicio de la retirada es la compensación por el importante refuerzo militar anunciado en West Point, al que no sólo se opone la población, según revelan las encuestas, sino también el ala más izquierdista del propio Partido Demócrata, y que, sin embargo, fue exigido desde Afganistán por el comandante en jefe estadounidense, Stanley McChrystal, como condición «sine qua non» para no aceptar de mano la alternativa de la derrota.
McChrystal había pedido 40.000 nuevos soldados, pero ya se ha declarado satisfecho con los 30.000 comprometidos por Obama y los 7.000 que garantiza la OTAN. ¿El precio? Un millón de dólares por cada efectivo adicional, es decir, 30.000 millones de dólares anuales que se suman a los 3.000 al mes que el conflicto ya le cuesta al contribuyente. En vidas, el coste se cifra en 918 norteamericanos muertos y otros 5.600 heridos. En total, contando también las bajas de los 43 países que conforman la coalición contra los talibanes, 1.400, de los cuales 88 eran españoles.
Compensación, pero también guiño a los socios del otro lado del Atlántico. O quizás aliciente, dado que países como Alemania o la misma España habían empezado a clamar por un calendario para el traspaso de poderes que les permitiera atisbar la salida de sus propias tropas. Además, los europeos están convencidos de que, aunque ésta sea ya «la guerra de Obama», no es como «la guerra de Bush». El primero no emplea la retórica belicista del segundo y ha tenido el acierto de señalar con claridad que lo que está en juego es «la seguridad del mundo»; no sólo de Nueva York y Washington, sino también de Madrid, Londres y Bombay. O sea, que la de Afganistán es la guerra de todos. Y, encima, una parte destacada de los refuerzos de la OTAN serán instructores para el Ejército y la Policía afganos, no unidades de combate.
Y hay otra diferencia entre las dos guerras, una que ilustra sobre el fin del unilateralismo en que se traduce la llegada de Obama a la Presidencia de Estados Unidos. La nueva estrategia del mandatario demócrata, a diferencia de la vieja del republicano, no persigue a toda costa la imposición de la democracia en aquellos territorios que, como Afganistán, están todavía muy lejos de poder alcanzarla, si es que alguna vez lo consiguen. Y tampoco persigue una victoria aniquiladora sobre los talibanes; se conforma con que el Gobierno afgano pueda afianzarse y el Ejército y la Policía pasen a controlar el país o a luchar sin ayuda contra los radicales islámicos que queden en pie. Éste es un objetivo; el otro es acabar con un conflicto -o reducir notablemente su virulencia- que se ha enquistado y que ni Estados Unidos ni ninguno de sus aliados -Canadá ya ha desertado- puede sostener por mucho más tiempo. Aunque, para entonces, cuando las tropas empiecen a salir, la democracia no sea aún la forma de gobierno en Afganistán.