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Público

 
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POR: PACHI PONCELA Cada vez que escucho a alguien (político o no) proponerse llevar más público a los teatros, me pregunto para qué. El porqué está claro: porque un teatro lleno luce más que uno vacío y todo parece indicar que si las buenas gentes ocupamos las butacas es porque nos gusta lo que se programa, de ahí que, a mayor número de espectadores, más éxito de los que gestionan. Por lo menos en teoría. El otro día escuché en la SER a Jorge Fernández León, uno de los papás de la Laboral, diciendo que las personas que acuden al teatro lo hacen entre otras cosas por hábito y por proximidad. Aunque suene a excusa para justificar por los pelos el escaso eco de lo que se programa en el mejor teatro de Asturias, no deja de tener su parte de razón: si uno se arrimara a la salida del Jovellanos (cuando vuelva a abrir) y se entretuviera en encuestar a los asistentes, descubriría que una buena porción estaban allí como podían estar en el Mayerling chumando vermú solera. No me malinterpreten, salvo que vayan de papu esos espectadores también pagaron la entrada y no hay pruebas de que hayan estado menos atentos o armando más ruido que los que acudieron con conocimiento de causa, a airearse o a culturizarse. Sólo digo que la taquilla no tienen la última palabra cuando se trata de juzgar el éxito o el fracaso de una programación, mucho menos si lo que evaluamos es la calidad del público. Hay quien va a todo, por sistema, y suele pasarle que casi nunca sabe a qué va. Y no me refiero, como algún malicioso estará pensando, a esas señoras de edad incierta que se sientan a chafardear en las últimas butacas, y allí se la pasan, dándolo todo, de principio a fin de la función. Entre el público que no se entera hay también gente de esa a la que se le supone un nivel superior a la media; yo recuerdo a un profesor de conservatorio que después de escuchar toda una sinfonía de Bruckner (una de esas obras de gran formato que no caben en todas las orquestas) sólo acertó a decir: «Un poco larga». A esa conclusión ya había llegado yo, y mi madre también, sin tantos años de estudio. Vale que se lleve a más público a los teatros. O, mejor que llevarlos, que vayan ellos solos. Como decían Faemino y Cansado, será mejor estar en el teatro que no delinquiendo por ahí. Sería ridículo someter a examen a cada espectador, para ver si realmente sabe qué es lo que tiene que hacer ahí adentro, si extasiarse, babear o revolcarse por la moqueta. Repartir una lista de lugares comunes para tener algo que decir después de la función (que no sea «vaya tostón», «estábamos mejor en casa» o el tan socorrido «menuda mierda») tampoco parece la fórmula adecuada para que los que asisten lo hagan con cierta propiedad. Pero, ahora que caigo, a los que gestionan no les preocupa que haya mejor público: sólo quieren que haya más. Eso es relativamente fácil de conseguir, basta ver las colas que se forman en la Feria cuando la Caja reparte gorras (pasaría lo mismo si repartieran lavativas).


Sólo me queda añorar aquellos tiempos, que uno no vivió, en los que abundaban los espectadores con criterio suficiente como para reventar una función o patear la actuación de un cantante, por célebre que fuera, si no estaba a la altura de su fama; también para descubrir a un nuevo valor de la escena, a un autor, o una obra. Quizá es que aquellos espectadores vivían cada velada como lo que es o debería ser: una experiencia irrepetible (y que sea una experiencia de pago no hace que disminuya su valor). En eso los del fútbol lo tienen más claro, y pitan si no les gusta, o llaman mangantes a los jugadores. Hoy por hoy, en los teatros se aplaude con la mano blanda: una forma más civilizada de bostezar.

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