MARCOS LEÓN
MARCOS LEÓN
MARCOS LEÓN
A. RUBIERA
El Jardín Botánico Atlántico de Gijón tiene una plantilla especial de vigilancia y observación. Son jubilados, enfermeras, maestros, serenos, amas de casa... gijoneses de profesiones diversas que ni son científicos ni eminencias en Botánica. Todos coinciden, eso sí, en ser voluntariosos amantes de las plantas. Por eso, algunos llevan hasta cuatro años realizando seguimientos o estudios fenológicos. Con ese nombre tan formal se denomina la observación sistemática y periódica, y el posterior registro en unas fichas adecuadas, de los acontecimientos biológicos y las imágenes cíclicas que van ofreciendo las especies vegetales.
Matilde, Ana María, Pilar y Marián son algunos de esos observadores del jardín gijonés. Llegaron a ser más de 70 voluntarios, coordinados siempre por la Asociación de Amigos del Jardín Botánico, y ahora siguen en la labor algo más de 40. Con una periodicidad mensual, o quincenal, se les puede ver recorriendo el Jardín y parándose largo rato en unas determinadas plantas. Cada uno en las suyas, y todas diferentes. Con la simple mirada y el tacto deberán comprobar si la planta empieza a tener brotes, si se muestra lozana, si tiene algún mal, si la recorre algún bichito, si aparecen esporas, si florece...
De todo ello, de una forma fácil, quedará un registro en unas fichas elaboradas por el equipo experto del Jardín Botánico. Fichas y datos que están pasando a formar parte de la base informativa del Gabinete Científico del Botánico, a disposición de futuras investigaciones y estudiosos. «Es bonito, muy entretenido, y acabas teniendo una relación especial con la planta, como si fuera tuya. Te recreas mirándola, descubres cosas que de otra forma te pasarían desapercibidas y, cuando te das cuenta, se te ha ido el tiempo», cuenta Matilde Álvarez Tejón, secretaria de la Asociación de Amigos del Botánico. El presidente, José Antonio García Rollán, explica que a las plantas «hay que estar estudiándolas todo el año. El compromiso de los voluntarios es observar todo su ciclo de vida, ya que eso puede dar pistas y claves sobre muchas cuestiones. Pero con que se haga una visita una vez al mes es suficiente; tampoco hay que esclavizarse».
Dicen en la asociación que las características del Jardín Botánico facilitan muchísimo una labor que en otro contexto o circunstancias podría ser mucho más dura. Esa facilidad viene dada del hecho de que el Jardín «concentra en un espacio relativamente manejable más de 30.000 plantas, agrupadas en más de 2.000 especies, muchas de las cuales se encuentran alejadas de su entorno habitual y además están sometidas a los efectos del cambio climático», cuentan en la Asociación. En ese entorno, por tanto, el estudio fenológico acaba siendo «un paseo entretenido, agradable, recreándote y deleitándote», comentan unos voluntarios que, a cada paso, interrumpen sus explicaciones con exclamaciones y advertencias: «¿has visto qué bonito está el naranjo mexicano, y cómo huele?»; «¿te fijaste lo afectada que quedó por el frío mi hortensia americana?»; «¿habéis visto las maravillas con las que nos sorprende el Jardín, como esta orquídea espontánea, autóctona asturiana, que es toda una singularidad?». El grupo de voluntarios de la asociación lleva en la actualidad un seguimiento de más de 200 plantas ornamentales, frutales, medicinales... Saben que «haría falta hacerlo de muchas más», pero tampoco quieren convertir el proyecto en una pesada carga para el grupo; de ahí que asuman sólo los seguimientos que puedan llevar a cabo según las posibilidades de cada cual. Eso sí, están abiertos a recibir a todas aquellas personas que se quieran incorporar a la experiencia científica. «La contrapartida es entrar gratis al Botánico el día que vienes a hacer el estudio. Y es un buen premio», asegura Matilde Álvarez.