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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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ÁNGEL GONZÁLEZ
Ángel CABRANES
El sacerdote Jaime Fernández Vallín recibe hoy un merecido homenaje de sus vecinos. Fernández fue el párroco de Santurio los últimos 30 años, los primeros 20, compaginados también con la parroquia de Deva. Un ictus cerebral sufrido el pasado mes de octubre le obligó a jubilarse y sus feligreses han decidido celebrar en el Restaurante Las Peñas, una comida para reconocer el intenso trabajo que ha realizado por la parroquia.
«No sé por qué tanto homenaje. En fin... Habrá que aguantarlos, porque son gente que lo hacen con la mejor voluntad», explica cariñosamente el protagonista. Éste será el tercer reconocimiento que le realizan sus vecinos. El primero de ellos fue a los 75 años, coincidiendo con su retiro de la parroquia de Deva y el anterior, con motivo a su 80 cumpleaños. El de este mediodía será a consecuencia de verse obligado, el pasado mes de octubre, a dejar la parroquia de Santurio, por motivos de salud. El próximo 6 de junio cumplirá 85 años, aunque evidencia un estado físico envidiable. Su buena dialéctica y sentido del humor justifican la popularidad que se ha labrado desde que siendo sólo un chiquillo deciera ser sacerdote. Modesto, define su vida eclesial como «muy sencilla».
«Decidí ser sacerdote a los 10 años. Yo creo que para el que tiene fe existe una especie de providencia que le va guiando. Desde pequeño me ayudaron mucho los curas de la parroquia de San Pedro de Ambás, el pueblo de Villaviciosa donde nací. Cuando había una crisis, siempre surgía alguien que me ayudaba a solucionarlo. Ves que eso es la mano de Dios, que lo vio y me ayudó. Esto es la fe. Porque con tan corta edad no sabes lo que haces», explica Fernández Vallín.
Una vocación que fue muy bien acogida por su familia. «Mi familia era muy cristiana. Mi padre quería más que fuese cura que arquitecto. Para él, ser cura era lo máximo», sostiene entre risas. Ahí comenzó toda una vida decida a la Iglesia, que pronto le llevaría a la capital del Principado. «Poco más tarde ingresé en el Seminario de Valdediós y después en el de Oviedo, donde me ordené en 1948. Allí estuve un año más, en la Escuela Social Sacerdotal, que había sido fundada en aquellos tiempos. Realizábamos una especie de "prácticas", para que el cambio del Seminario a asumir la responsabilidad de una parroquia no fuera tan brusco. Sólo los domingos salía de Oviedo. Iba a Teverga, a ayudar a los curas de allí, que eran muy ancianos», narra el sacerdote.
Sus inicios al frente de una parroquia no llegaron hasta 1949. «Estuve dos años en Villaviciosa, en los pueblos de Cabrales, Fresnedo y Celada. No había carreteras y tuve que comprar un caballo para desplazarme. Un "curín" como yo, con 25 años por entonces, que andaba por ahí a caballo, llamaba la atención. Recuerdo que terminé haciendome muy amigo de los médicos porque además de coincidir con ellos en casa de los enfermos, ellos también se trasladaban de la misma manera que yo», 'evoca sonriente Fernández Vallín.
En 1951 fue trasladado a Cangas de Onís, donde fue párroco durante 28 años. Él mismo los define como «los mejores de mi vida. Eran tiempos en los que, por mi edad, yo estaba en plenitud. A esto se unió que, además de mi tarea en la Iglesia, fui nombrado jefe de Estudios del Instituto Rey Pelayo. Fue poco después de la muerte de Franco, cuando estos cargos no se ocupaban a dedo. En mi caso fue por votación. Fue una gran alegría, porque supuso para mí un reconocimiento a mi trayectoria, fuera de mi vida eclesial», explica orgulloso.
En 1974 su hermana Pilar, que se encontraba trabajando en Bélgica junto a su marido Martín Blanco, enviudó. Contaba con tan sólo 37 años y Jaime Fernández Vallín decidió que se trasladara a vivir a Cangas de Onís, junto a su sobrino, José Manuel. Desde entonces el trío familiar no se ha vuelto a separar y ellos ejercen como uno de sus principales apoyos.
En 1979 vivió un nuevo traslado: Deva y Santurio. «Santurio es la filial de Deva y tenía que atender ambas. A los 75 años me jubilé. El obispo me dijo que no me lo podía impedir, pero que estaba en condiciones muy "curiosas" para seguir. Así que continué 10 años más, pero sólo con la parroquia de Santurio. Eso sí, me vine a vivir a la casa que hizo mi sobrino -muy cerca de la iglesia-. Aquí me quedaré hasta que Dios me llame», concluye Fernández Vallín.
Jaime Fernández Vallín ha sido el párroco de Santurio durante los últimos 30 años. Sólo la enfermedad le ha impedido continuar con una tarea en la que se ha ganado el cariño y respeto de los que ahora son sus vecinos. «Tuve unos feligreses aquí que fueron una delicia. Nunca tuve un problema con ninguno. Yo pienso que cuando te das a los demás, ellos te corresponden de la misma manera. Es la mejor filosofía. Vale para curas y para lo demás. Nunca se puede tratar de imponer una idea», explica el sacerdote. Pero su particular forma de ser no sólo le ha servido para ganarse la confianza de los que cada domingo asistían a sus cultos. También muchos asturianos han acudido a él para consultarle alguna duda. «Yo no doy consejos, yo trato de dar facilidades. Han venido a visitarme gente de Luarca, La Felguera? Eso evidencia que siempre fui una persona asequible, que ayudaba? Suelo animarles y les digo que lo principal en esta vida es quererse, cuanto más, más felices iban a ser. Después viene la vida, las circunstancias. No hace falta profundizar mucho en los consejos. Sólo tener buena disposición», subraya Fernández Vallín.
En sus 20 años al frente de la parroquia de Deva, Jaime Fernández Vallín lleva el cómputo de bodas que celebró. Ni más ni menos que un total de 2.800 parejas decieron casarse en su iglesia. «Era el cura que más casaba de Asturias. Aquello era como Covadonga», explica entre risas Fernández Vallín. Todavía recuerda alguna pareja en particular, con residencia fijada a muchos kilómetros de la parroquia gijonesa. «Casé hasta una pareja que venía de París. El robledal y la carbayera que rodean a la iglesia es tan guapo, que muchos no se resisten. Algunos, más que a casarse, iban a retratarse (se ríe). Había gente que se casaba por lo civil y, sin embargo, venía a sacarse fotos a la parroquia», añade mordaz Jaime Fernández Vallín. Su modestia le lleva a reconocer que la bella localización de la Iglesia de Deva fue uno de los motivos principales de que muchas parejas la escogieran para su enlace. Lo cierto es que, la mayoría de los que tomaron la decisión, no fue esa la única razón que contemplaron. El carácter afable del cura de Deva, propició que muchos quisieran compartir un día tan importante junto a Jaime Fernández Vallín.
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