POR: PACHI PONCELA
Toda persona pública que se precie tiene en su equipo de trabajo a un fulano (o a una fulana) que se encarga de decir «diego» donde el otro dijo «digo». ¿Me explico? Preste atención la juventud deseosa de encontrar un trabajo: la de rectificador de declaraciones comprometedoras es una profesión de futuro, tanto que pronto la anunciarán por la radio los de CCC. Porque requiere cierto grado de formación, precisamente el que le falta a mucho político profesional. Expresarse es una tarea muy complicada, como todo lo que hacemos los seres humanos, incluido el apareamiento: escoger bien las palabras para decir una cosa y no otra es más difícil de lo que imaginan quienes nunca tienen la necesidad de hacerlo o disponen de un escritor de discursos a sueldo. Si ha tenido que hablar en público en alguna ocasión, sabrá a qué me refiero. Y no digo ya en un teatro abarrotado con miles de ojos pendientes de usted; basta con enfrentarse al puntu que hay detrás de la ventanilla o al otro lado del mostrador. Una declaración de amor es un buen ejemplo (también parece fácil, pero más de uno acabó recibiendo por no expresarse correctamente. «Yo te quiero, joder»: para que aprecien lo importante que es saber un poco de gramática, quítenle la coma a la frase anterior y verán cómo cambia de significado. O una declaración de guerra; ésas son especialmente complicadas porque, en general, los enemigos suelen hablar idiomas distintos y como los traductores no anden finos, el inicio de las hostilidades puede adelantarse o retrasarse, según, con respecto al horario previsto. Depende, además, del medio que emplees. La ironía, por ejemplo, no pega nada con el medio escrito; si es usted propenso a la coña, marinera o no, limite su uso a la vía oral y preferiblemente con gente de total confianza: abundan las personas incapacitadas para cazar los dobles sentidos, se lo toman todo en serio y en seguida se dan por ofendidas. Elija bien las palabras, ordénelas correctamente. Aunque también está la opción de contratar a alguien que vigile su oratoria y se encargue de apagar los incendios que usted declara con su imprudente verborrea. Los rectificadores de más baja estofa suelen tirarse al recurso fácil del malentendido: no es eso lo que quiso decir, los medios no lo han reflejado correctamente y tal. Otros le echan la culpa al contexto que, al parecer, no es el adecuado para que la melonada en cuestión brille en todo su esplendor. Y luego están los rectificadores de eólica imaginación, como el que tiene a su servicio Nicolas Sarkozy. Todos creíamos que el presidente francés había dicho en «petit comité» (que por algo es francés) que Zapatero, el nuestru, no le parecía muy inteligente. Sin embargo, esta semana salió el ministro de Exteriores galo, seguramente instruido por el intrépido rectificador, para aclarar que lo que Sarkozy quiso decir fue justo lo contrario: que Zapatero ye más listu que el hambre. La conversación de marras iba sobre la decisión de quitar anuncios de la televisión pública, medida que piensa adoptar el presidente español y en la que, al parecer, Nicolas ya se le ha adelantado. «Puede que no sea inteligente», dicen que dijo Sarkozy en referencia ¡a sí mismo!, pero no a Zapatero, que sí es inteligente por haber seguido los pasos del presidente vecino. ¿Cómo iba a faltarle Sarkozy a ZP si, según palabras del ministro, ambos se llevan «maravillosamente»? Lo que pasa, añadió, es que su jefe «tiene una forma particular de hablar»; de ahí que se le malinterpretara. Para liar la madeja de esta manera sin sonrojarse ni nada hace falta un talento y, por qué no decirlo, un morro de aquí a los Campos Elíseos. Bien se deja ver que, incluso cuando se trata de ser pillines, los franceses están a la vanguardia de Europa. No en vano su presidente engatusó a toda una Carla Bruni. Él sí que ye inteligente.