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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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MARCOS LEÓN MARCOS LEÓN MARCOS LEÓN A. R.
A. R.
A. R.
Ana María Paniagua Gutiérrez es jubilada del comercio y ha encontrado en el Botánico un segundo empleo. Sin remuneración, eso sí, y sin más negocio que el enriquecimiento personal. «A mí me gustan mucho las plantas, desde siempre. Me crié entre viñedos y para mí los paseos por el Jardín son reconfortantes», sostiene.
Una vez al mes -«o cada quince días, según me dé»- lleva cuenta con las plantas que le han asignado para su seguimiento fenológico. «Me tengo que fijar en las yemas, si tiene brotes, si hay esporas, si tiene algún rastro de enfermedad, si tienen hormiguinas o si están mustias... un poco de todo y te acabas identificando mucho con tus plantas, son como alto tuyo», relata.
Asumió ese trabajo hace algo más de un año porque «me pareció bonito y que podía llevarlo bien ya que disponía de tiempo», cuenta. Ahora, bajo su protección y su observación están la Diksonia squarrosa, que es un helecho, y otras ocho plantas y árboles más (varios Pyrus cummunis -perales-, la Hydrangea Arborescens y la Hydrangea quercifolia -hortensias, una de ellas muy atípica en Asturias-), además de algunas medicinales. «La experiencia es preciosa porque sólo con el olor que te llega cuando caminas por los senderos, el colorido que te entra por los ojos... es aromaterapia y cromoterapia en estado salvaje», sostiene. Tampoco se arrepiente de haberse creado la obligación de hacer seguimiento a unas determinadas plantas. «Al principio te lo tomas como una tarea, pero cada vez te interesa más y te sientes más partícipe de un trabajo que supone aportar datos a los científicos por si los necesitan. A nuestra manera estamos haciendo ciencia», sostiene. También se entretienen mucho, y Ana María lo sabe bien: «El tiempo se te pasa de una manera tan agradable que ni te das cuenta. Tanto que un día perdí la noción del tiempo y, cuando me di cuenta, estaba encerrada en el Jardín», relata riéndose.
Pilar Gómez es guía turística, sereno por las calles de Gijón y, en su tiempo libre, una visitante habitual del Jardín Botánico. No tiene terreno propio donde desplegar su amor por las plantas y las flores, ni falta que le hace. «Mi propio jardín es éste, lo siento como mío y, en realidad, es de todos», sostiene. Lleva en la Asociación de Amigos del Jardín Botánico Atlántico desde hace siete años y en la actualidad ocupa un puesto de vocal. «Me vinculé al Jardín porque estaba trabajando en un taller municipal y me tocó ponerme al día del proyecto que estaba poniendo en marcha el Ayuntamiento. Me gustó, me pareció muy interesante, y me quedé en el grupo de voluntarios», recuerda. También ella se sumó a los seguimientos fenológicos haciéndose cargo de «unas cuantas plantas, de la factoría Vegetal, de la Isla y del entorno cantábrico», explica, por no ponerse a enumerar cada una de las plantas y flores cuya supervisión y análisis tiene encomendada.
«¿Qué me aporta a mí este jardín y esta actividad de seguimiento? Pues diría que es algo con lo que disfruto pero, sobre todo, me amplía conocimientos y te vas adiestrando para conocer mejor las plantas del entorno cantábrico en el que vives, algo que siempre es muy interesante». Para ella también tiene mucha trascendencia el hecho de saber que con sus fichas y sus cumplidas anotaciones está contribuyendo a que se pueda hacer una actividad científica apoyada en sus datos. «Para generaciones futuras quizá pueda ser muy útil lo que estamos haciendo nosotros ahora», apunta. Algo que hacen voluntaria y desinteresadamente.
Marián Fernández trabaja como enfermera en el hospital y dice que para ella no hay mejor anestésico ni bálsamo más curativo frente al estrés laboral diario que entrar por la puerta del Jardín Botánico. «Es salir del hospital y meterme aquí... y de inmediato estoy en otro mundo; los problemas del día quedan atrás», afirma totalmente convencida.
Lleva unos cuatro años vinculada a la Asociación de Amigos del Jardín Botánico porque «quería ver cómo crece el jardín, conocerlo y ver cómo evoluciona, y esa vinculación con la Asociación me pareció una buena idea», explica esta tranquila mujer que nunca con anterioridad había tenido demasiado contacto científico con la Botánica. Con cada visita se fue sintiendo más atraída y más confortada por el Jardín, así que se ofreció para participar en los seguimientos fenológicos. En la actualidad lleva registro de tres plantas y tuvo otros dos encargos más, de especies ahora desaparecidas. Con periodicidad puntual observa los cambios y acontecimientos de la Plomis fructicosa (salvia de Jerusalén), la Paeonia lactoflora (peonía) y la Symphytum caucasicum (oreja de asno). Lo hace con interés y dispuesta a aprender tanto como pueda.
«El Jardín me aporta enriquecimiento cultural y siempre estoy aprendiendo cosas. Me parece que disponer de este espacio es un lujo y es uno de las mejores ideas y proyectos que se han puesto en marcha en Gijón», considera Marián. A fuerza de observar y de empaparse de Jardín, esta gijonesa que hace salidas a la montaña en su tiempo libre se va dando cuenta de que está aprendiendo Botánica. «Cuando salgo por Asturias, voy asociando cosas de las que vas aprendiendo aquí y te das cuenta de que posees más conocimientos de los que tenías», confirma.
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