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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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POR: LADISLAO DE ARRIBA Esta sección no es, aunque tenga resonancias mercantiles, más que una galería abocetada de amigos muy queridos. Todos se merecen mi gratitud y ésta es ocasión de proclamarlo. Les debo mucho. Desde un razonable consejo a un emocionado abrazo, una amable palabra o un excesivo silencio, una crítica sincera o un halagador piropo, un alentador «sigue así» o un prudente «déjalo ya», una copa a deshora o un oportuno y reconfortable café. En algunos casos esta deuda viene de tiempos pasados, en época de vacas flacas o quebrantada salud, de alegría desbordada o de soledad compartida, noches de vino y rosas o temores e insomnios hospitalarios. Algunos, tal vez demasiados, ya no están entre nosotros, a otros ni siquiera los llegué a conocer personalmente, pero sí leí su obra y alguien me contó su vida.
Cuando mi compadre nos dejó alguien dijo que Gijón había perdido la mirada que mejor calibraba la luz de Asturias. El maestro Antonio Suárez siempre dice que los colores de Asturias son nada más que dos: el verde y el negro. Fanjul con su vieja Leika encontraba más y los domaba.
Le conocí tres casas en Gijón que eran observatorios; un piso alto en el Muro, para observar la luz del amanecer en los charcos que dejaba la bajamar; un ático en la plaza del 6 de Agosto, para tomar la luz del Sur sobre los tejados de su querido Gijón; y un tercero para controlar las playas de Poniente.
Pero no sólo fue un maestro en paisajes urbanos, dominaba también el paisaje industrial y los retratos. Su galería de personajes famosos (desde premios Nobel a harapientos mendigos) eran radiografías en las que descubría honduras personales.
Si lo más hermoso que se ha dicho en poesía sobre la playa de San Lorenzo se debe a la pluma de Gerardo Diego, lo mejor que se ha inmortalizado al virofijador ha salido de la vieja Leika del «Pibe».
Su amistad con artistas de la talla de Navascués, Piñole, Marola, Pelayo y, los aún entre nosotros, Suárez y Bartolomé, tiene mucha relación con el trabajo común de tratar la belleza, la armonía y el color.
Mi hija Ana, de la que Fanjul era padrino, puede que sea la niña mejor retratada del mundo. Y, al Arenal que tanto gustaba de pasear Jovellanos, nadie lo supo radiografiar como José Joaquín Fanjul, poeta de las luces y sombras en este Gijón del alma.
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