JUAN VELARDE FUERTES
ECONOMISTA
Dejemos a un lado la historia de las profundas y constantes alteraciones de la Asturias rural desde la caída del Antiguo Régimen hasta el pleno disfrute de su situación en el ámbito comunitario, porque tal realidad pasa a ser, en estos mismos momentos de 2009, pasado, porque de modo reciente han tenido lugar otros fenómenos. Es preciso tener en cuenta estas novedades para poder escudriñar adecuadamente el porvenir. El primero de ellos, directamente relacionado con la crisis que nos sacude en estos momentos, es la necesidad de disminuir los países europeos el gasto y el déficit públicos. Y he aquí que en la Unión Europea existe un gran suministrador neto de fondos para la PAC, Alemania, a través de su gasto público.
De ahí que haya surgido, y eso se nota ya en Asturias, una reconversión por este motivo. Pero también está presente otra. Todo un amplio conjunto de países presenta un frente muy duro contra el mantenimiento de la PAC. Todos ellos, en la Organización Mundial de Comercio, presionan de modo incansable para que, del mismo modo que la Tarifa Exterior Común de la Unión Europea es realmente muy poco protectora, ocurra lo mismo con los productos del campo.
Es evidente que ese grupo tiene una influencia en el ámbito internacional que puede calificarse como muy potente y, por ello, al sumarse a la presión de los grandes contribuyentes netos, como es el caso citado de Alemania, esta postura internacional, ligada a un ambiente en el que, cada día más, se considera que el proteccionismo se convierte en un causante del mantenimiento de la crisis, acaba por ser un heraldo de un cambio muy fuerte institucional que, por supuesto, se acabará notando con mucha claridad en la marcha de la producción rural asturiana que, desde luego, no parece tener, grandísima parte de ella, condiciones de competitividad en el conjunto del mercado internacional.
Pero, ¿esto puede ser para siempre? Esto es, la sombra de Malthus, ¿no ronda todavía por el mundo científico, y por supuesto, por el de la opinión pública? O lo que es igual, ¿puede pensarse, en un futuro no muy lejano, que vaya a ser posible dejar una demanda mundial de alimentos desatendida? La aclaración se observará en el comportamiento de los mercados de artículos agrícolas. Para 2000 = 100, el índice de precios de mercado de «The Economist» muestra que las cotizaciones de los artículos alimenticios se habían colocado el 3 de noviembre de 2009 en el 205,4 y las de los artículos agrarios no alimenticios llegaban al 157,8. Sin embargo, es claro que su volatilidad es considerable. Respecto a las cotizaciones de hace un año, en la misma fecha, los precios de las mercaderías agrarias alimenticias habían subido un 13,4%, y los de los artículos agrarios no alimenticios, en un 25,2%.
La explicación que se ha buscado para comprender estos vaivenes ha sido según Lamo de Espinosa, y creo que hay que convenirlo con él, que se ha originado, «de una parte, por una demanda creciente (de productos agrarios) desde los países emergentes cuyas rentas per cápita y su PIB ha crecido en los últimos años con dos dígitos -China e India- y que ahora, a mitad de 2009, lo hace con tasas altas cercanas al 8%». También por «la nueva demanda de productos agrarios para la obtención de bioetanoles», lo que afecta, desde luego, al trigo, la cebada, el maíz y el azúcar de caña, o de biodiésel, que se vincula con la soja, colza o girasol.
También actúan, naturalmente, las presiones de tipo especulativo a través del papel de una serie de nuevos fondos, generados a partir de las subprime. Su derrumbamiento tuvo un papel importantísimo en la necesidad de liquidar activos, con el consiguiente desplome de los precios.
Todo esto actúa, y su repercusión acaba por alcanzar las posibilidades asturianas, pero no es posible prescindir del impacto de las propias demandas alimenticias de los diferentes mercados. Volvamos a Lamo de Espinosa, en este caso echando mano del artículo que publicó sobre consumos alimenticios en Europa y en los Estados Unidos en «Papeles de Economía Española», n.º 117 de 2008. Sus aportaciones fueron exactamente éstas: «En Europa consumimos -según el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos- unos 252 kg/habitante al año de trigo -frente a este consumo el de la India fue de 64 kg/habitante y en China 76-, 122,8 de maíz -en la India 13 y en China 107'5-, 41,8 de aceite vegetal -en la India 10,4 y en China 17,5-; 68,4 de leche -en la India 35 y en China 10,4-, 17,5 de carne de ternera -en la India, 1,3 y en China 5,4, y 15,3 de carne de pollo -en la India 1,8 y en China 7,6». Y añade: «Basta comparar tales cifras para hacerse una idea de la magnitud del cambio que viene. Pues si calculamos las diferencias y aplicamos las mismas sobre la población de cada país resulta que, por ejemplo, la demanda adicional de trigo si sus consumos se igualaran a los de la Unión Europea obligaría a duplicar la producción mundial actual».
Por supuesto que ese cambio «no se va a producir de inmediato», pero hay que ser conscientes de que «ya ha empezado y no va a frenarse o a desacelerarse porque esos dos países -más otros muchos de los llamados emergentes- crecen con tasas desconocidas en el mundo occidental (Europa y Estados Unidos) y sus economías ya pesan más del doble (de éstas)... Y sus habitantes quieren -y tienen el mismo derecho que nosotros- alimentarse de modo similar y pasar de sus 1.200-1.500 calorías por habitante a las 3.000 (o más) del mundo occidental».
Naturalmente, dentro de la actual economía fuertemente globalizada, afecta a todos los países, a todas las regiones, y ese fantasma de Malthus, que reencarnó recientemente en los pronósticos sombríos derivados de los estudios del Club de Roma y, que además, se encuentra detrás del Informe Carter y del trabajo 1999, preparado para las Naciones Unidas por un equipo dirigido por Leontief, con todas las salvedades que se quieran, incluidas las de Manners, el presidente de la Royal Geographical Society muestra que se va a necesitar producción rural en cantidades muy importantes a lo largo del siglo XXI, y que esto, naturalmente, modificará la liquidación de posibilidades de zonas rurales como son, concretamente, las de Asturias.
Casi ahora mismo ha aparecido otro motivo de necesidad de nuevas zonas campesinas. Me refiero a la demanda de biocombustibles. Como señala asimismo Jaime Lamo de Espinosa, la repercusión en precios de esta novedad es paralela a la cotización del petróleo. Todo indica que ésta tenderá, a medio plazo, a subir, tras la situación actual, de evidente recuperación después de la caída experimentada tras el inicio de la crisis del verano de 2007.
No es esta cuestión menor, ni muchísimo menos, en relación con el futuro de la agricultura en todas partes y, por supuesto, en Asturias. Pero esta perspectiva nueva en relación con la agricultura se amplía si es cierto -la polémica en el ámbito científico se encuentra abierta, aunque los políticos la consideren cerrada- que existe un cambio climático.
Otra cuestión es si éste se debe a la acción humana, o a otros motivos ajenos al hombre, como pueden ser las manchas solares. Si tal alteración del clima sucede, y con ello aumenta la irregularidad de las cosechas, es seguro que afectará a la cuantía de las reservas mundiales de productos agrarios, por ejemplo, de trigo y maíz. Ello no deja de tener consecuencias, que pueden ser muy permanentes, en las cotizaciones.