inventario de acreedores

Kity Cangas, del Somió de toda la vida

 
Kity Cangas, del Somió de toda la vida
Kity Cangas, del Somió de toda la vida  
 MULTIMEDIA

POR: LADISLAO DE ARRIBA Esta sección no es, aunque tenga resonancias mercantiles, más que una galería abocetada de amigos muy queridos. Todos se merecen mi gratitud y ésta es ocasión de proclamarlo. Les debo mucho. Desde un razonable consejo a un emocionado abrazo, una amable palabra o un excesivo silencio, una crítica sincera o un halagador piropo, un alentador «sigue así» o un prudente «déjalo ya», una copa a deshora o un oportuno y reconfortable café. En algunos casos esta deuda viene de tiempos pasados, en época de vacas flacas o quebrantada salud, de alegría desbordada o de soledad compartida, noches de vino y rosas o temores e insomnios hospitalarios. Algunos, tal vez demasiados, ya no están entre nosotros, a otros ni siquiera los llegué a conocer personalmente, pero sí leí su obra y alguien me contó su vida.


Cristina Cangas Suárez-Pola ha sido, seguramente, la última figura de un Gijón que ya no es como fue. Algunos de los que quedamos de aquel tiempo la recordamos bajando a la City, primero en bici, después en Vespa, anticipándose al feminismo que parece imperar ahora. La traté menos que a su hermano Colín y a sus primos Fernando Cangas y Mariano y Antón Suárez-Pola. Kity, era para los playeros que íbamos al baño sin reloj, quien nos daba la hora de irnos a casa a comer. Cuando la divisábamos cruzando el puente del Piles, sabíamos que ya era tiempo de recogida.


Yo la envidiaba por su facilidad para subir el repecho entre el Pisón y el abrevadero donde el cruce para Villamanín. Seguramente fue uno de los personajes de «Elena y el mar de verano» que es de los retratos más fieles de un tiempo y una generación, que debe la literatura gijonesa a Julián Ayesta.


Su erguida silueta cabalgando bici, o vespa, es una de las imágenes que nos queda de aquel Somió entre rural y residencial, entre señorial y parroquial, que adornaba la cintura de Gijón hasta que llegó la fiebre del cemento.


Fue a partir de entonces, cuando la parroquia de San Julián pasó de Ciudad-Jardín a ser Barrio-Dormitorio, con más semáforos que rosales, con menos hórreos que aparcamientos.

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