MARÍA JOSÉ IGLESIAS
«Nuestra Unión está fuerte». La frase que pronunció Washington en el primer discurso del estado de la Unión se repite siempre de algún modo en la alocución anual del presidente. Es tradición. Barack Obama, Nobel de la Paz comandante de dos guerras, sin mayoría absoluta en el Senado y con las encuestas amargándole el desayuno, cumplió el ritual «Son nuestros valores los que han construido América, no nos conformamos con un segundo puesto». Los congresistas aplaudieron cuando el presidente nombró a un niño de Louisiana que regala su paga a una niña de Haití. Los americanos no disfrutaban en televisión de un patriotismo tan edulcorado desde Reagan. Obama tiene razón. Cuando Wall Street recibe billones y recorta los beneficios a los ciudadanos y siete millones de empleos se han ido al garete, ese gran sentimiento de una gran nación firme y unida amortigua el descontento. El presidente ha pasado muchas horas retocando el discurso, introduciendo «ganchos» para conectar con el público. Lo consiguió al anunciar que los soldados combatientes -el matiz no es banal- en Irak volverán en agosto o cuando defendió el derecho de los homosexuales a ser militares. Nancy Pelosi y el vicepresidente Biden, teloneros de lujo, sentados detrás de Obama, dirigían los aplausos cada vez que el jefe abría la boca. El show fue el delirio cuando Michelle, vestida en el color del vino de California, tuvo su minuto de gloria. El presidente le dedicó un aplauso por sus tareas de apoyo a la clase media y a favor de la reforma sanitaria, dos grandes olvidadas en el discurso. La primera dama siguió la intervención al lado de Jill Biden, con los invitados VIP, entre ellos el representante haitiano. «Es la que mejor hace todo». Se lo dijo, ejerciendo de marido, como si estuviese en la cocina de su casa. La primera dama quiso parar la ovación gesticulando. McCain sonreía. El hombre más poderoso del planeta debería medir esos signos de debilidad. Tiene ante sí billones de dólares de déficit y millones de ciudadanos que dudan de su capacidad para conducir el cambio prometido. Reconoció que solo no puede. «Nunca dije que fuera a ser fácil ni que yo pudiera hacerlo solo». Cuando habló de apoyo a los derechos humanos y la dignidad de las personas seguro que no pensaba en los escáneres de los aeropuertos. Y si alguien esperaba alguna alusión a las relaciones con la Unión Europea se quedó con las ganas. Obama sólo mencionó a los aliados al hablar de Afganistán. De lo que no se olvidó fue de una despedida a la usanza. «Somos fuertes, somos resistentes, que Dios os bendiga y que Dios bendiga a los Estados Unidos». A los dos minutos el mail de los militantes demócratas recibía un mensaje firmado por Obama. El título: «No nos rendimos».