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Tito Fernández, de la desembocadura del Nalón al Café Gijón

 
Tito Fernández, de la desembocadura                   del Nalón al Café Gijón
Tito Fernández, de la desembocadura del Nalón al Café Gijón  
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POR: LADISLAO DE ARRIBA Esta sección no es, aunque tenga resonancias mercantiles, más que una galería abocetada de amigos muy queridos. Todos se merecen mi gratitud, y ésta es ocasión de proclamarlo. Les debo mucho. Desde un razonable consejo a un emocionado abrazo, una amable palabra o un excesivo silencio, una crítica sincera o un halagador piropo, un alentador «sigue así» o un prudente «déjalo ya», una copa a deshora o un oportuno y reconfortante café. En algunos casos, esta deuda viene de tiempos pasados, época de vacas flacas o quebrantada salud, de alegría desbordada o de soledad compartida, noches de vino y rosas o temores e insomnios hospitalarios. Algunos, tal vez demasiados, ya no están entre nosotros; a otros ni siquiera los llegué a conocer personalmente, pero sí leí su obra y alguien me contó su vida.


Durante muchos años ostentó el récord de taquillaje con su «No desearás al vecino del quinto». Creó para TVE «Los ladrones van a la oficina» (con gran sentido de la anticipación) y dio a luz el mayor éxito entre las producciones nacionales con «Cuéntame». Gozaba de una excelente memoria histórica, no necesitaba a los documentalistas que reforzaran con datos sus guiones. Lo conocí en el Café Gijón, donde habitualmente hacía tertulia con Manuel Alexandre, Álvaro «El Algarrobo», Raúl del Pozo, Manuel Vicent y el siempre recordado Fernando Tola.


A Juan Ramón Pérez las Clotas y a mí nos invitó a un «cameo» en una película en la que el protagonista era Arturo Fernández, que interpretaba a un «chorizo» que metía la mano en el cajón de «les perres» y al que increpábamos en el Salón de Consejos de Iberia. Tito me advirtió que mi voz sería doblada y que para ponerme en situación dijera contra Arturo todo cuanto me apeteciese. Arturo ignoraba lo del doblaje y cuando terminamos de rodar fue cuando dijo: «Ladis volvióse llocu» porque en el paroxismo gesticulante le tiré unas gafas, cosa que no venía en el guión.


Tito fue conversador inagotable y sabía tanto de toros que se nos murió en Ronda, la tarde en que tomó la alternativa Cayetano, el sobrino nieto de su íntimo amigo Domingo Dominguín. En cinematografía era enciclopédico. Había hecho montaje, fotografía, guiones y producción. Nos veíamos poco, porque estaba muy ocupado y yo no me atrevía a asomar la gaita por su tertulia, pues tenía miedo a aquellos monstruos sagrados de la conversación y que me considerasen un provinciano. No recordaba que Raúl era de la serranía conquense, Tola vallisoletano, Vicent levantino y él mismo de la desembocadura del Nalón.

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