Oviedo, E. FUENTES
La reforma sanitaria, puesta en el aire por la pérdida de la mayoría cualificada de 60 escaños que los demócratas tenían en el Senado, se ha convertido en el emblema de los problemas que, desde la cita electoral de Massachusetts del pasado martes, atraviesa el presidente Obama y también en una pista para saber por dónde orientará su política en las próximas semanas.
La reforma está en proceso de armonización de los textos aprobados por la Cámara y el Senado, pero estos trabajos han sufrido una paralización tras la desaparición de la mayoría senatorial demócrata. Por un lado, no tiene sentido continuar como si el escenario no hubiese cambiado. Por otro, la Cámara ya ha advertido de que no aceptará el texto del Senado, la única forma de sortear una derrota hoy por hoy inevitable.
En tercer lugar, el Congreso, y en especial la Cámara de Representantes, que se renovará por completo en noviembre, vive un auténtico «sálvese quien pueda» tras el aldabonazo de la derrota del martes. No son pocos los legisladores que se quejan de que la estrategia multifrontal de Obama -atacar simultáneamente las reformas y la lucha contra la crisis- ha sido un error. En su opinión, la lucha contra la crisis es ahora mismo la única prioridad y, una vez que la Reserva Federal ha constatado el fin de la recesión, los trabajos del Congreso y la Casa Blanca deben orientarse a favorecer el empleo. En caso contrario, temen los congresistas demócratas, las elecciones de noviembre -en las que también se renovará un tercio del Senado- serán una debacle para el partido de Obama.
Así las cosas, el jueves por la noche, el portavoz de Obama, Robert Gibbs, reveló que lo mejor es aparcar la reforma y pensar en cómo tender puentes para consensuar un texto de mínimos que los republicanos, en el mejor de los casos, venderán muy caro, excitados como están por la vista de la sangre del enemigo. «El presidente cree que lo mejor es darle algún tiempo, dejar que se calmen las aguas y examinar cuál es el mejor camino a seguir».
Pero Obama parece estar jugando a dos barajas. Por un lado, intenta tender puentes con los republicanos para salvar su reforma, aunque sea descafeinada. Por otro, es evidente que, tras aceptar que ha perdido conexión con los votantes, acentúa su discurso populista. Así, tras la andanada del jueves contra la banca, ayer, ante un público entregado en Elyria (Ohio), un Obama sorprendentemente descorbatado afirmó que «nunca» dejará de «luchar» por la aprobación de la reforma «con los demócratas, con los republicanos o con quien sea».
Obama reconoció que un gran nerviosismo recorre a la clase política de Washington desde el martes, pero aseguró que, aunque tendrá que encajar los golpes, seguirá luchando por la sanidad, el empleo o la solvencia de las cuentas públicas porque, dijo «no lo hago para mejorar mis encuestas, sino por vosotros».