POR: JAVIER GRANDA
Alfredo García García, «Adeflor», (1876-1959) fue, además de uno de los personajes más populares del Gijón anterior a la Guerra Civil, uno de los grandes nombres del periodismo local. Maestro de profesión, su pasión por las letras le llevó a compaginar durante un tiempo su labor en las aulas con el trabajo como colaborador en «El Noroeste» y «El Comercio», diario este último del que fue director durante más de treinta años. Hombre culto y refinado, su pluma mordaz e irónica retrató fielmente la vida de aquella pequeña villa provinciana, fabril y pescadora, que soñaba con ser cosmopolita, en la que habitó durante toda su vida, resistiéndose a abandonarla a pesar de los intentos del diario madrileño «El Sol», que le llegó a ofrecer el puesto de redactor jefe. Su inquietud intelectual le llevó a publicar algunas obras con pretensiones literarias («La señora del palco», «Los Rubianes», «El milanu»), pero en el campo en el que brilló con luz propia fue en el del costumbrismo, siguiendo la estela de Ataúlfo Friera, «Tarfe», con quien había coincidido en «El Noroeste». Títulos como «Charlas gijonesas» (libro que lució portada diseñada por el pintor Ventura Álvarez Sala), «En vacaciones» o «Tipos y tipadas», éste en colaboración con el popular escritor gijonés Luis Vigil-Escalera, lo avalan. Sus crónicas de la guerra de África son un ejercicio de periodismo en estado puro y un ejemplo de buena literatura, tal y como ha puesto de relieve Luis Arias González.
En 1908 dio a la imprenta su obra más mordaz y satírica, «El concejal», un intencionado y caricaturesco retrato de los políticos que pululaban por la vieja Casa Consistorial (y, en general, por todos los consistorios de la España de la Restauración), y que él mismo, con su ácido sentido del humor, calificó como «un libro de texto para los concejales, de honda filosofía y buen humor». El sempiterno tema de la corrupción, entendido como el aprovechamiento del cargo público para el lucro personal por parte del munícipe, es abordado por Adeflor con mucha ironía, y fluye por las páginas del libro como las aguas subterráneas que alimentan las fuentes. En el primer capítulo contrapone maliciosamente las figuras de los ediles romanos, quienes respondían con sus bienes de su mala administración, con los actuales, dando a entender irónicamente lo evolucionado del sistema de gobierno en el que la mala gestión resultaba totalmente gratuita para sus responsables. Este capítulo inicial concluye con un sabio consejo, el concejal debe hacer lo que pueda. Los siguientes capítulos, escritos «burla burlando», están repletos de sentencias ácidas, como cuando afirma que un edil no debe nunca abandonar el cargo avergonzado: «el concejal nunca debe avergonzarse» (si acaso de haber entrado); «el edil debe entender lo que lee y debe saber lo que escribe» o «el concejal no debe ser inteligente, porque no hay nada más inaguantable que un edil inteligente», si bien, no deben ser «completamente desgraciados de intelecto, porque es conveniente una medida prudente de desconfianza». Para aquellos munícipes a quienes les costaba trabajo echar la firma malgastando con ello su tiempo, les propone que hagan ejercicios en casa hasta lograr poner su nombre, apellidos y rúbrica con la prontitud que requiera el cargo, y que aprovechen el papel del Ayuntamiento para las prácticas, porque, a su juicio, ofende tanto la excesiva liberalidad para con lo ajeno como la exagerada timidez para llevarse lo que hace falta.
Adeflor dedica muchas páginas a analizar el aspecto externo de los repúblicos y sentencia: «la ropa cubre muchos defectos y no pocas escaseces». Frente a los radicales que proponían que los concejales, cuales mineros de oro, administrasen el erario público desnudos para evitar que ocultasen en sus ropajes el peculio del común, él aboga porque el edil vaya vestido, pues los ayuntamientos en aquella época tenían poco de minas auríferas. También recomienda que los responsables concejiles huyan de la elegancia en el vestir pues «quien mucho se ocupa de sí mismo, poco se preocupa de los demás». Adeflor se entretiene igualmente repasando otras cuestiones de la vida del concejal como su comportamiento en el la calle («el concejal debe ir por la calle mostrando cierta abstracción, como si estuviera pensando»), en el tranvía, en el casino, ante las artes, con la prensa, etcétera. En resumen, todo un manual de formación de imprescindible lectura para los aspirantes a ese cargo del «que nadie que está dentro quiere salir».