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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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JOSÉ A. SAMANIEGO
José Ignacio Díaz de Rábago Villar nació en Madrid (1950) y vive en Copenhague desde 1978. Su formación es ampliamente humanística y siguiendo las tendencias actuales del mestizaje o hibridación de artes, ideas, técnicas y productos, refleja en su obra las fuentes en las que ha bebido, que son la Filosofía y las Artes Plásticas.
La «Habitación Numerada I» fue instalada en la capilla del Museo San Telmo de San Sebastián, antiguo convento dominico de mediados del siglo XVI, al estilo de Rodrigo Gil de Hontañón y muy cerca del Monte Urgull, (esta capilla alberga hoy dieciséis lienzos de Joseph María Sert en sepia y oro, donde el artista catalán trasmite la misma estética de la fuerza con que ilustró el vestíbulo del Rockefeller Center de Nueva York, una estética de guerra, tan propia de Mussolini como de Stalin).
Ahora Díaz de Rábago plantea una nueva versión más compleja de la habitación numerada, la número dos. En San Telmo se elevaba hacia del techo de la capilla un eje formado por hierro y maderas, con cierto desorden caótico de sillas plegables colgadas al desgaire a lo largo de la vertical. En la Capilla de la Trinidad el artista utiliza cajas de plástico de Sidra Trabanco, siempre con la marca en negro, pero más o menos verdes, más o menos azuladas, según el tiempo que llevan circulando. En este eje del Barjola emplea 444 cajas de sidra, las que corresponden a un cuadrado formado por doce cajas apiladas 37 veces hacia lo alto, con algunas planchas de consolidación intermedias. En ambos casos -San Sebastián y Gijón- el eje se encuentra sólidamente anclado a tierra, pero parece colgar del techo o flotar firme en el espacio, como barra de péndulo quieta. ¿Una alegoría sobre la gravedad?
El eje de cajas de sidra que marca la línea tierra-cielo como en toda construcción clásica, según dice el autor, es aquí un eje tal vez demasiado firme y excesivamente perfecto y matemático en su estructura, de manera que no expresa las tensiones entre el orden y el caos tan acertadamente como en la «Habitación I».
El autor ha realizado 36 bocetos de la capilla y dos cartelones. Si las cajas de sidra apiladas materializan el eje espacial tierra-cielo, el damero numerado de las paredes quiere representar el tiempo. Ayudan a ello la costumbre que tenemos de los relojes digitales, que marcan el tiempo con series numéricas. Si se quiere sentir a gusto con el espacio y el tiempo en esta instalación de la capilla, el visitante ha de abatir mentalmente las paredes, como si abriera una caja de zapatos. Convertir las paredes en un plano horizontal por el que transitar, plano continuo de habitaciones numeradas, con unas islas, pasillos, espacios comunes o jardines que son las pilastras, las puertas de la capilla y sus palcos laterales.
Debo confesar que veo esta «Habitación Numerada II» muy racional, o sea, planteada desde el punto de vista casi exclusivo de la inteligencia, de la razón. No me emociona, no me provoca, no me llama, no tiene corazón.
La Galería Espacio Líquido dispone en su parte inferior de una gran sala, a modo de sótano, que recibe iluminación del patio de luces, donde se halla de modo permanente la pieza de Fernando Alba, como entre los cristales de una piscina. Tal vez por eso, Fernando Gutiérrez utiliza la palabra «acuario» para titular esta exposición, que he llamado parietal pensando en las pinturas de las cuevas prehistóricas, que eran capaces de conformar un ambiente. En efecto, los seres que pueblan las blancas paredes de «El Hervidero», que así se llama oficialmente esta sala, parecen oscilar como las imágenes que se ven en el agua, oscilar y cambiar, sentir que los seres se juntan y se separan, que aparecen fantasías de peces y plantas, de reflejos de aves o insectos y rocas, de algas oscilantes y corrientes marinas.
Nacido en Oviedo (1973), Fernando Gutiérrez es licenciado en Bellas Artes por Salamanca. Ha logrado encontrar un hueco en la producción artística. Dibuja directamente sobre la pared, aprovecha detalles y rugosidades, hasta los enchufes de la corriente eléctrica. Puede pintar las paredes de una guardería infantil o de una plaza pública o el tambor de un templete musical, el recibidor de un hotel o tal vez una nueva cafetería. Puede ir a su casa y pintar la habitación de un niño. Trabaja ayudándose de proyecciones de sus propios dibujos, lo que le permite variar tamaños, resolver adaptaciones sobre la marcha, inventar cada día nuevos conjuntos. El dibujo de Fernando Gutiérrez es un dibujo «de línea funcional», que así define Roberto Longhi el dibujo que de un solo trazo trasmite la forma y sugiere el volumen, sin necesidad de manchas ni claroscuro. Es el dibujo que hacía Picasso y tantos otros en la modernidad.
La mezcla de imágenes de Fernando Gutiérrez no tiene nada que ver con las fantasías antiguas o medievales de la cultura greco-romana, cuando hasta los hombres más sabios creían en la existencia del hombre-toro (minotauro), el hombre-caballo (centauro), la mujer-pez (sirena) y otros tantos que reseña Humberto Eco en «Baudolino». Igualmente se creía en la mezcla de animales, como el grifo (león y águila) o el basilisco (gallo y serpiente), o en seres fantásticos, como toda la serie de los dragones. Las imágenes híbridas de Fernando Gutiérrez tampoco provienen del mundo del inconsciente que se plasma en las propuestas de los pintores surrealistas.
La secreta afinidad que provocan estos dibujos, su poder para influir sobre las personas y conformar un ambiente, tienen que ver con nuestra sociedad de consumo, con el cultivo tantas veces extravagante de la personalidad de las gentes, con la construcción de la individualidad, que para estar al día necesita cambiar en el tiempo. La sociedad de consumo iguala nuestras mentes y los contenidos de la conciencia a través de poderosos medios de información y propaganda, a la vez que estimula las diferencias entre los individuos mediante modas, complementos, aficiones innumerables, perfumes, máquinas, mascotas, opciones sexuales, estados civiles y un largo etcétera.
Jesús González Trincado (Vilela-A Rúa, Orense, 1948) es artista autodidacta y peregrino de la España plural. Orensano de nacimiento, ha vivido en la imperial Toledo de las muchas culturas y en la populosa Madrid globalizada, para afincarse en la Asturias litoral habiendo dejado atrás las Asturias de Santillana. Recibió clase durante dos años de dibujo y grabado en la entonces Escuela de Artes y Oficios de Oviedo.
En Muralla Romana presenta 33 cuadros y 8 esculturas. En las esculturas vemos esa capacidad fabuladora del hombre sencillo que se admira ante las formas de las raíces y ramas caprichosas de los árboles. Y las aprovecha, con acabado profesional para definir una silueta, un tema oculto. Son agradables y decorativas estas esculturas, realizadas en madera de roble, manzano, pino, haya o castaño. Nos imaginamos al aitor por los bosques o a las orillas de los ríos, recogiendo materiales que mirar y remirar, dándole vueltas para obtener una perspectiva, un punto de vista sugerente. Y a esto se le llama surrealismo expresionista, porque la forma nace de la intuición. Todas las esculturas que presenta Jesús Trincado son relativamente recientes, digamos de los diez últimos años.
Más variados en tiempos y técnicas son los cuadros de Trincado, que constituyen una pequeña antología de su producción. Presenta 33 pinturas que van de los años 70 a nuestros días. En diversas épocas, las series se repiten: biología, vida, metamorfosis? La admiración popular por los avances científicos referentes a la vida en el planeta y su interpretación tan ingenua como maravillada, definen el contenido de la obra de Trincado. Como testigo del arranque tenemos ese «Sueño maternal» (1974), que pinta la vida como un pulpo que se mueve en todas las direcciones. Pero ya en «Cabra volcánica II» (1985) se convierte en fantasía guerrera y en «La coraza de la paz» (1993) alcanza precisión y toque surrealista certero.
Hasta 16 de las obras presentadas por Jesús Trincado están pintadas a la técnica japonesa y antigua del sumi-e, dibujos a tinta aguada que se aplica mediante superposiciones y veladuras. Es aquí donde Trincado alcanza una expresividad contenida y refinada, dentro de ese mundo del inconsciente popular que ve mujeres dormidas en los perfiles de los montes y personajes fantásticos que salen de paseo entre las sombras del atardecer.
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