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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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POR JOSÉ A. SAMANIEGO ÁNGEL GONZÁLEZ MARCOS LEÓN Sigue Kiker trabajando a toda máquina con libros y pergaminos, bandejas de cartón y esculturas de materiales insospechados, desde la madera a horquillas y clips, medallas de bronce y colores vivos. Desfilan los temas del pintor y la modelo, peces, peras y flores, bulbos y soplaflautas, pero me voy a dedicar a los homenajes.
Un primer homenaje al poeta Ángel González, con un gran retrato a técnica mixta que se adorna con títulos de sus obras, una medalla y la caja-recuerdo. A los pies, un gran libro de artista (14 planchas originales a técnica mixta y de 56x40 cm.) rinde homenaje al poeta. Versos y retratos, imágenes y palabras. Un recorrido por la obra de Ángel González, realizado entre mayo y noviembre del 2008. Los retratos corresponden todos a la última época de la vida del artista: frente muy despejada, poco pelo en la cabeza, boca difuminada entre la gran barba blanca, gafas de corte recto, muchas veces caídas. Estamos en tiempos de mezcla de las artes y aquí se combinan pintura y versos, como el poeta mezclaba luces y versos, lágrimas y letras. Imágenes que harán las delicias de cualquier profesor de Lengua Española en cualquier lugar del mundo, para visionar con sus alumnos la expresión y la palabra. Á. G. fuma y el verso está escrito en el humo del pitillo: «No fue un sueño, lo vi, la nieve ardía». Á.G. en sepia, sentado, brazos y piernas insinuados, todo cabeza y tronco: «Cuando encuentro un verso triste, siento en el alma como una caricia. No es que me alivie la tristeza ajena, es que me siento menos solo». Á. G. de rasgos escasos, mirada penetrante, resuelto a cuatro toques de mancha y pincelada, se siente Dios alfarero ante la mujer amada: «Si yo fuera Dios podría repetirte y repetirte, siempre la misma y siempre diferente, sin cansarme jamás del fuego idéntico, sin desdeñar tampoco la que fuiste por la que ibas a ser dentro de nada? Ya no sé si me explico, pero quiero aclarar que si yo fuese Dios haría lo posible por ser Ángel González para quererte». Á. G. fuma y mira al bies, mirada escéptica, ojos difusos tras los cristales y de su patria, se duele: «Nada es lo mismo, nada permanece menos la Historia y la morcilla de mi tierra: se hacen las dos con sangre, se repiten». Á. G. se enfrenta con la muerte, «me duele sólo el alma, nada grave» y pregunta a la abuela por los días de su infancia. Ya marchaba «a tientas, sin versos que llevarme a los ojos». Sus versos, aquellos que le abrieron las puertas del mundo, tras el estudio que le dedicó Emilio Alarcos en 1969.
Un segundo homenaje dedica Kiker al pintor surrealista gijonés Aurelio Suárez (1910-2003). Retrato grande, caja redonda con medalla y escultura. El libro con título y doce planchas. Las esculturas altamente imaginativas y coloristas. Insiste en la sentencia de una carta: amigo, «te diré que la máquina de fotografía ha hecho de la pintura realista algo inútil y sin razón de ser. Pinta lo que quieras y como quieras». Las planchas de Aurelio Suárez llevan en el centro casi el mismo retrato, pero troceado mediante diversas líneas geométricas y sobre diferentes fondos. El pintor dentro de su universo mental. Aquí no tiene Kiker el apoyo de la palabra para encontrar el tono y el gesto, aquí lo tiene más difícil.
Y un tercer homenaje que me invento, el homenaje a la religión de su infancia, porque así me ha venido a la cabeza titular las obras de Kiker de temática religiosa en esta exposición. Hay «Cruz y ficciones», cuatro cruces, dos o tres paraísos, Adán y Eva, Adán y ella?La escultura «El Hijo del Hombre», con tres caras que se encajan como variantes sobre la madera, es un acercamiento respetuoso, pues al fin y al cabo el Cristo tiene rostro de sorpresa y asombro, o de tristeza y soledad, igual que otros personajes de Kiker. Hay acercamientos del pintor que no me parecen tan respetuosos. Aunque casi siempre la mezcla de sexo y religión tiene su punto de ironía campesina, con ese Dios que vigila tras el árbol o mira desde la ermita del pueblo o las cúpulas y torres de la ciudad cómo el pintor trabaja frente a la modelo espatarrada.
Antonio Gil Morán nació en León (1959). Por circunstancias familiares se crió en Barros (Langreo) y vivió luego en La Felguera, ciudad en la que asistió al Colegio La Salle. En 1990 es recibido en el Taller Experimental de Humberto (Oviedo) donde comparte vivencias con Herminio, Núñez Arias y Kelly, por citar algunos artistas muy conocidos. En esta década participa en bienales de nuestra tierra (Piñole de Sotrondio, «La Carbonera» de La Felguera, nacional de Luarca), forma parte del grupo «Tierra Húmeda» y expone en Dasto (Oviedo), Amaga (Avilés), Vértice (Oviedo), Espacio Líquido (Gijón). Se presenta en muchas otras ciudades españolas. Llega a la fama cuando en el año 2000 recibe mención de honor en el premio «BMW», que gana en la XV Edición, el año siguiente, 2001. En 2003 expone en el Colegio de España en París y en 2005 y 2006 en la Galería Fruela de Masaveu en Madrid.
Es a mediados de los años 90 cuando Antonio Gil Morán va definiendo su propio estilo y cuajando series como «Memorias de África» (1995), «Diálogos con el muro» (1997), «Tierra de lamentación» (1998), «Suburbios de la memoria» (2003) y «Frontera, patera, europía» (2004), hasta llegar a las actuales «Pictografías» (2008).
Su hermana María Gil Morán es su biógrafa y escribe el texto que figura en el tomo VII de Artistas Asturianos del proyecto Hércules Astur. A menudo acompaña los cuadros de los catálogos con versos. Aunque esta vez, quien escribe la presentación de Gil Morán en Gema Llamazares es Rubén Suárez.
De todas maneras, los títulos de las series de Gil Morán pueden informarnos sobre el estado de ánimo del pintor cuando trabajaba, si sentía rabia, decepción o dolor por los gestos y acciones de los seres humanos, por los comportamientos que día tras día se cantan y predican en este áspero mundo. Pero empezó dialogando con el muro y ha terminado en pictografías. Se ha cerrado el bucle. Lo que cuenta y trasmite es la propia obra. Los materiales, los colores, las manchas y geometrías, la libertad y el acierto de la composición. Si el visitante conecta con la obra, entonces captará el fondo de esos sentimientos, los que se expresan más allá de las palabras y de los títulos.
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