RUBÉN RIAL
CATEDRÁTICO DE FISIOLOGÍA
Imaginemos un automóvil que, tan pronto como se llenase su depósito, 1) el motor se pusiera en marcha a máxima potencia, 2) fuera imposible detenerlo hasta agotar el combustible y 3) la única forma de regular la velocidad fuera el freno: parada, freno a fondo; marcha normal, freno a medias; tope de velocidad, ningún freno. Pero en todo momento, el motor rugiendo a tope.
Pues eso es una central nuclear: libera energía incesantemente mientras tiene combustible, es imposible detenerla. Sólo se puede frenar. Pero su freno es más complicado que el de un automóvil; hay que introducir en su núcleo un material que absorbe los neutrones de la desintegración radiactiva: introducido a fondo, se absorben muchos neutrones y hay poca potencia; fuera del todo, los neutrones quedan libres y la potencia es máxima. Un detalle más: la frenada no puede hacerse «a mano». Son necesarios una serie de complejos mecanismos que sólo pueden actuar con un aporte externo de energía.
Supongamos que el freno funciona correctamente y todo va bien. La desintegración radiactiva produce calor que se transfiere en último término a las turbinas generadoras de electricidad. Pero si falla la transferencia de calor -y aquí hay una larga historia de fallos- el núcleo se sobrecalienta. Tiene que actuar el freno del párrafo anterior. Pero es fácil que el núcleo sobrecalentado se deforme y el freno se atasque. Lo mismo ocurre si falla el aporte de energía para el freno. Todo esto ha pasado estos días. Y no es la primera vez.
En estos casos el sistema se embala: más calor, más neutrones libres, más desintegraciones radiactivas y más calor. El ciclo infernal de realimentación positiva no se detiene hasta que el núcleo se funde. La vasija que lo contiene todo tiene que resistir el enorme calor y la inmensa presión producida. Si hay suerte, resiste; si se rompe, los cien millones de demonios radiactivos escapan. O peor, el núcleo se convierte en una bomba atómica, sin más. La vasija y todo lo que hay alrededor se convierte en vapor y el siniestro hongo que siembra muerte y destrucción a su alrededor aparece en el horizonte. O más cerca, junto a los pueblos, los bosques y los ríos.
Se mire como se mire, las centrales nucleares son inherentemente peligrosas. Todo es debido a la imposibilidad de detener la radiactividad y a la inevitable fragilidad de los controles y los frenos. Mantener una central nuclear es, literalmente, cabalgar a lomos de un tigre.
Por definición, las catástrofes son imprevisibles; de otra forma no serían catástrofes. Por eso no tiene sentido decir que lo que ahora está ocurriendo en el Japón es excepcional y no puede ocurrir en nuestro país. Ciertamente, no parece tan fácil que aquí ocurran terremotos ni maremotos. Pero eso no nos consuela. Nadie sabe cuál será la próxima catástrofe, ni dónde, ni por qué ocurrirá. Las catástrofes ocurren y punto. La única posibilidad es evaluar sus probabilidades y sus consecuencias. En relación con las primeras, cabalgar, como decíamos, a lomos de un tigre nos parece bastante arriesgado. Respecto a las segundas, pregunten a los vecinos de Fukushima. O piensen en lo que será de los territorios que puedan recibir «una pequeña fuga radiactiva» procedente de las centrales activas en España o en el sur de Francia.
Es cierto que todo en este mundo tiene riesgos. Incluso quizá es cierto que las catástrofes medioambientales causadas hasta hoy por el petróleo son peores que las provocadas por la energía atómica. Pero no sólo es cosa de riesgos, sino de asumibilidad. El petróleo causa muchos problemas, pero también nos da grandes beneficios. Por eso asumimos el riesgo cada vez que cruzamos la calle. En cambio, nos cuesta ver los beneficios de la energía nuclear más allá de los balances de las compañías eléctricas; creemos que, para nosotros, hay alternativas mejores y no queremos asumir sus riesgos. Nos amenazan con que si renunciamos a las centrales nucleares, pagaremos más por nuestras comodidades. Esto es cierto si seguimos aceptando el chantaje y los obscenos beneficios de las compañías eléctricas. Pero aunque fuera necesariamente así, tenemos que asumir que nuestras comodidades tienen un precio. Tendremos que aprender a usar más el transporte público. A apagar la luz al salir de una habitación. El primer paso es el ahorro, el segundo, el uso racional, y el tercero, pedir a nuestros políticos que fomenten otras formas de energía más mansas que el tigre nuclear.
Esto no es una reflexión al hilo de los últimos acontecimientos. Ya hace mucho que lo sabíamos.