VÍCTOR MANTECA
ada tan complejo como distinguir, con precisión, entre piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros. Un antiguo Diccionario marítimo español, de uso en la Escuela Naval militar, explica que pirata equivale a ladrón de mar, sin patente soberana, a bordo o desde costa, de acuerdo al viejo dicho que equipara el pirateo a «correr la mar robando a toda ropa». Corsario se dice del que mandaba embarcación armada en corso, con patente de república o monarca, atacando a embarcaciones de otras banderas en guerra.
La tradición naval española consideró pirata a quien robara por cuenta propia, amenazando la seguridad de la navegación pues el corsario, aunque actuara al pirateo, se amparaba en cierta moral de represalia; además, la patente concedida dejaba a salvo sus actos de guerra de la calificación como crimen o delito. Solía ser éste, un marino particular que ofrecía sus servicios y embarcación a la flota de un gobierno; sin embargo ambos oficios y actividades se entreveraban, resultando que corsarios honorables para algún gobierno, tenían, sin embargo, trato y consideración de criminales del terror en los medios oficiales de otro Estado; baste recordar a Sir John Hawkins, Goll Cornelius o Walter Raleigh que figuran en crónicas y anales de la Marina española como piratas con sus alias respectivos de Juan Acle, Pata palo y Guatarral, además se sabe que Drake protestó por el error de ser tomado por pirata en sus ataques a intereses españoles, pues era corsario de la reina de Inglaterra; sin embargo, dejó profunda memoria de la crueldad de sus rapiñas y saqueos sanguinarios, sirviendo de testimonio indudable los recuerdos y constancias que perviven en muchas villas costeras, como en la asturiana de Puerto de Vega donde el «Coro de las Almenas» rememora, en las noches veraniegas, viejos cantos de la mar. Don Evaristo Casariego contaba de una expresión antañona que todavía se oyera hace años en muchos de nuestros puertos, cuando un abuelo protestaba de las diabluras del nieto: ¡ye mas malu quel Draque!
Los bucaneros fueron un tipo de piratas caribeños que tomaron nombre de su oficio de vender carne ahumada en barbacoa (boucan) y, cuenta Goose que, de cazadores de reses cimarronas, se convirtieron en piratas asesinos; además quien haya tenido afición a las novelas del marino y escritor italiano Emilio Salgari, recordará que describe a los bucaneros como auténticos tiradores de precisión. Los filibusteros, por su parte, resultaron de la fusión entre bucaneros y antiguos corsarios sin empleo, operando en aguas del Caribe y sobre todo en la isla de la Tortuga, siendo un fenómeno de pirateo paraestatal amparado por países como Inglaterra, Holanda y Francia que lo empujaban contra España, en sus pretensiones coloniales, brindándole refugio y financiación. Tanto los bucaneros como los filibusteros tempranos carecían de nacionalidad efectiva y daban por buena cualquier presa en aguas americanas, con preferencia galeones españoles de retorno, con plata de tierra firme, que se hubieran descolgado de la flota; pero con el tiempo llegaron a ser piratas proscritos por todos países de Europa que acabaron persiguiendo la piratería cuando, al fin, lograron conseguir colonias propias en la América española.
Piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros fueron los tipos más representativos de un oficio terrorista de la mar que tenía infinitos eslabones intermedios de confusa definición. La piratearía descrita se produjo, en aguas americanas, contra España que también sufrió a piratas de otras latitudes, como los normandos venidos a las costas gallega y asturiana en los tiempos medievales: ¡a furore normanorum liberanos domine!, rezaban las letanías de la época y alguna vez tuvieron que valerse de la fuerza persuasiva de algún santo de la mitra mindonense, capaz de hundirles las naves sin apenas combatir; pero además no hay que olvidar los ataques de piratas berberiscos a las costas levantinas, que solían ser cazados en su refugio de Orán, como el tercero de los Barbarroja a manos de un alférez de piqueros, Álvarez de Tineo, por lo cual sigue campeando la cabeza berberisca en los blasones de aquel concejo asturiano.