POR: TOÑO
Gijón, como toda ciudad que se jacte de poseer un estilo juvenil y personalidad idiosincrática propia, sin cesar y a través de los años ha estado representada en la cúspide de lo que se considera novedad, uso o costumbre, en vigor durante un ciclo, especialmente vinculado al atavío personal, con prototipo en vestidos, zapatos o peinados, en una primera condición; a pesar de la diferenciación en el aspecto social o económico que pudiera existir entre los integrantes del sexo femenino en la ciudad gijonesa -tras la guerra civil- no se detectaba disparidad notable en el hábito, completamente divergente a lo acontecido anteriormente a la contienda donde la cualidad se verificaba en reuniones, fiestas, veladas de ámbito cultural o la propensión en la sociedad del género humano. Un ejemplo claro se configuraba en uno de los paseos con más asistentes de que gozaba la urbe -Corrida- donde se deambulaba por el espacio comprendido entre el hotel Saboya (plaza de Italia) y el teatro Robledo (Asturias), unas mujeres, las de la chinela y alpargatas, por un lado de la calle y las del tacón o «ampella», por la otra acera.
Acaecidos los avatares de la refriega, poco a poco, la normalidad retornó a la villa y las posiciones en el interés de envanecimiento propio se fueron acercando -sin diferenciar en demasía quién era la señora, quién la criada- con una normativa peculiar marcada por lo que los snobs -cursis y pedantes- denominaban moda. Las féminas se ataviaban con trajes estilo sastre, con espaciosas y esquinadas hombreras, gabardinas blancas con amplios bolsillos y dilatadas solapas y cinturón muy ceñido, ajuste no muy comprimido, las mujeres obviamente no estaban obesas; los besos en los lugares públicos y de aglomeración estaban terminantemente prohibidos por ley, lo mismo que expectorar en la vía pública o en establecimientos hosteleros con hacinamiento de personas, a causa de la higiene y el mal padecido por muchos que perduró una veintena de años: la tuberculosis. Una costumbre sencilla y barata consistía en acicalarse con peinados altos, sólidos, compactos, complicados y laboriosos, utilizando la totalidad de la mata del cabello, reunido sobre la frente, en un rodete que, amén de realzar la estatura de la protagonista, proporcionaba un cariz distinto al rostro.
Las muchachas más atrevidas se barnizaban las piernas y con un lápiz -el grafito humedecido- se pintaban un trazo para simular la costura de una media que no existía, alcanzando un simulacro de prenda que aventajaba en vistosidad a las ordinarias, fácilmente estropeables -había que «coger los puntos»- a no ser que fueran de «cristal» o seda. Acontecían diversas vicisitudes, como la cartilla de racionamiento, permaneciendo hasta mayo de 1952, el gasómetro de los vehículos y el empleo de los insecticidas -DDT y Zotal- manipulados en los servicios sanitarios de bares, cines y lugares de tertulia, donde pululaban catervas de «piojos verdes», verdaderos transmisores de enfermedades infecciosas. Los gatos, siempre en coyunturas amorosas veraniegas, se desvanecían en términos insospechados, con debates y polémicas sobre su desaparición en los mentideros -peluquerías y zapaterías de viejo- inculpando unos litigantes a los espectáculos circenses (25 pesetas o una entrada para la función, por unidad) que comparecían a la villa, otros a las fábricas de chorizos de Noreña y los menos, pero más acertados, alegaban que los felinos presidían las mesas de algunos hogares, motivado por una celebración o acontecimiento familiar; lo que sí se consumía -el uso todavía persiste- para los pudientes, amantes de la carne, eran las raciones de «burrín», más costosas que los bistés tradicionales.