POR: JOSÉ A. SAMANIEGO MARCOS LEÓN
ÁNGEL GONZÁLEZ
A los cinco años de la muerte de Xavier del Río, que se cumplieron el martes 14 de abril, el Museo Evaristo Valle ha reunido de sus fondos y depósitos una muy interesante colección de piezas del artista. Un artista polifacético y efervescente, que cultivaba pintura y escultura y abordaba todo tipo de materiales, de modo que en la convivencia diaria con amigos y compañeros de profesión nunca se sabía por dónde iba a salir.
La celebración estuvo llena de cariño y contó con la presencia de los familiares de Xavier del Río, su esposa Lupe, sus hijos Tadeo y Alicia, sus amigos Miguel Mingotes, Francisco Zapico y el propio Guillermo Basagoiti, director del museo. Las anécdotas fluyeron a raudales, dibujando el entrañable perfil humano de Xavier del Río. El guión del acto lo llevó el concejal de Cultura, Justo Vilabrille Linares, que se deshizo en elogios a la gran labor que lleva a cabo el museo, cuyas obras y jardines visitan cada año muchos niños de Gijón y de toda Asturias. (Bien cierto, bien justo, pero por aquello de que es privado, el Museo Evaristo Valle no figura en la propaganda del Ayuntamiento de Gijón, ni en la ruta del reciente autobús turístico ni en los circuitos del Imserso. De modo que obras son amores y no buenas razones. Justo es pensar en la ciudad y no sólo en vender la propia moto).
Entre las piezas escultóricas puede verse el «Pájaro. 1995», el «Toro. 1997», la «Veleta», los mamíferos en tubo de hierro que están habitualmente instalados en los jardines o la «Luna sobre Gijón. 1997». Esta luna celebra con nostalgia el Gijón industrial ya desaparecido y utiliza materiales siderúrgicos, como la chapa y el tubo de hierro, o elementos de máquinas, logrando una de esas combinaciones felices que no te cansas de mirar. Xavier del Río obtenía estos materiales en el taller de chapa de automóvil que regentaba el padre de Miguel Mingotes. En aquel taller se fabricó el marco para la tabla de altar «Virgen con Niño. 1994» que Xavier hizo para Miguel Mingotes. Una obra religiosa llena de alusiones a Asturias y Gijón, con el tejo, el mar, las montañas, la palmera con tienda, el caballo, el barco velero. Sobre la mesa de este altar figurado, casi pasaba desapercibido un ramo de rosas blancas.
Entre las novedades que se ofrecen al público están las dieciocho planchas que hizo Xavier del Río para ilustrar la obra de Álvaro Cunqueiro «De demonios y ángeles» (Trea, 1997) y otra para la edición de «El cuervo» de Edgar Allan Poe (Trea, 2000). También pueden verse sesenta de las tarjetas que pintó Xavier sobre la «Cabeza al tanto por ciento» de Miguel Mingotes (2001). Fue Miguel quien recogió de un contenedor de basura el círculo de mármol en que Xavier pintó «Luna. 1997», esa luna de grandes ojos y gruesos labios que está en la misma onda de estética precolombina que el retrato titulado «Cabeza de Eloísa, 2000». (Eloísa es la hija de Francisco Zapico). Todo un ambiente que te metía de cabeza en la intimidad del artista, de la persona, de ese cazador de tesoros en bajos fondos que recordó Zapico.
José Francisco Caso del Corro (Gijón, 1971) se tituló en Grabado y Técnicas de Estampación por la Escuela de Artes de Oviedo. Nacido en Gijón, su familia procede de La Riera, localidad tan famosa por la batalla de Covadonga como por las canciones surgidas durante la construcción de la basílica, como aquella de «canteros de Covadonga, los que bajáis a La Riera, si queréis beber buen vino, cortejad a la tabernera»? Ahora Caso del Corro, que firma KSO, ha recibido el premio del Ayuntamiento de Valdés en el XXXIX Certamen Nacional de Arte de Luarca de 2008.
La obra de KSO tiene una coherencia estilística y temática. Bajo el punto de vista del estilo, se trata de una variante de lo que se ha dado en llamar «nueva figuración», que abandona el arte abstracto. Se trata aquí de una figuración que se mueve entre el arte pop y la pintura al modo fotográfico o hiperrealista. El artista rechaza el color plano del arte pop y trabaja con delicadeza el claroscuro volumétrico y los matices de color. Y bajo el punto de vista de la temática, la obra de KSO nos habla del mundo personal del artista, de sus recuerdos familiares y sus relaciones humanas. Es una forma de arte popular, volcado del todo sobre el individuo y sus vivencias particulares, pero no al servicio de la propaganda comercial. Pinta KSO al acrílico y al óleo sobre lienzo, utiliza fondos vacíos a juego con la coloración de los temas principales, y su temática abunda en retratos de variado formato, desde el primer plano del rostro hasta el plano entero que coge a la persona de pies a cabeza. Retratos de amigos y amigas, hombres y mujeres, recuerdos de la infancia, el círculo de personas más cercanas por lazos afectivos y sentimentales. Es lo que la gente cultiva en la España de hoy en día, para no quedarse aislada y aburrida ante la telebasura, bien capaz de convertirte en pescado en conserva.
Casi medio centenar de piezas, unas presentes al público y otras reservadas en el almacén, son el fruto del último trabajo de Pablo Maojo con la madera, la luz y los pigmentos. He aquí los elementos fundamentales con los que opera el artista. Por un lado, la madera, escogida para cada obra según sus características, más o menos blanda y suave, limpia o nudosa, aunque utilizando casi siempre maderas de la tierra, como el castaño o el roble. Por otro lado, los pigmentos, conseguidos con recetas caseras o industriales, como el negro a base de vinagre y óxido de hierro que reacciona con el tanino de la madera; o el rojo, pigmento en polvo de droguería que se trabaja al alcohol. El pigmento siempre respeta la madera, la pinta sin anularla, no la recubre como si fuera pintura plástica, no elimina sensaciones visuales o táctiles. Y, en tercer lugar, la luz, manejada o conseguida también de diversas maneras. Una es la manera pictórica, o sea, el contraste de color entre madera y fondo, como las tablas combinadas sobre la pared o sobre un paisaje cualquiera. O el contraste entre dibujo y fondo, dentro del mismo soporte. Y otra es la manera escultórica, la luz que juega y se mueve entre dos filtros intercambiables, uno de entrada y otro de salida, en piezas que han de verse por transparencia y con el espectador en movimiento.
Pablo Maojo ha sacado jugo a todas estas posibilidades y combinaciones, trabajando todas las variantes posibles e imposibles y consiguiendo excelentes resultados. También ha dejado caminos abiertos, como alguna pieza elaborada con listones de corte monótono y las celosías con placas cuyo corte y combinatoria quedan en manos del artista. Las piezas admiten todo tipo de títulos y textos poéticos, porque están plagadas de sugerencias. «A la salida del túnel? El lago en la aurora? La vida llega al territorio devastado? Empieza el movimiento, el día crece? Primer chispazo de mar? Despertando entre la niebla?». La obra de arte es poesía materializada, sublime paisaje sin palabras. Pablo Maojo sigue haciendo series a su manera, trabajando como pintor y carpintero, como escultor y leñador, como poeta que emplea extrañas plumas (hachas, formones, azuelas?) y tintas para escribir sus poemas.