¿Quién teme al Estado Islámico?

La lucha contra el grupo yihadista ancla de nuevo a EE UU en un Oriente Medio del que Obama quería salir, y ofrece a Rusia una moneda de cambio

11.08.2015 | 04:48

Los seis cazas F-16 que desde este domingo operan contra posiciones del grupo Estado Islámico (EI) en Siria e Irak tardan sólo seis minutos en cubrir un trayecto en el que, desde territorio iraquí, consumían media hora. Para Washington, ese es el cambio más notable derivado del acuerdo alcanzado con Turquía a finales de julio, cuando, tras una serie de atentados y ataques atribuidos a los yihadistas, el Gobierno de Erdogan anunció el endurecimiento de su actitud hacia el EI. Ankara, además de autorizar a los aviones del Pentágono a usar la estratégica base de Incirlik, proclamó su determinación de golpear por aire a los yihadistas y expresó su voluntad de crear una zona de exclusión aérea en la frontera turco-siria.

Sin embargo, en la práctica, la zona de exclusión, que debería limitar la capacidad de la aviación de Damasco y reducir la presión de los refugiados sirios sobre Turquía, es todavía un espejismo. En cuanto a los ataques turcos al EI, su número es infinitesimal, ya que el grueso del despliegue aéreo se ha dirigido contra los milicianos kurdos, que han respondido con una escalada guerrillera y terrorista, que sólo ayer, dejó nueve muertos. En particular, Ankara golpea posiciones en el Kurdistán iraquí, auténtico santuario desde el que los "peshmergas" alimentan sus ofensivas contra los yihadistas tanto en Siria como en Irak. Todo parece indicar, en efecto, que Turquía tiene mucho más interés en diezmar a los kurdos, su enemigo interno desde hace décadas, que a los efectivos del EI, a los que desde hace muchos meses deja circular con suma benevolencia por su frontera con Siria. No en vano, los yihadistas cumplen para Ankara la doble función de mantener contra las cuerdas al régimen de Damasco, enemigo de Turquía, y desgastar a los propios milicianos kurdos. Y no en vano también, la alianza de los kurdos con los "descontentos" de la plaza Taskim puso fin el pasado junio a los 13 años de mayoría absoluta de Erdogan. Un Erdogan cada vez más decidido a convocar nuevas elecciones, pero esta vez en un favorecedor ambiente de escalada militar.

Así las cosas, no parece por ahora que el anunciado cambio de actitud turco vaya a reducir de modo drástico el poderío del autodenominado "califato", al que la única alianza que le ha hecho daño desde su proclamación hace algo más de un año ha sido la de EE UU con los kurdos. Todos los análisis coinciden en que el fuego aéreo es insuficiente para doblegar a los yihadistas si no va acompañado de una enérgica acción en tierra. Pero EE UU está fracasando hasta el momento en formar tropas de rebeldes sirios que cumplan esa función. El último intento hasta la fecha, la llamada División 30, un exiguo grupo de 50 hombres, ha saltado por los aires nada más tocar suelo sirio. Y en cuanto a tentativas anteriores, baste decir que contingentes formados por la CIA en Jordania acabaron alimentando las huestes yihadistas del EI. De modo que el precio pagado por EE UU para usar las bases turcas parece augurar que lo que se gane por aire en forma de facilidad de bombardeo se pierda por tierra en forma de debilidad kurda.

A la vez que se producía este giro en el conflicto, EE UU, recién alcanzado el pacto nuclear con Irán -aliado táctico de Rusia y, junto a Moscú, principal valedor del régimen de Damasco-, ha sondeado hasta donde llega la disposición anunciada por Putin a finales de junio de implicarse en la lucha contra el EI. La respuesta no ha sido muy alentadora para Washington, ya que el eje de la propuesta rusa es crear una coalición en la que se incluyan tanto las fuerzas de Damasco como los kurdos y los rebeldes sirios no yihadistas.

Rusia ha resaltado además las dificultades de alcanzar una colaboración con EE UU mientras Washington siga respaldando a los rebeldes sirios y amenace con atacar por aire a las fuerzas de Damasco que choquen con los insurgentes. Entre tanto, el "califato", que ha sufrido un repliegue territorial importante desde hace un año, parece estar ahora más preocupado de construir estructuras estatales que de extenderse en el mapa.

Este estado de cosas suscita tres breves reflexiones. La primera gira en torno a Rusia: cabe concluir que las contrapartidas exigidas por Moscú, con probabilidad centradas en Ucrania y las sanciones de EE UU y la UE, no están siendo debidamente atendidas. Las otras dos atañen al conflicto en sí y se formulan como preguntas.

En primer lugar, ¿es determinante la ayuda rusa en un conflicto donde analistas oficiales y privados insisten en que la clave está en la actitud de los Gobiernos y en la de las poblaciones islámicas? En segundo lugar, ¿hay, más allá de la retórica, auténtica voluntad de liquidar al grupo Estado Islámico? ¿O el objetivo es más bien contenerlo a través de una guerra de desgaste que ha permitido, para satisfacción de amplios sectores del Pentágono, los republicanos y la industria militar, anclar a EE UU en un Oriente Medio del que Obama, mucho más preocupado por China y el Extremo Oriente, quería salir a toda costa?

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